¿Y por qué no dejar solo cien diputados de “mayoría proporcional”? AL GRANO. Por Jesús López Segura

Redefinir solo cien distritos electorales y cien candidatos de cada partido para encumbrar a los más votados
Estoy muy lejos de ser un experto en la materia, y ni siquiera se me dan bien los cálculos matemáticos, pero he escuchado tantas tonterías sobre la supuesta conveniencia de desaparecer a los diputados de representación proporcional que no me da pudor compartir una ocurrencia que me sugirió la almohada. Tal vez sea una batea de babas, lo admito, por lo que recomiendo al lector que, a la menor sospecha, abandone la lectura de este, probablemente, fallido ensayo.
La representación proporcional es un pilar inalienable de la democracia auténtica. Suprimirla equivaldría a instaurar una tiranía aritmética en la que podría darse el absurdo extremo de que un partido, con apenas el 51% de los votos, se apropiara de la totalidad de las curules, dejando sin voz parlamentaria al restante 49% del electorado, es decir, a prácticamente la mitad del país. Democracia sin minorías representadas no es democracia: es imposición matemática salvaje.

Mi propuesta es tan simple que me temo que, precisamente por ello, pueda parecer una ingenuidad: reducir el número de distritos electorales federales a cien, por ejemplo, y el número total de diputados también a esa cifra. No solo porque ello facilita los cálculos, sino porque cabe preguntarse, sin rodeos: ¿para qué demonios queremos 500 holgazanes levantadedos de lujo que, en la práctica, estorban más de lo que enriquecen el debate legislativo?
Cada partido presentaría cien candidatos, uno por distrito. Si Morena, por ejemplo, alcanzara el 40% de la votación nacional, tendría derecho a 40 curules, ocupadas por sus 40 candidatos más votados. Si el PRI obtuviera apenas el 5%, solo cinco de sus aspirantes accederían a un escaño: los cinco con mayor respaldo ciudadano. Y así, proporcionalmente, con todos los partidos.

De esta forma, los cien candidatos más votados del país integrarían la Cámara, respetando escrupulosamente la proporción del sufragio. Todos habrían hecho campaña, todos habrían medido su fuerza en las urnas y todos llegarían por mérito propio, sin que la voluntad discrecional de la burocracia partidista interviniera, salvo en la decisión inicial de postularlos.
No se trata, necesariamente, de que el número mágico sea cien. Sin embargo, para un gobierno que predica la austeridad republicana, cien legisladores parecen más que suficientes. El número cien solo sirve para ilustrar con mayor claridad la lógica del planteamiento, que puede aplicarse a cualquier tamaño del Congreso, siempre respetando las proporciones matemáticas.

Esta modesta propuesta busca cerrar, de una vez por todas, la interminable y manoseada polémica entre diputados de mayoría y plurinominales, un debate que ha degenerado en prácticas vergonzosas, donde proliferan legisladores que no rebuznan porque no saben la tonada y que brincan como chapulines de una fracción parlamentaria a otra, sin pudor alguno. En términos simples, se trataría de garantizar el arribo de los mejores —al menos en términos de habilidades de campaña— y de asegurar que todos sean, al mismo tiempo, diputados de mayoría, y de representación proporcional. Mayoría proporcional, pues.
El espíritu de esta propuesta quedaría castrado desde el origen si no incorporara un argumento medular: deben prohibirse tajantemente las votaciones en rebaño, las cuotas, los cuates, las coaliciones artificiales y las alianzas oportunistas. Cada diputado tendría que votar, invariablemente, conforme a su conciencia y a los principios que dijo defender ante el electorado. Y a la menor sospecha de cooptación para construir mayorías calificadas, o de maniobras de última hora para inclinar balanzas en favor de posturas hegemónicas sin una convicción pública y razonada, debería activarse la revocación inmediata del cargo. Si vamos a plantear una reforma electoral de altos vuelos, lo mínimo exigible es agarrar el toro por los cuernos. ¿No cree usted?





