Justifica Sheinbaum a Hugo Aguilar y sus zapatos sucios. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Cuatro hechos que los analistas a sueldo ignoran en sus divertidas especulaciones mediáticas
“El ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Hugo Aguilar Ortiz, aclaró que no es común que sus colaboradores le limpien los zapatos”, dice el insólito lead de la nota de la revista Proceso sobre la escena repugnante que se viralizó ayer.
La explicación del ministro fue todavía peor que la imagen: que a su directora de Comunicación Social se le cayó café con nata y le salpicó los zapatos, que ella “trató de resolver la situación”. Lo verdaderamente revelador no es la torpeza del pretexto, sino la naturalidad con la que Aguilar observa a una subordinada hincada, limpiándole los zapatos. O no está acostumbrado a usarlos, o está prematuramente habituado a que le rindan pleitesía.

“¡Qué poca madre de este guarro!”, resumió López-Dóriga.
Lo grave vino después. Cuestionada, la presidenta Claudia Sheinbaum no expresó ni pizca de indignación, ni incomodidad, ni una mínima reprobación ética previsible. Dijo que Aguilar “dio las razones”, que “ofreció disculpas” y que eso era “muy bueno”, porque quedarse callado habría sido peor. En otras palabras: cualquier atrocidad puede olvidarse si se ofrecen disculpas.
En México, lamebotas es una metáfora del servilismo. Aquí dejó de ser metáfora. Se volvió registro audiovisual del ejercicio real del poder: humillación cortesana aceptada y autoritarismo gozoso.
Que una presidenta que se dice feminista justifique que un funcionario misógino permita —y normalice— que una mujer se arrastre simbólica y físicamente para servirle, explica mucho más de lo que parece. Explica, por ejemplo, por qué esa misma mandataria es capaz de justificar que Adán Augusto López jamás sea investigado tras haber puesto a un jefe criminal al frente de la seguridad de su estado. Delito evidente luego refrendado desde la Secretaría de Gobernación.
Es la misma mandataria que dejó morir solo a Carlos Manzo, quien advirtió que no permitiría la inauguración del teleférico de Uruapan mientras la violencia desangraba al municipio. Hoy, Sheinbaum festeja esa obra en Morelia, flanqueada por uno de los sospechosos del asesinato de ese hombre que sí entendió lo que significaba gobernar con dignidad.

Mientras tanto, los analistas de pacotilla se entretienen discutiendo obviedades que ya deberían estar resueltas:
1.- La oposición formal no existe: es una ficción mediática.
2.- El claudismo intenta quedar bien con todos —Trump y el Señor de Palenque— y solo consigue un morenismo fracturado, sostenido con alfileres, donde conviven militantes con principios —a menudo enmascarados con un purismo derivado del marxismo de manual— y una fauna de expriistas, petistas y verdes dedicados a administrar, en forma oportunista, el narcoestado heredado por AMLO.

3.- La única oposición real posible surgirá desde las áreas congruentes de la propia 4T, si es que alguien se atreve a rescatar los principios que López Obrador traicionó y que Sheinbaum, hasta ahora, solo sostiene en la retórica.
4.- La indecisión presidencial nos empuja al desenlace pendular clásico latinoamericano: una sociedad harta de la izquierda incompetente entregándose, tarde o temprano, a proyectos autoritarios de extrema derecha que ya crecen, paradójicamente, alimentados por la indecisión presidencial.
No fueron unos zapatos sucios. Fue una radiografía del régimen.





