Ahora resulta que los machistas somos nosotros. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Dice Sheinbaum que es absolutamente absurdo hablar de un rompimiento con AMLO
Claudia Sheinbaum niega cualquier diferendo con López Obrador y asegura que su antecesor jamás le ha dicho qué hacer. La explicación sería tranquilizadora si no fuera porque deja en el aire una pregunta incómoda: ¿dónde quedó la revisión crítica de los errores, excesos y decisiones cuestionables del sexenio anterior?
Porque alegar perfección donde todo indica lo contrario no convence ni a los fanáticos más obsesivos del obradorismo salvaje.
Hay declaraciones que, de tan contundentes, terminan provocando más preguntas que certezas. Claudia Sheinbaum asegura que “el presidente” López Obrador ha sido sumamente respetuoso con su gobierno, que no interviene en sus decisiones y que jamás le ha llamado para decirle qué hacer o qué no hacer. ¡Sólo eso faltaría! ¡Qué alivio!
El problema es que una cosa es que López Obrador no le dicte instrucciones por teléfono y otra muy distinta que su sombra política haya desaparecido.
Sheinbaum califica de “absolutamente absurdo” hablar de una división entre ambos y también rechaza la existencia de las corrientes “obradorista” y “claudista”, cuando buena parte de la clase política de Morena sigue teniendo como referente al expresidente y mientras las disputas internas del movimiento exhiben, una y otra vez, la tensión entre el legado de AMLO y el proyecto de Sheinbaum.
Más sorprendente todavía es la indulgencia con la que la Presidenta suele referirse al sexenio que la precedió, plagado de abundante demagogia mesiánica y sospechoso de corrupción.
La presidenta no necesita pelearse con su antecesor para reconocer sus errores. Tampoco requiere denostarlo para corregirlos. Lo que necesita es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: juzgar objetivamente lo que recibió y tener la autoridad política para decir qué estuvo mal.
Y en ese terreno la administración de Sheinbaum ha sido, por decirlo suavemente, extraordinariamente cautelosa e indulgente.
Las llamadas “obras insignia” del obradorismo no son piezas de museo que deban contemplarse con devoción. Son obras públicas financiadas con recursos de los mexicanos y, por lo mismo, están sujetas a evaluación, auditoría y crítica.
El Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, el AIFA, la farmaciotota –que ya no sirve ni de bodega– y el conjunto de megaproyectos de la administración anterior deberían ser sometidos a una revisión rigurosa de costos, tiempos, beneficios, operación, rentabilidad y resultados. No basta con heredarlos y después repetir que son grandes obras de la transformación.
Pero hay algo todavía más delicado.
Mientras la Presidenta rechaza cualquier fractura con el pasado, permanecen abiertas enormes interrogantes sobre personajes centrales del antiguo grupo gobernante. El caso de Adán Augusto López, por ejemplo, ha generado cuestionamientos públicos particularmente serios por los presuntos vínculos de personas de su entorno con actividades criminales. Y alrededor de Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, se han acumulado señalamientos sobre presunto tráfico de influencias que, por su naturaleza, ameritarían cuando menos una explicación política contundente, ya no digamos que una investigación judicial más que pertinente.
No se trata de condenar a nadie sin pruebas ni de sustituir a los tribunales. Se trata de exigir que el poder político no aplique una vara de medir para los adversarios y otra, mucho más acolchonada, para los propios.
Porque resulta francamente peculiar que una Presidenta obviamente acosada invoque el machismo -en sentido exactamente contrario- para explicar las versiones de que López Obrador continúa influyendo en su gobierno. El problema no es que alguien crea que una mujer sea incapaz de gobernar. El problema es que, después de seis años de un gobierno personalista como el de AMLO, la sociedad tiene derecho a preguntar cuánto del viejo poder permanece vivo, cuánto ha cambiado y cuánto simplemente se ha reciclado.
Sheinbaum tiene todo el derecho de reivindicar su autonomía. Lo que no debería hacer es confundir autonomía con una lealtad acrítica al pasado que raya en la sumisión.
Porque una cosa es respetar a López Obrador, y otra, muy diferente, perdonarle políticamente todo.
Si la Presidenta realmente quiere demostrar que gobierna con criterio propio, no necesita una ruptura espectacular con su antecesor. Le bastaría algo mucho más contundente: revisar sus errores, reconocerlos cuando existan y evitar por todos los medios repetirlos, así como investigar los posibles actos de corrupción y deslindar responsabilidades sin importar apellidos, lealtades o herencias políticas.
Eso sí sería autonomía.

Imagen tomada de las redes sociales
Lo demás corre el riesgo de parecer simplemente continuidad bajo presión. Más miedo -como sostiene Donald Trump– a la pandilla de obradoristas duros heredados en posiciones clave, que a los propios criminales que amenazan ya no solo al país, sino al resto del mundo. ¿No cree usted?





