“No pasa nada”: Rubén Rocha Moya. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

“Yo no doy declaraciones”: Adán Augusto. ¿Amenazaron a Sheinbaum con destapar la cloaca?
Claudia Sheinbaum no solo estaba nerviosa: parecía francamente aterrorizada. Saludó a “los niños y niñas” del cortejo de aduladores que se hacen llamar periodistas en La Mañanera, los felicitó “por su día” y enseguida leyó su comunicado, consistente en una versión resumida del bien conocido monólogo de “las pruebas y la soberanía”. Después vino lo previsible: las estrellas del servilismo mediático —como Hans Salazar y el infaltable “Lord Molécula” entre otros engendros del periodismo del bienestar— entraron en escena para desviar la conversación del tema central: la patada de Donald Trump al avispero mexicano.

Antes de que empiecen los malentendidos: no, no respaldo el intervencionismo estadounidense. Donald Trump me parece lo que es: un político al borde de la locura, autoritario, criminal ya juzgado, que actúa con la desesperación de quien representa a un imperio voraz que da señales de agotamiento. Pero una cosa es rechazar sus formas, y otra muy distinta ignorar lo que su embate deja al descubierto en México.

Dicho esto, y para evitar los previsibles ladridos ideológicos, lo planteo sin rodeos: me considero un hombre de izquierda. Y, contra lo que podría suponerse, simpatizo con Claudia Sheinbaum. No por sus malabares discursivos para defender a su antecesor —que más que lealtad parecen reflejar miedo—, sino porque la veo atrapada en una estructura corrupta que no puede o no quiere domar.

Más que una presidenta funcional, parece una mandataria cercada. Cercada por personajes con vínculos tan oscuros como persistentes, por inercias políticas que no construyó y por una red de intereses que no admite limpieza sin cobrar factura. Y en ese contexto, su aparente defensa del pasado podría ser menos convicción que instinto de supervivencia.

He insistido antes —y lo reitero—: habría que respaldarla. No por ingenuidad, sino por cálculo político. Porque si alguien, desde dentro, puede enfrentar a esas mafias enquistadas en el poder, es ella. Pero ese margen se reduce cada día que se le exige continuidad en lugar de ruptura.
La pregunta, entonces, no es menor: ¿vamos a dejarla sola? ¿O vamos a entender que debilitarla —desde la burla fácil o la descalificación automática— solo fortalece a quienes necesitan que nada cambie?

La disyuntiva no es de la presidenta. Es nuestra. O permitimos que las mafias sigan administrando el país hasta que el hartazgo social abra la puerta a la ultraderecha, o asumimos el costo de respaldar una transición incómoda, incluso contradictoria, pero necesaria.
Mientras tanto, el silencio también habla. Veinte veces le preguntaron a Adán Augusto López —a quien muchos señalan como el verdadero operador de poder en la sombra y próximo en la picota neoyorquina— sobre el “rochamoyazo”. Veinte veces respondió lo mismo:

“Yo no doy declaraciones”. Calló —y cayó— como momia.
Pero Morena y la Fiscalía si hablaron con prontitud inusitada. Incluso coincidieron al cien por ciento con la declaración de Sheinbaum: “No hay pruebas y se violó la confidencialidad del caso”.





