Despojar a los alumnos de su teléfono celular. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

El remedio que apagará la más portentosa herramienta de democratización del conocimiento
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que su gobierno enviará al Congreso una iniciativa para regular el uso de teléfonos celulares en las escuelas de educación básica, bajo el argumento de “proteger” a niños y adolescentes de los efectos del abuso de las pantallas: obesidad, trastornos del sueño, problemas de salud mental y aislamiento social.
El diagnóstico sobre los riesgos del uso excesivo de dispositivos digitales es difícil de cuestionar. Lo paradójico comienza cuando la solución parece encaminarse a restringir precisamente la tecnología que más ha democratizado el acceso al saber en toda la historia humana.
De hecho, esta iniciativa refleja con nítida claridad los efectos nocivos que tres cuartos de siglo de la llamada “caja idiota” han tenido sobre la formación de quienes hoy nos gobiernan o, al menos, de sus asesores.
Porque un teléfono inteligente puede ser, sí, una máquina de distracción infinita, aunque nunca peor que la televisión, donde el emisor ejerce un control casi absoluto sobre el receptor, sin la interacción que ofrecen los dispositivos digitales, algo que cualquier estudiante de primer semestre de Comunicación reconoce como propio de los “medios de estructura autoritaria“.

Pero también es la mayor biblioteca, laboratorio, enciclopedia, hemeroteca y aula que la humanidad haya tenido jamás al alcance de la mano. Nunca antes un niño de cualquier comunidad del país había podido consultar gratuitamente a las mejores universidades, recorrer museos, acceder a libros, aprender idiomas o dialogar con sistemas de inteligencia artificial capaces de explicar prácticamente cualquier tema.
El gobierno insiste en que “no se trata de regular por regular” y que la prioridad será la educación digital. Incluso organizará la gran simulación de foros con especialistas, docentes y padres de familia antes de presentar la iniciativa en septiembre. Mientras tanto, la SEP impulsará una semana dedicada a rescatar juegos tradicionales como el trompo, el yoyo y la resortera.

Alumnos graban con su celular a profesor golpeando a un compañerito
Mientras el resto del mundo compite por formar generaciones capaces de aprovechar la inteligencia artificial, México parece debatirse entre restringir el acceso a la mayor revolución tecnológica del milenio y celebrar el regreso de la matatena como símbolo del aprendizaje.
Desde luego, los niños necesitan jugar, convivir y despegarse de las pantallas. Nadie sensato discutiría eso. El problema aparece cuando la respuesta consiste en tratar al teléfono celular únicamente como un enemigo, ignorando que también puede ser el mejor aliado para reducir las enormes desigualdades educativas del país.
La verdadera discusión no debería ser cómo alejar a los niños de la inteligencia artificial, sino cómo enseñarles a utilizarla con criterio, pensamiento crítico y responsabilidad. Porque la alfabetización del siglo XXI no consiste en prohibir herramientas, sino en aprender a dominarlas.
Sería una ironía histórica que, en nombre de proteger a la infancia, México terminara cerrando la puerta al instrumento más poderoso jamás creado para acceder al conocimiento. Mientras otros países enseñan a sus estudiantes a navegar el futuro, aquí podríamos terminar celebrando que ya dominan la pirinola o el balero, y cantan sin errores “La víbora de la mar”… pero entran en pánico cuando alguien les habla de inteligencia artificial.
La escuela capitalista no educa: escolariza, como lo explicó Iván Illich. Y, además, funciona como el aparatos ideológico más eficiente para perpetuar las desigualdades sociales, como han señalado numerosos investigadores educativos.

Paloma Noyola, la Steve Jobs mexicana
Por eso resulta desolador que los asesores en materia educativa de la presidenta Sheinbaum pretendan reformar esa escuela no con el método visionario de Sugata Mitra —conocido en México gracias a la célebre “Steve Jobs mexicana“—, sino con la vieja receta de la escuela socialista: el pizarrón convertido en altar, los prejuicios —y a menudo la ignorancia— de un magisterio “movilizado” y unos libros de texto autoritarios que congelan la dinámica vertiginosa del conocimiento para reducirla a fórmulas doctrinarias de obediencia política.

Y todo ello, además, sirve como cortina de humo para acallar la crítica que, todos los días, despedaza en las redes sociales a un proyecto educativo autoritario y violatorio de los más elementales derechos humanos de los niños, despojándolos incluso de la cámara que les permite documentar humillaciones, abusos y casos de bullying escolar. Porque el verdadero problema de ciertos gobiernos nunca ha sido que los niños tengan acceso ilimitado al conocimiento; el problema es que también tengan una herramienta para registrar y exhibir lo que ocurre dentro del aula.





