martes, enero 27

Matan por jugar futbol y nos venden un Mundial de fantasía. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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Y todo para caer, de nueva cuenta, en la maldita frustración de cada 4 años

En Salamanca, Guanajuato, el futbol ya no se juega: se paga. Y si no se paga, se muere. El crimen organizado impuso una cuota mensual de 50 mil pesos para “dejar jugar” en las canchas. Las amenazas fueron denunciadas, las advertencias fueron públicas, las cartulinas circularon. Las autoridades hicieron lo que mejor saben: mirar hacia otro lado, fingir que todo marcha sobre ruedas. El resultado: una masacre con 11 muertos en un campo amateur.

Igualito que, en el caso del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, la omisión gubernamental volvió a ser cómplice criminal. Los organizadores alertaron desde principios de enero. Se suspendieron partidos por miedo. Se pidió auxilio. Nadie escuchó. Hasta que un comando armado convirtió un juego en carnicería. Entonces sí, llegaron los discursos, las condolencias y los llamados tardíos a reforzar la seguridad.

La paz, cuando se abandona, no se recupera con boletines. Tampoco con la organización ridícula de “mundialitos“, engendros de la creatividad burocrática culiatornillada en escritorios que financiamos con nuestros impuestos.

En Salamanca, el cobro de piso ya no se limita a comercios. Ahora invade fiestas patronales, espacios comunitarios y actividades sociales. El narco no solo extorsiona la economía: secuestra la vida cotidiana. Ha convertido el miedo en regla y la violencia en norma, frente a la cínica complicidad de las autoridades.

Y mientras en una cancha se asesina por jugar futbol, desde Palacio Nacional se nos vende el espejismo del Mundial y sus “mundialitos” para-lelos. Pantallas gigantes, copas simbólicas, festivales escolares. Mucha pirotecnia propagandística para ocultar lo esencial: los boletos son inalcanzables para la mayoría. La FIFA elitizó el futbol y el gobierno maquilla la exclusión con retórica social y condonándole impuestos a la corrupta Federación Internacional.

Hoy en México matan por jugar futbol y cobran fortunas por verlo. Dos extremos de un mismo desastre: la violencia normalizada y el espectáculo convertido en lujo. Un país donde la pelota ya no une: separa, excluye y, en el peor de los casos, mata.

Y detrás de toda esta farándula futbolera está el gran negocio de las televisoras: la mafia de Televisa y TV Azteca, con sus pandillas de merolicos gritones que se dedican a detractar a los escasos buenos jugadores hasta el grado de echarlos a perder, convirtiendo el sueño compartido por varias naciones latinas, especialmente Argentina y Brasil -de hacer un papel decoroso en la justa mundialista-, en la decepción de cada cuatro años.

Mientras argentinos y brasileños encumbran, idolatran a sus mejores jugadores y crean leyendas como Maradona, Messi y Pelé, entre muchos otros, en México, muy al estilo de nuestros ancestros, sacrificamos a nuestros mejores hombres. El caso del pentapichichi Hugo Sánchez, el mejor futbolista y entrenador de la historia nacional, se cuenta solo.

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