lunes, agosto 31

Otro saludable manotazo de Sheinbaum sobre la mesa. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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La presidenta optó por una conducción civilizada y leal en el Senado de la República

Los analistas políticos provincianos que se sienten lastimados por la decisión de Sheinbaum de encumbrar al senador mexiquense Higinio Martínez Miranda en la Mesa Directiva del Senado de la República, enfocan su “análisis” —al calor de su inocultable frustración— en el mezquino escenario de una presunta disputa adelantada por la sucesión mexiquense entre Higinio Martínez y Horacio Duarte, cuyas primeras batallas se librarán en las elecciones intermedias del año entrante.

Fingiendo una supuesta “neutralidad” que nunca han tenido, sostienen que Sheinbaum habría “permitido” ese nombramiento para equilibrar la balanza y evitar una confrontación más abierta entre los llamados Mexiquenses de Corazón y los descorazonados seguidores de Horacio Duarte y, por tanto, del obradorismo duro en el Estado gobernado por Delfina Gómez.

Pero Sheinbaum tiene problemas mucho más serios como para andar preocupándose por las ambiciones personales del secretario general de Gobierno del Estado de México de cara al 2029.

Lo que la Presidenta requería con urgencia en estos días —todavía aciagos por la rebelión de los duros del obradorismo, que insisten en desafiarla desde los numerosos rincones de poder en los que los dejó incrustados don Andrés para dotar de estructura gubernamental a su pretensión de maximato— era un dirigente senatorial capaz de atemperar los ánimos tanto de ese obradorismo salvaje como de una oposición que se ha sentido despreciada y atacada desde posiciones que deberían ser institucionalmente respetuosas.

Todo lo contrario de lo ocurrido con la desastrosa conducción de la Mesa Directiva del Senado durante la gestión de Gerardo Fernández Noroña que hoy nos obsequia con sus renovados y divertidos berrinches.

Hasta ahora, la primera mujer presidenta de México ha sido excesivamente complaciente con los intentos del obradorismo duro —en el que, por cierto, abundan cuadros proclives a relacionarse peligrosamente con presuntos criminales— por acotarla y, por momentos, asfixiarla en el ejercicio de un mandato presidencial que, por definición constitucional, no puede estar subordinado a ningún poder paralelo ni sometido a amagos de autoridad ajena, aunque sí equilibrada en su mandato por los otros dos poderes.

Después del antecedente histórico del maximato de Plutarco Elías Calles, interrumpido de golpe por el general Lázaro Cárdenas, no se había producido una rebelión de semejante naturaleza contra la esencia del presidencialismo mexicano. Hasta ahora, cuando algunos pretenden reeditarla con el agravante de muy mal gusto —y la no menos deplorable cobardía machista— de intentar aplicársela a una mujer.

Higinio Martínez, por otra parte, ha mostrado una notable resiliencia frente al canibalismo sectario de su antiguo camarada, Horacio Duarte, quien, envalentonado por su cercanía con López Obrador, ha intentado excluir y minimizar a todo lo que huela a Mexiquenses de Corazón, la corriente que constituye la principal base política y electoral del senador y próximo presidente de la Mesa Directiva del Senado.

Eso revela, por decir lo menos, una preocupante falta de generosidad política hacia quienes alguna vez fueron sus compañeros de lucha.

Pero también en este caso aparecen rasgos preocupantes de violencia política de género —como la que, a nuestro juicio, se ejerce contra la Presidenta— cuando se arrastra a la gobernadora Delfina Gómez a una mezquina lucha personal por el poder. Peor aun cuando desde algunas voces se llega a sugerir que quien realmente gobierna es Duarte, al punto de presentarlo como el supuesto “poder detrás del trono”.

Por eso resulta relevante que, finalmente, políticos civilizados y experimentados como el doctor Higinio Martínez puedan desempeñar un papel trascendente en la lucha de la Presidenta de México por emanciparse —también— de la perjudicial influencia de personajes como Adán Augusto López y Gerardo Fernández Noroña, y ejercer plenamente el cargo para el que fue electa, sin restricciones, chantajes ni amagos de poderes fácticos internos.

Si así ocurre, podremos proclamar que, independientemente de sus frecuentes titubeos al intentar mantener una fidelidad absoluta hacia su antecesor y mentor, doña Claudia Sheinbaum es la mandataria constitucional de México y merece ser respaldada en su legítima lucha por ejercer a plenitud las facultades que le confiere el cargo.

Lo mismo puede decirse de doña Delfina Gómez.

Antes que deberle lealtad a nadie en particular —ni al expresidente que la encumbró, ni al funcionario que pretende jugar a sus costillas—, la gobernadora del Estado de México se debe al pueblo mexiquense que la eligió y depositó en ella su confianza.

Y ésa, aunque a algunos les incomode, debería ser la única lealtad que realmente importe.

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