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Descalabros en el discurso presidencial. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

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Ni todos los prianperredistas son corruptos, ni todos los morenistas inmaculados

La narrativa del Presidente López Obrador en general, pero sobre todo en los rubros de su estrategia de combate a la corrupción y a la inseguridad –las dos prioridades absolutas de su gobierno– está haciendo agua a últimas fechas por su afán de categorizar a todos los que él llama “conservadores” como corruptos y saqueadores incorregibles, a los que hay que vapulear verbalmente a fin de que pierdan su respetabilidad, es decir, su viabilidad electoral.

Hoy reiteró que no piensa promover juicios contra el expresidente Calderón –ni contra ningún otro ex presidente–, incluso después de que el ministro Arturo Zaldívar lo acusara de haber encabezado una “Operación de Estado” para encubrir a los parientes de su esposa, Margarita Zavala, luego de las atrocidades cometidas a consecuencia del incendio de la Guardería ABC, como la de impedir que se llevara a niños moribundos a que los atendieran en Estados Unidos, “para no hacer crecer el escándalo a nivel internacional”.

No es cualquier hijo de vecina el que está denunciando públicamente este crimen de lesa humanidad. Lo hace nada menos que el ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, es decir el Jefe del Poder Judicial, pero el jefe del Ejecutivo se siente con el poder suficiente como para desdeñar esa terrible denuncia con un discurso que abiertamente constituye un desafío al Estado de Derecho: “Desde un principio dejé claro que no quiero juzgar a expresidentes, y que solo lo haría si el pueblo lo demandara. Como la consulta al respecto salió positiva, pero sin el número de votos suficientes –dijo López Obrador–, lo mejor es lograr que no se repitan esos actos de barbarie, mediante la condena moral de los perpetradores…”

Así que los jefes de la mafia del poder, los que ocupan el peldaño más alto en la escalera de la corrupción, solo deben recibir una condena moral, deben ser castigados con el látigo de nuestro desprecio, reitera quien juró cumplir y hacer cumplir la Constitución en un movimiento presuntamente equiparable a las grandes gestas históricas de nuestro país. ¿Te cae?

Pero siguiendo con la desgracia de la guardería ABC, el mandatario enfatiza que lo que más le indignó es que los panistas usaran ese terrible crimen para sacar raja política e imponer a Guillermo Padrés en la Gubernatura de Sonora, aunque nunca pudo explicar en qué lógica política podría haber ocurrido una aberración semejante y cómo es posible que le indigne más el oportunismo político que la infamia de negarle a niños quemados en diversos grados de gravedad, recibir una atención médica de excelencia en Estados Unidos, solo para no hacer más grande el escándalo a nivel internacional.

“La condena moral” a sus adversarios políticos “conservadores” parece ser la mejor estrategia de campaña de López Obrador para desprestigiarlos a diario, usando la investidura y los recursos presidenciales, lo cual constituye un acto moral y jurídicamente reprochable desde cualquier óptica.

Y la mejor prueba de que AMLO usa esa estrategia como herramienta electoral, muy mal disfrazada por cierto, la provee la mañana de ayer miércoles cuando es cuestionado sobre la descarada declaración de su correligionario veracruzano, el desgobernador Cuitláhuac García, sobre su intención de ultrajar a la Suprema Corte de Justicia, disfrazando el repudiado delito de “ultrajes a la autoridad” (que tiene presos en ese estado a un millar de inocentes) poniéndole un nombre distinto para burlar a la máxima autoridad judicial del país y seguir torturando a los veracruzanos que osan cuestionarlo.

“Y me preguntas que los de ese partido [el PAN] están ahora en contra de lo del ultraje. ¿Qué trascendencia puede tener eso, si no somos iguales, si en nuestro Gobierno no hay represión, no hay masacres, ni tortura, si se respetan los derechos humanos? El ideólogo del conservadurismo –como ya no les funciona Krauze ni Aguilar Camín o Loret, ahora como ya no les funciona el Reforma— y ya lo voy a seguir, pero que no piense que es para reprimirlo… el nuevo ideólogo es CHUMEL” dijo López Obrador eludiendo la pregunta.

Consultado sobre la colocación de espectaculares en distintos puntos del país en los que se promueve la consulta de revocación con su imagen, por ejemplo, el mandatario dijo: “Pues que lo vea el INE, pero si los ciudadanos quieren participar y quieren que se sepa, pues yo creo que sí tienen derecho de difundir”.

