jueves, marzo 19

Trump, ¿un caso clínico de extrema gravedad? LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

0
7

Desata la guerra contra periodistas y eleva su presupuesto de defensa a más de un billón de dólares

El presidente Ku Klux Klan ha cruzado otra línea al amenazar con clausurar medios, retirar licencias y, en un arranque que haría sonrojar a cualquier manual básico de derecho constitucional, sugerir que periodistas podrían ser acusados de traición ¡por publicar información que no le gusta! Sí, traición: ese delito que en Estados Unidos se castiga con cárcel prolongada o incluso la muerte. Todo por “fake news”, ese concepto elástico que en el universo trumpiano abarca desde errores periodísticos hasta verdades incómodas.

Lo de Donald Trump ya no es sólo una estrategia política: empieza a parecer un caso clínico narrado en tiempo real, con micrófono abierto y acceso al botón nuclear, lo que preocupa a un número creciente de especialistas que vaticinan una descomposición acelerada, e irreversible, de sus capacidades mentales.

No sorprende que figuras como Elizabeth Warren hayan advertido que el libreto es calcado del autoritarismo clásico. Lo interesante es que incluso aliados ideológicos, como Ron Johnson, se hayan visto obligados a recordar —casi con timidez— que existe algo llamado Primera Enmienda. Cuando tus propios compañeros de trinchera tienen que explicarte lo básico de la libertad de expresión, el problema ya no es político: es cognitivo.

La obsesión del mandatario con la prensa ha escalado de la descalificación compulsiva a la fantasía punitiva. Ya no basta con insultar —“corruptos”, “criminales”, “antipatriotas”—; ahora hay que castigar, silenciar, borrar. La Comisión Federal de Comunicaciones se convierte así, en esta lógica torcida, en una especie de policía del pensamiento, lista para retirar licencias a quien no se alinee con la narrativa oficial. Un detalle menor: esta comisión, que amenazó a medios con no renovar licencias luego de reunirse con Trump, ni siquiera tiene jurisdicción sobre muchos de los medios que el mandatario amenaza. Pero la coherencia nunca ha sido requisito en los delirios de persecución.

Porque eso es lo que empieza a asomar: un patrón donde la realidad se reorganiza en función del agravio personal. Si un medio publica algo crítico, no es periodismo: es conspiración. Si una imagen no favorece, no es documentación: es sabotaje. Si una guerra es impopular, no es un problema político: es culpa de los reporteros. El mundo entero convertido en un espejo que, al no reflejar lo que el líder quiere ver, debe romperse. ¿Alguna semejanza con el obradorismo duro?

El cuadro se completa con la presión a dueños multimillonarios —como Jeff Bezos— para domesticar líneas editoriales, la remodelación de redacciones vía despidos y compras “amistosas”, y la exclusión de periodistas por razones tan absurdas como haber tomado “fotos negativas”. La realidad, al parecer, también debe pasar por filtro estético.

Lo más inquietante no es la retórica —Trump siempre ha vivido de ella—, sino la intensidad creciente, la desconexión con límites legales básicos y la necesidad casi obsesiva de controlar la narrativa a cualquier costo. No se trata ya de un político que combate a la prensa, sino de uno que parece percibirla —atrapado en sus fantasías esquizofrénicas— como una amenaza existencial.

Y cuando un gobernante empieza a ver enemigos en cada titular, traidores en cada reportero y conspiraciones en cada dato incómodo, la pregunta deja de ser qué está haciendo… y pasa a ser qué le está pasando.

En el universo de Donald Trump, la guerra ya no es el fracaso de la política… sino su versión premium con presupuesto ilimitado. Y, al parecer, con eslóganes dignos de caricatura: “se necesita dinero para matar a los malos”. La frase, pronunciada sin rubor por Pete Hegseth, no sólo simplifica un conflicto internacional complejo a nivel de videojuego, sino que delata algo más inquietante: la banalización casi infantil de la violencia como política de Estado.

Porque pedir 200 mil millones de dólares adicionales —encima de un presupuesto militar que ya roza el billón de dólares— no es una decisión estratégica, es una pulsión (en el sentido freudiano). Una donde el gatillo presupuestal parece responder más a impulsos que a cálculos.

 

Comments are closed.