miércoles, enero 21

Mark Carney y el colapso del orden mundial. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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El discurso soberanista de México parece más bien una gestión cautelosa de la subordinación

El orden internacional basado en reglas ya no existe, aunque en Palacio Nacional se siga invocando como si aún funcionara. Durante décadas, países como México aprendieron a convivir con esa ficción: un sistema supuestamente multilateral, predecible y justo, que en realidad operaba con reglas flexibles para los poderosos y castigos selectivos para los débiles. Mientras la mentira ofreció estabilidad, se toleró. Hoy, cuando la integración económica se volvió arma y la geopolítica regresó a su estado más primitivo, seguir fingiendo es una forma de vulnerabilidad.

Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá, ha descrito con crudeza este momento: no estamos ante una transición ordenada, sino frente a una ruptura. Las grandes potencias ya no disimulan. Usan aranceles, finanzas, cadenas de suministro y sanciones como instrumentos de coerción. En ese contexto, “vivir dentro de la mentira”, como diría Václav Havel, deja de ser pragmatismo y se convierte en subordinación.

México, sin embargo, parece atrapado en el ritual. Morena llegó al poder denunciando el viejo orden neoliberal, pero en política exterior ha optado por una combinación de retórica moral, neutralidad pasiva y dependencia estructural. Se reivindica la soberanía mientras se acepta, sin demasiada resistencia, una integración económica profundamente asimétrica o desigual con Estados Unidos. Se habla de no intervención mientras se guarda silencio selectivo frente a violaciones evidentes al derecho internacional.

La llegada de Claudia Sheinbaum ofrecía la oportunidad de revisar esta inercia. No por abandonar principios históricos —no intervención, autodeterminación—, sino por actualizarlos frente a un mundo que ya no opera bajo las reglas del siglo XX. Pero hasta ahora, la política exterior mexicana parece más orientada a administrar riesgos inmediatos que a construir una estrategia de mediano plazo en un entorno de rivalidad entre grandes potencias.

El problema no es la prudencia. Es la falta de ambición estratégica. En un mundo donde las reglas ya no protegen, los países buscan autonomía: energética, alimentaria, tecnológica. México tiene condiciones excepcionales para ello, pero carece de una narrativa clara que articule soberanía con cooperación. La apuesta dominante sigue siendo el nearshoring como tabla de salvación, sin preguntarse si esa reconfiguración productiva no reproduce, bajo nuevas formas, viejas dependencias.

Aquí aparece el dilema central que Carney plantea para las potencias medias —y que México se niega a enfrentar abiertamente—: ¿adaptarse construyendo fortalezas aisladas o actuar junto a otros para moldear un nuevo orden? Morena ha preferido la comodidad de la ambigüedad: no confrontar a Washington, no incomodar a China, no incomodarse a sí misma. Eso no es soberanía; es gestión cautelosa de la subordinación.

Pero el problema es más profundo que una mala lectura coyuntural. La política exterior mexicana sigue operando dentro de una lógica civilizatoria antigua: la normalización de la fuerza como árbitro último, la aceptación tácita de jerarquías globales y la idea de que el realismo consiste en adaptarse al poder, no en transformarlo. Esa lógica —heredera del colonialismo y del patriarcado estatal— se reproduce hoy bajo el lenguaje de la prudencia diplomática.

Frente a ello, la experiencia de liderazgos como el de la ex Primera Ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, mostró que otra política es posible incluso desde Estados pequeños: una política que entiende que la legitimidad, el cuidado y la coherencia ética no son adornos, sino fuentes reales de poder. No se trata de ingenuidad, sino de reconocer que un sistema internacional traumatizado, hipervigilante y violento solo puede reproducir crisis si nadie se atreve a romper el guion.

México podría jugar un papel distinto. Podría articular a las potencias medias del Sur Global no desde la retórica vacía, sino desde propuestas concretas: comercio menos coercitivo, diplomacia climática real, defensa consistente del derecho internacional sin dobles raseros. Pero para eso tendría que dejar de fingir que el viejo orden aún sirve y admitir que la neutralidad, en tiempos de barbarie normalizada, suele beneficiar al más fuerte.

El viejo mundo no va a volver. Y en el nuevo, la pregunta no es si México será soberano en el discurso, sino si está dispuesto a asumir los costos de una soberanía real: diversificar relaciones, incomodar aliados, nombrar abusos vengan de donde vengan y construir fuerza interna sin caer en la lógica de la fortaleza sitiada.

Seguir con la retórica soberanista puede evitar problemas a corto plazo. Pero también garantiza que, cuando se repartan las decisiones importantes, México no esté en la mesa, sino en el menú. Esa es la verdadera encrucijada para el gobierno de Sheinbaum. Y no enfrentarla también es una forma de elegir.

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