martes, abril 7

“Una civilización entera morirá”, amenaza Trump a Irán. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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Desde su tribuna favorita, Truth Social, el mandatario KKK jugó a ser profeta del apocalipsis

Cuando el poder se confunde con el capricho, la geopolítica deja de ser estrategia y se convierte en berrinche con misiles. Eso es, en esencia, lo que volvió a exhibir Donald Trump al lanzar una advertencia que no suena a diplomacia, sino a epitafio: “una civilización entera morirá”. No es una metáfora descuidada ni un desliz retórico; es la amenaza desnuda de quien se sabe con la capacidad de arrasar y parece dispuesto a probarlo.

Desde su tribuna favorita, Truth Social, el mandatario jugó a ser profeta del apocalipsis mientras sostenía el reloj del ultimátum contra Irán. Si no hay acuerdo, vino a decir, lo que sigue no es presión ni sanción, sino devastación: puentes, carreteras, centrales eléctricas… la infraestructura civil convertida en objetivo militar para “regresar a la edad de piedra” a toda una nación. La frase no sólo hiela por su violencia, sino por su ligereza: la destrucción masiva reducida a una opción más en el menú de decisiones.

Mientras tanto, en Teherán no hablan de negociación sino de resistencia. El mensaje es claro: no buscan un respiro temporal, sino el fin de una guerra que —según su narrativa— fue desatada por Washington e Israel. Los Guardianes de la Revolución responden en el mismo tono inflamable, prometiendo extender el conflicto más allá de la región y golpear el suministro energético global. Es decir, el incendio ya no sería local: sería un problema para el mundo.

Y en medio de este pulso de amenazas, los hechos avanzan con la frialdad de lo irreversible: bombardeos en zonas residenciales, niños muertos, autopistas inutilizadas, nodos petroleros atacados. La guerra, mientras los líderes redactan frases grandilocuentes, sigue escribiéndose con escombros y cadáveres.

Lo más inquietante no es sólo la posibilidad de una escalada total, sino la lógica que la impulsa: la de un mandatario que plantea la destrucción de un país entero como si fuera una jugada de presión válida, incluso brillante. En ese tablero, la vida de millones no es el límite, sino la ficha.

Porque cuando alguien en la cima del poder habla de borrar una civilización “esta noche”, el problema ya no es la retórica… es que podría estar hablando en serio.

 

 

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