jueves, junio 4

La purga de Taddei: El INE empieza a parecerse, cada vez más, a aquello que debía vigilar

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Y no es que antes fuera un árbitro inmaculado, pero al menos guardaba ciertas apariencias

Por Jesús López Segura

Durante años, el Instituto Nacional Electoral se presentó como una institución blindada contra los caprichos del poder político. Un organismo “autónomo” construido sobre el presunto profesionalismo de su servicio de carrera, donde la experiencia técnica pesaba más que las simpatías personales y donde los cambios de gobierno no significaban necesariamente una barredora burocrática.

Eso era antes de que llegara Guadalupe Taddei.

Amparada en las nuevas facultades, con olor a tiranía, que le concedió la mayoría morenista, la consejera presidenta consumó primero la toma administrativa del instituto mediante nombramientos unilaterales en áreas estratégicas. Ahora parece haber iniciado la siguiente fase: la sustitución sistemática de funcionarios profesionales por cuadros cuya principal virtud no necesariamente sería la experiencia acumulada, sino la cercanía con los nuevos mandos.

Porque cuando decenas de trabajadores de carrera reciben la “amable invitación” de presentar su renuncia, estamos ante una figura que en México tiene larga tradición. No se llama despido. Se llama renuncia “voluntaria” obligatoria.

La consejera Rita Bell López lo describió con claridad al denunciar la separación de un número considerable de personas y advertir que el instituto está perdiendo experiencia, capacidades y años de formación acumulada. Traducido al español cotidiano: se está tirando por la borda el conocimiento técnico que permitió al INE organizar procesos electorales complejos durante décadas que si bien no fueron ejemplos de pulcritud y eficiencia democrática, al menos constituyeron la promesa de acabar con las burdas elecciones de Estado.

El consejero Martín Faz fue todavía más explícito. Señaló que los nombramientos realizados por Taddei han agudizado la práctica de solicitar renuncias a personal profesional con trayectoria acreditada y advirtió que esta sangría de especialistas podría comprometer la capacidad técnica del organismo justo cuando se aproxima el proceso electoral de 2026-2027.

Y esa es precisamente la cuestión de fondo.

Las instituciones dejan de ser instituciones cuando las lealtades sustituyen a los méritos. Cuando la obediencia reemplaza a la experiencia. Cuando la permanencia depende de agradar al jefe y no de cumplir con el trabajo.

Parajódicamente (Carlos García dixit), el organismo encargado de garantizar elecciones libres y equitativas parece estar experimentando internamente un modelo de gobierno francamente tiránico.

Porque las tiranías modernas ya no suelen llegar acompañadas de tanques ni de decretos espectaculares. Llegan mediante cambios reglamentarios, nombramientos discrecionales y purgas, es decir, renuncias “voluntarias” cuidadosamente inducidas.

Al final, el mensaje es sencillo: quien no forme parte del nuevo círculo de confianza puede ir preparando la caja para vaciar su escritorio.

Y así, poco a poco, el árbitro electoral transita por el inexorable camino de convertirse en una oficina de administración de lealtades.

Todo en nombre de la autonomía, por supuesto, que no tardará en exportarse, tal cual, a las OPLES de todo el país.

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