viernes, marzo 20

Los genios de la 4té pretenden cancelar el efectivo en las tarjetas del Bienestar

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¿Adultos mayores tendrán que trasladarse a las ciudades para pagar en línea su mandado?

Por Jesús López Segura

Una nota de La Jornada mexiquense, firmada por Antonio Abadiano, destaca un cambio importante en la forma en que se entregarán los apoyos sociales en México: la transición hacia un sistema digital que elimine el efectivo en las tarjetas del Banco del Bienestar.

Durante la 89 Convención Bancaria, se planteó como objetivo modernizar el esquema de pagos, eliminando el uso del efectivo y promoviendo transferencias electrónicas mediante una nueva aplicación móvil dirigida a adultos mayores, estudiantes y familias beneficiarias.

El enfoque subraya varias presuntas ventajas: mayor seguridad al evitar el manejo de efectivo, impulso a la inclusión financiera al generar historial bancario, apoyo al combate de actividades ilícitas y fomento de la educación financiera, especialmente entre sectores tradicionalmente excluidos del sistema bancario.

Aunque se reconoce que México sigue siendo una economía altamente dependiente del efectivo —con un uso extendido en la población y en la informalidad—, el proyecto busca sentar las bases para una transición hacia medios de pago más seguros, modernos y eficientes.

La crónica de Abadiano parece escrita desde el entusiasmo tecnocrático de quien descubre el agua tibia… pero olvida mirar el elefante en la habitación. Celebra, con tono casi evangelizador, el plan de digitalizar la Pensión del Bienestar impulsado por Banco de México y operado a través del Banco del Bienestar, como si se tratara de una epifanía financiera y no de una contradicción monumental.

La narrativa oficial —replicada sin rubor— vende la idea de que eliminar el efectivo traerá seguridad, inclusión y hasta educación financiera. Una especie de milagro digital donde el adulto mayor, históricamente marginado del sistema bancario, de pronto se convertirá en usuario feliz de apps móviles, transferencias y rendimientos, cuando muy probablemente ni siquiera hay Internet en su comunidad. Todo muy limpio… en el papel.

Pero hay un pequeño detalle que la nota pasa por alto con insólito descuido: México sigue siendo, abrumadoramente, un país de efectivo. No por capricho, sino por realidad. Cuando el propio diagnóstico reconoce que el 95% de la población usa billetes y que más de la mitad de la economía vive en la informalidad, vender la digitalización forzada como solución suena menos a política pública y más a voluntarismo de burócratas iluminados.

Y ahí es donde el asunto deja de ser ingenuo para volverse francamente absurdo. Porque este súbito fervor digital no ocurre en el vacío: llega después de que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se embarcó en la construcción de más de 3 mil sucursales del Banco del Bienestar, vendidas como la gran hazaña de inclusión financiera territorial. Ladrillo sobre ladrillo, discurso tras discurso, se levantó una red física monumental… para ahora decirle a los beneficiarios que mejor usen una app.

En otras palabras: primero se invirtieron miles de millones en infraestructura para repartir efectivo en ventanilla, y ahora se pretende que esa misma infraestructura quede como monumento a la nostalgia del billete. Un giro digno del realismo mágico administrativo: construir bancos para después volverlos ruinas inservibles, monumentos a la estupidez burocrática que pretende forzar a adultos mayores y estudiantes, armados con miserables 3 mil pesos mensuales, a convertirse en consumidores de tiendas de autoservicio y Amazon o Mercado Libre.

Hacer llegar el efectivo a las zonas más apartadas donde el Internet quedó como promesa incumplida —ignorando a las numerosas sucursales de una banca enriquecida como nunca antes en la historia por el obradorismo, al igual que se ignoró la red existente de farmacias para distribuir las vacunas contra la pandemia—, fue una pretendida hazaña que ahora, con 3 mil sucursales del Bienestar cacareadas como el gran logro del obradorismo, se pretende eliminar de un plumazo.

Y así, entre apps prometidas y sucursales ya construidas, el resultado no es una transición ordenada, sino una contradicción costosísima: digitalizar a un país que no está listo, mientras se abandona la infraestructura que se suponía lo iba a preparar. Una proeza… pero de incoherencia producto directo del principal mantra para la conformación del equipo obradorista: 10% de capacidad y 90% de lealtad.

 

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