¿Justicia social sin crecimiento económico? LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

México crece menos que Estados Unidos de Trump, la Argentina de Milei y la media de América Latina
La aritmética económica tiene una descortesía imperdonable con la propaganda: no vota, no aplaude y tampoco se deja convencer con discursos. El más reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) vuelve a poner el dedo en la llaga: México crecería apenas 1.5% en 2026 y 1.8% en 2027, tasas inferiores a las previstas para el promedio de América Latina y el Caribe, e incluso por debajo de las economías encabezadas por Donald Trump, Javier Milei y Keiko Fujimori, entre otras que no alardean de su amor por el pueblo.
La advertencia de Marco Rubio en el sentido de que gobiernos de izquierda significan miseria para los países que gobiernan, encuentra así un argumento incómodo, aunque no una verdad universal. Mientras el discurso oficial se recrea en la “superioridad moral del proyecto”, la economía mexicana continúa atrapada en un crecimiento insuficiente para generar empleos de calidad, elevar sostenidamente los ingresos y atender las enormes carencias sociales del país.
La advertencia del FMI no admite matices ni interpretaciones: México avanzaría 1.5% este año y 1.8% el próximo, frente a tasas regionales de 2.3% y 2.5%, respectivamente. Después del magro 0.5% registrado en 2025, el repunte previsto difícilmente amerita una celebración. Más que una recuperación vigorosa, parece la modesta salida de una economía que lleva demasiado tiempo caminando con el freno puesto.
Y aquí aparece el ingrediente políticamente más irritante: Argentina, bajo el controvertido gobierno de Javier Milei, enemigo ideológico de Sheinbaum, crecería 2.1% en 2026 y 3.5% en 2027. Estados Unidos, con Trump en la Casa Blanca, avanzaría 2.3% en ambos años, mientras que en Perú, gobernado por Keiko Fujimori, se prevé un crecimiento de 3.0% para este año y 2.9% para 2027.
Colombia, gobernada por Abelardo de la Espriella, también superaría a México, con un crecimiento de 2.2% en 2026. Para 2027, la economía colombiana avanzaría 2.3%.
La comparación no demuestra, por sí sola, que la derecha tenga una fórmula infalible ni que toda izquierda esté condenada al fracaso. Las economías dependen de múltiples factores: condiciones internacionales, estructuras productivas, inversión, políticas fiscales, estabilidad institucional y circunstancias particulares. Pero sí desbarata una coartada recurrente: que la orientación ideológica de un gobierno basta para garantizar prosperidad o que sus dificultades económicas pueden disculparse invocando la nobleza de sus intenciones.
En ese contexto adquiere fuerza la descalificación de Marco Rubio, secretario de Estado gringo, quien ha sostenido que los gobiernos de izquierda llevan miseria a los países que gobiernan en el continente, aludiendo a Cuba, por ejemplo, sin mencionar que con el criminal bloqueo comercial, nadie más que Estados Unidos es el verdugo del heroico pueblo cubano.
Es de lamentar que las cifras mexicanas le ofrezcan munición política a Rubio, aunque no bastan para convertir su generalización en una ley económica. La paradoja es que un gobierno que se proclama defensor de los pobres termine exhibiendo un crecimiento tan pobre que sus adversarios pueden utilizarlo para cuestionar la eficacia de todo su modelo.
El problema no consiste solamente en crecer menos que Argentina o Estados Unidos. Consiste en que México, con sus rezagos históricos, sus necesidades de infraestructura, su informalidad laboral y su enorme desigualdad, requiere mucho más que una expansión mediocre para mejorar sustancialmente las condiciones de vida de su población, contra el mito difundido por AMLO en el sentido de que el crecimiento económico no es determinante en el bienestar de la población.
El propio FMI advierte que la incertidumbre comercial y otros factores continuarán limitando la actividad económica mexicana. La inversión, entretanto, no necesita exhortaciones presidenciales, sino certidumbre jurídica, reglas estables, energía suficiente, infraestructura competitiva y confianza para comprometer capital a largo plazo. Sin esas condiciones, el nearshoring y las oportunidades derivadas de las cadenas de suministro norteamericanas corren el riesgo de convertirse en otra promesa magnificada por el discurso y disminuida por los resultados.
La lección debería ser elemental, aunque para los gobiernos enamorados de su propia narrativa parezca una herejía: la justicia social no se acredita con consignas, sino con resultados sostenibles; no se mide por la cantidad de veces que un presidente proclame solemnemente su amor por el pueblo, sino por las oportunidades que efectivamente tiene ese pueblo para salir adelante sin depender de dádivas financiadas por un aparato productivo cada vez más maltratado, y prodigadas más con fines electoreros que por convicciones justicieras.
A Sheinbaum le corresponde demostrar que la continuidad de la 4T puede producir algo más que continuidad en el crecimiento raquítico. Porque si México sigue avanzando por debajo de sus vecinos y de buena parte de América Latina, la pregunta dejará de ser cuánto presume el oficialismo de una cuestionable “superioridad moral” y pasará a ser cuánto tiempo más puede pedir paciencia a una sociedad que necesita prosperidad, no grandilocuencia demagógica.
No se molesten, de ninguna manera pienso que la alternativa sea la ultraderecha. Por el bien de México, primero la verdad.





