Noroña salió corriendo. Alito no era Lilly Téllez… LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

Muy pantera con las mujeres, al final de su dictadura en el Senado, Noroña exhibió su estridente cobardía
“Tengo 65 años, no hago ejercicio; él (Alito) tiene 50 y está en forma”, se justificaba con voz temblorosa y rostro de pánico José Gerardo Rodolfo Fernández Noroña, tras haber huido del feroz y engallado priista que lo encaraba enfurecido.
Alito reclamaba, con justa razón, que se le negara el uso de la palabra para fijar la postura del partido que dirige frente al torpe planteamiento de Lilly Téllez: pedir la intervención militar de Estados Unidos en México para someter a los cárteles que el gobierno mexicano no solo no puede contener, sino que incluso se sospecha son sus socios. Solo un detallito olvida la valiente senadora panista: No se puede confiar en las intenciones de los gringos y mucho menos de personajes como Donald Trump.
Tal para cual. El espectáculo de un Congreso de la Unión con mayoría calificada —alcanzada haiga sido como haiga sido— mostró un oficialismo que no solo mayoritea a la vieja usanza de la dictadura perfecta prianista, sino que además humilla, silencia cerrando micrófonos e insulta sin pudor.
Noroña cosechó, a final de cuentas, exactamente lo que sembró. No justifico a Alito, pero entiendo su gallarda indignación y su temeridad romántica de arriesgarlo todo ante un poder absoluto por defender a una dama inteligente y arrojada como Lilly, aunque lamentablemente casi siempre despistada en el fondo de sus agresivos planteamientos.
Muy mal ha hecho la presidenta Sheinbaum en tolerar los excesos autoritarios y las graves incongruencias de Noroña. Muy mal en no exigirle a Adán Augusto retirarse de sus cargos para, al menos, simular una investigación seria sobre sus verdaderas relaciones con La Barredora y el sanguinario Cártel Jalisco Nueva Generación.
Si doña Claudia ejerciera el poder como Dios manda —y no como se lo dictan desde Palenque—, otro gallo cantaría. En el Congreso se respetaría a las minorías, escuchando las muy pertinentes ideas de, por ejemplo, Ricardo Anaya.
No usaría embajadas y consulados para premiar a traidores del PRI, como Carlos Iriarte Mercado. Proyectaría una imagen de conciliación abandonando la estrategia de AMLO de denostar a opositores desde un puesto en el que se debe gobernar para todos, dándole prioridad, ciertamente, a los más necesitados.
Vargas Llosa calificó de “perfecta” la dictadura del PRI porque permitía la alternancia en el poder de sus dos corrientes fundamentales: la conservadora y la nacionalista revolucionaria. Tan es así que a la Presidencia llegaron personajes tan disímiles como Miguel Alemán y Lázaro Cárdenas. Miguel de la Madrid rompió esa perfección dictatorial al cerrarle la puerta a Cuauhtémoc Cárdenas, desatando una dictadura neoliberal que duró 30 años.
Ahora, los herederos de la vieja corriente nacionalista revolucionaria del PRI —aliados con oportunistas de otros partidos de derecha e izquierda— han regresado al poder. Pero no parecen interesados en recuperar la sana alternancia que gobernó al país durante 70 años de relativa estabilidad política. Todo indica que pretenden imponerse a rajatabla otros 30 años, sin contrapesos que los regulen, ni la sabiduría que otorga el equilibrio democrático.
Incluso están dispuestos a respaldar su nueva dictadura con las fuerzas armadas. Por eso impusieron a un personaje como Fernández Noroña en la mesa directiva del Senado: un circo inquisitorial que terminará acusando de traición a la patria a una digna heredera de Belisario Domínguez. Por eso se apropiaron de la Corte con burdas estrategias de simulación democrática de acordeón. Por eso les importa un bledo que los delincuentes se apoderen de vastas regiones del país.
Se creen iluminados, detentores del monopolio del “amor al pueblo” con miserables pensiones de tres mil pesos mensuales, mientras el 5% de megaricos sigue acaparando la mitad de la inmensa riqueza nacional.
Todavía están a tiempo de rectificar y entender que no es con fanatismos ni idolatrías en torno a figuras tan cuestionables como López Obrador como podrán durar en el poder más de dos sexenios, igual que el intento fallido del PAN. Es hora de retomar, en la práctica, los principios que dicen defender y que cada día más miembros de su movimiento pisotean abiertamente, frente a asombrados observadores nacionales y extranjeros.
De lo contrario, pasarán a la historia no como la “cuarta transformación”, sino como la más burda reedición del viejo PRI, solo que con discursos de izquierda y las bayonetas de la Guardia Nacional apuntando a la nuca de la democracia.