lunes, agosto 24

AMLO fracasó en su primer intento de golpe de Estado. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López

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¿De dónde sacaron que el mensaje de Claudia Sheinbaum iba dirigido a Rubén Rocha Moya?

En su muy inteligente mensaje de este sábado, la Presidenta de México jamás mencionó el nombre de Rubén Rocha Moya. “Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación”, dijo.

Entonces, si uno se atiene al contexto y no sólo a la literalidad de las palabras, el destinatario parece ser otro: Andrés Manuel López Obrador, padre de Andy, presunto impulsor de lo que Raymundo Riva Palacio identifica como “la asonada” y protagonista, según innumerables fuentes, de un segundo ensayo de maximato.

Una asonada es una alteración tumultuaria del orden público con propósitos políticos o para presionar a la autoridad. Un golpe de Estado, en cambio, supone el intento de tomar el poder desde las propias estructuras del Estado, generalmente mediante una acción coordinada de militares relativamente rápida.

Pues bien: siguiendo esas definiciones, lo ocurrido este inquietante fin de semana podría interpretarse como algo mucho más serio que una simple rebelión política: el primer intento fallido de desafiar abiertamente la autoridad presidencial desde el propio oficialismo.

Y lo más paradójico es que el supuesto golpe habría terminado frenado por una especie de asonada política en sentido inverso:

Militares, gobernadores, funcionarios y, finalmente, buena parte de Morena cerraron filas alrededor de la Presidenta y descalificaron la actitud de Rubén Rocha Moya. Ese respaldo casi unánime pareció devolverle a Sheinbaum el oxígeno político que había perdido el día anterior, cuando su ausencia de la mañanera alimentó toda clase de especulaciones.

Fue entonces cuando llegó el mensaje.

Y aunque Rocha Moya podía sentirse aludido, resulta difícil creer que las palabras de la Presidenta estuvieran dirigidas exclusivamente al gobernador sinaloense:

“Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación. Y mucho menos cuando aquello que se pretende colocar por encima de México no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder.
Porque el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso; y el poder que olvida al pueblo, termina enfrentándose a la historia.
México merece servidores públicos que entiendan que los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la Nación es eterna. El Pueblo no está para alimentar ambiciones personales: está para exigir que se defienda su dignidad, su futuro y su esperanza.
Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación.”.

Demasiado solemne para ser un simple regaño a un gobernador.

Todo habría comenzado con aquella desafortunada carta que Andy López Beltrán dirigió a Donald Trump, en la que el hijo del expresidente convirtió un asunto personal en un episodio de confrontación política internacional. Después vino el extraño protagonismo de Omar García Harfuch en el escenario continental, precisamente cuando el secretario de Seguridad se ha convertido en una de las figuras más incómodas para el viejo obradorismo.

Y ahí aparece la hipótesis que explica el resto de esta historia: que la exhibición internacional de Harfuch habría sido interpretada por el grupo de Palenque como una afrenta y que, en respuesta, se habría intentado utilizar a Rocha Moya como pieza de presión contra la autoridad presidencial.

No hace falta comprar entera esa hipótesis para advertir lo verdaderamente importante: el viejo poder intentaría comprobar hasta dónde llega todavía su capacidad de mando sobre el nuevo gobierno.

Y ahí estaría la verdadera batalla.

Porque el problema ya no sería Rocha Moya. Rocha Moya sería apenas el síntoma.

El problema sería determinar quién manda realmente en Morena: si la Presidenta constitucional de México o el expresidente que, desde Palenque, se resiste a aceptar que su sexenio terminó.

La reacción del morenismo nacional fue, en ese sentido, reveladora. Nadie quiso correr el riesgo de aparecer del lado equivocado de la historia. Ni gobernadores, ni legisladores, ni dirigentes partidistas. No fuera a resultar que también las visas comenzaran a volar.

Y con ese respaldo político recuperado, Sheinbaum lanzó su mensaje: los cargos son pasajeros; el poder no pertenece a quien lo ejerció ayer; y ningún nombre, por ilustre que sea, está por encima de la Nación.

Así de simple.

Y así de extraordinariamente complejo.

Porque si esta interpretación es correcta, lo ocurrido este fin de semana no fue una disputa más entre facciones de Morena. Fue el primer encontronazo abierto entre el poder constitucional de Claudia Sheinbaum y el poder político residual de Andrés Manuel López Obrador.

AMLO habría fracasado en su primer intento de medir los límites del nuevo gobierno.

Pero apenas es el primer episodio.

Ya veremos si la Presidenta termina por fajarse las enaguas y asumir plenamente el poder que le otorgaron las urnas, o los gringos se atreven a repitir el operativo de Maduro en Palenque.

 

 

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