jueves, abril 9

Ex contralor Victorino Barrios desnuda la corrupción en el ISSEMyM. AL GRANO. Por Jesús López

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Su salida, como la de Trinidad Franco de la Oficialía Mayor, ¿por abandono de la gobernadora?

En el Estado de México, combatir la corrupción parece más un ejercicio retórico que una política pública, y el caso del ISSEMyM es la prueba más descarnada de ello: una institución que alguna vez fue presumida como modelo regional hoy opera como un catálogo de vicios administrativos donde el saqueo no sólo es posible, sino rutinario.

La denuncia del excontralor Victoriano Barrios en sinembargo.mx, no revela nada particularmente sofisticado: contratos inflados, adjudicaciones directas a modo, pensiones otorgadas por gracia casi monárquica y servicios pagados que jamás existieron. Lo verdaderamente escandaloso no es la creatividad del desfalco —más bien rudimentaria— sino la comodidad con la que se ejecuta. Cuando una empresa ofrece lo mismo por 119 millones y otra por 192, y el instituto elige la más cara, no estamos ante un error: estamos frente a un sistema que ni siquiera se molesta en disimular.

El mecanismo es tan burdo como eficaz: dejar vencer contratos para justificar “urgencias”, repartirlos discrecionalmente y, si hace falta, simular competencia con el ya clásico “carrusel” de proveedores. Todo ello bajo la mirada de autoridades que, según el propio Barrios, no sólo conocen estas prácticas, sino que han emitido lineamientos que parecen diseñados para perpetuarlas. La corrupción, en este contexto, no es una anomalía del sistema: es su lenguaje operativo.

Mientras tanto, los efectos reales se trasladan a quienes sostienen el instituto: trabajadores, pensionados y contribuyentes. Pensiones “doradas” que duplican el tope legal, medicamentos almacenados hasta caducar —probablemente destinados a desaparecer— y hospitales que operan con carencias propias de una institución quebrada. El resultado es un organismo financieramente asfixiado que, paradójicamente, maneja decenas de miles de millones de pesos.

Pero quizá el dato más revelador no está en los montos, sino en la reacción —o más bien, en la ausencia de ella— de las altas autoridades estatales. Porque si, como afirma Barrios, el poder “entiende” y avanza cuando nadie lo detiene, entonces el mensaje desde arriba ha sido claro: no sólo no hay prisa por limpiar la casa, tampoco hay voluntad. En ese vacío, la corrupción no sólo sobrevive; prospera, se organiza y, como buen huésped tolerado, termina riéndose de quien finge combatirla.

Barrios, un contralor eficaz y experimentado, duró solo 7 meses y medio en el cargo porque se sintió completamente acorralado en una institución que lo dejó solo y se hace de la vista gorda frente a una praxis cotidiana de desviación de recursos y simulación. Quizá esto mismo explique la salida de Trinidad Franco Arpero de la Oficialía Mayor del Gobierno de Defina Gómez, quien no parece muy interesada en tomar el toro por los cuernos contra la corrupción, incluso hasta el grado de sacrificar a sus más leales colaboradores.

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