Recula Monreal sobre su iniciativa de nulidad por injerencia extranjera. LA VERSIÓN NO OFICIAL

¿No leyó o no le informaron –como dijo él mismo de Taddei– sobre su propia iniciativa de ley?
Por Jesús López Segura
Vaya papelón que protagonizó el Presidente de la JUCOPO y líder de los diputados morenistas, Ricardo Monreal Ávila, al echar él mismo para atrás su propia iniciativa de ley, a la que estuvo defendiendo como gato boca arriba, del crepúsculo al amanecer, en el debate legislativo. ¿Pues qué mosca le picó?
El argumento con el que intentó justificar el recule es de risa loca: según explicó, ya no habría tiempo para incorporar en las leyes secundarias los candados suficientes para evitar que la reforma fuera utilizada con fines perversos, muy distintos del supuesto “espíritu soberanista” con el que fue presentada.
Traducido al español: aprobaron primero el garrote constitucional y luego descubrieron que cualquiera podía usarlo para reventar elecciones incómodas.
Por sus purititas pistolas —y ante el desconcierto de varios de sus propios correligionarios— Monreal retiró la iniciativa de reformas secundarias. Eso implica que la reforma constitucional, ya aprobada por diputados y senadores en modo aplanadora, no podrá aplicarse sino hasta la elección presidencial de 2030. Exactamente ahí estaba, por cierto, el verdadero objetivo político del invento.
La pregunta inevitable es si don Ricardo sufrió un súbito ataque de lucidez jurídica que lo hizo recular de una iniciativa ferozmente defendida apenas unas horas antes.
¿O le jalaron las orejas desde Palenque o desde Palacio Nacional por haber impulsado semejante aberración constitucional?
Porque cualquier persona con tres dedos de frente puede advertir, de bote pronto, que resulta materialmente imposible determinar, sin margen de duda, si una elección fue “influenciada de manera determinante” por gobiernos, organismos, empresas o ciudadanos extranjeros.
¿Quién define el grado exacto de influencia política de un documental producido en España, un reportaje publicado en Estados Unidos o un libro escrito por autores extranjeros sobre la realidad mexicana?
¿Van a medir el impacto electoral con ouija, péndulo o lectura de tarot legislativo?
La orden ejecutiva firmada por Donald Trump en 2018 —citada por Monreal en su exposición de motivos— sanciona a extranjeros que interfieran ilegalmente en procesos electorales estadounidenses, particularmente actores rusos y chinos. Pero no anula elecciones ni cancela votos de ciudadanos norteamericanos.
Las sanciones contemplan restricciones migratorias, congelamiento de activos, cancelación de visas y otras medidas administrativas. No la nulificación retroactiva del sufragio ciudadano bajo la ridícula presunción de que un número indeterminado de electores actuaron como marionetas hipnotizadas por un agente extranjero.
No se necesita ser jurista de altos vuelos para entender que la iniciativa de Monreal chocaba de frente con derechos fundamentales, empezando por el derecho al voto. Porque anular una elección equivale, simple y llanamente, a declarar inválida la voluntad popular con base en criterios ambiguos, subjetivos y prácticamente imposibles de probar.
El siguiente paso lógico de semejante delirio jurídico sería cerrar fronteras a publicaciones extranjeras que analicen la política mexicana, bloquear portales de internet, censurar medios internacionales y prohibir transmisiones de radio o televisión provenientes de otros países que se atrevan a opinar sobre México.
Convertir al país en una aldea políticamente aislada del resto del mundo.
Y entonces sí: las quemas de libros del nazismo terminarían pareciendo un inocente juego infantil comparadas con las tentaciones autoritarias de algunos iluminados de la cuarta transformación, a la que ellos mismo, no la oposición, convierten, así, en transformación de cuarta.