No importa lo que diga la ley, sino lo que él cree. Y lo electoral siempre está en su mente como la primerísima prioridad.

Eso por lo que respecta a la corrupción. Pero en el tema del baño de sangre ininterrumpido en el que Calderón convirtió a nuestro país, López Obrador sigue neceando sobre la ridícula “estrategia” de los abrazos, pero meramente verbales, porque un abrazo de verdad a los narcotraficantes, por ejemplo, hubiera sido legalizar el consumo de mariguana y cocaína, de modo que recibieran la oportunidad de seguirse dedicando al negocio pero de manera lícita, pagando un dineral de impuestos que hubieran servido para combatir eficazmente las adicciones y proveer a todos los jóvenes con becas sustanciosas, eficaces para desalentarlos en el reclutamiento de la delincuencia.

Dice don Andrés –mientras los criminales mueren, pero de la risa– que su estrategia de combatir las causas de la delincuencia lleva tiempo. Pues va que vuela para el cuarto año de gobierno y la criminalidad sigue vivita y coleando, con leves bajas, de acuerdo, pero por la pandemia, no por los abrazos.

El prejuicio del mandatario contra los balazos proviene de su idea, equivocada, de que la violencia legítima del Estado solo puede traducirse en las masacres que ordenaban –según repite constantemente– sus antecesores, especialmente Calderón, cuyo brazo derecho está siendo juzgado en Estados Unidos porque la verdad, aquí, ¡estaría gozando de la misma libertad que los hijos del Chapo!

La narrativa presidencial sobre la estrategia contra el crimen organizado ha llegado por estos días a los extremos tragicómicos de hacerle un llamado a los jefes del Cártel Jalisco Nueva Generación, no a que cesen las matanzas en bien de México, por ejemplo, sino a que le cambien el nombre a su organización criminal “porque perjudican la imagen” de ese estado de la República.

En lo económico, este país ya habría tronado sin las remesas de los mexicanos en Estados Unidos, que superaron el último año la cifra récord de 50 mil millones de dólares, enviados directamente a familias muy pobres, pero con el valor y la audacia como para emigrar, con todos los riesgos que ello implica.

¿Y cuál es la reacción de López Obrador ante el gesto inteligente y generoso del presidente Biden de exhortar al legislativo de su país para que, de una vez por todas, presenten iniciativas eficaces para la ciudadanización de estos héroes, como los llama el presidente mexicano?

Muy lejos de la actitud amistosa que sostuvo frente al nazi Donald Trump, quien ha sugerido por esto días que Estados Unidos invada México como lo hizo Putin con Ucrania, López Obrador cuestionado al respecto, acusó a los Estados Unidos de ser cómplices de los saqueadores “porque financian a periodistas como Loret y a organismos como Mexicanos Unidos Contra la Corrupción que tratan de desestabilizar a su gobierno”, actitud incomprensiblemente hostil que se suma a otras ofensas en materia de política exterior como la de jugar con la embajada de Panamá, mandando a un presunto acosador sexual, primero, y luego a una cómica radical de izquierda trasnochada, o ratificar su intención de enviar a la Pavlovich, cómplice del operativo de Estado para encubrir a las poquianchis de la Guardería ABC, como cónsul de México en Barcelona.

Alguien tiene que hacerle un llamado urgente al Presidente –al que cada vez me cuesta más trabajo considerar un hombre bueno y bien intencionado– para que se rodee de asesores expertos y, sobre todo, los escuche, porque a este paso de usar la investidura presidencial para polarizar al país en dos extremos simplistas, “conservadores corruptos versus morenistas inmaculados” no pueden esperarse sino muchas más desgracias de las que ya nos aquejan.

Gobierne para todos, señor Presidente, porque efectivamente hay muchos corruptos en las filas del prianperredismo, pero en el morenismo presuntamente inmaculado, a pesar de su juventud, muchos les dicen a los dinosaurios quítate que ahí te voy.

Usar la institución presidencial y sus inmensos recursos para denostar a los opositores acusándolos de ser todos ellos corruptos, mientras se hace de la vista gorda con escandalosos casos de corrupción entre sus filas, es un abuso irresponsable que fomenta el odio y el sectarismo. Ni todos los prianperredistas son corruptos, porque hay gente buena en todas partes, ni todos los morenistas son inmaculados.

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