Reconoce Monreal vínculos de la 4te con criminales. AL GRANO. Por Jesús López Segura

No pide que se les persiga judicialmente, simplemente que se les excluya de las boletas
En entrevista con René Delgado (Entredichos. El Financiero Bloomberg) Ricardo Monreal reconoce, explícitamente, que la narrativa de “narcogobierno” podría afectar al “movimiento de transformación” en las próximas elecciones. Exhorta a su partido, en consecuencia, a no postular candidatos vinculados con la delincuencia.
Así, antes que desmentir una narrativa, Ricardo Monreal terminó por validarla. El coordinador de Morena en la Cámara de Diputados admitió que el discurso del “narcogobierno” les ha costado simpatías electorales y, preocupado por el 2027, lanzó una recomendación que resulta más reveladora que cualquier acusación de la oposición o de los Estados Unidos: pidió que su partido deje de postular candidatos vinculados con la delincuencia organizada.
La confesión política encierra una paradoja difícil de ocultar. Si Morena necesita exhortar a sus dirigentes para que no registren aspirantes ligados al crimen, el reconocimiento implícito es que ese riesgo existe dentro de sus propias filas. Lo verdaderamente llamativo no es la recomendación, sino su limitada ambición: en lugar de exigir que quienes hayan infiltrado al movimiento sean investigados, procesados y castigados conforme a la ley, Monreal simplemente propone que no aparezcan en las boletas electorales. Como si el problema fuera la candidatura y no la posible comisión de delitos.
El legislador atribuyó el desgaste a una supuesta campaña de la derecha, asegurando que la narrativa del “narcopartido” les ha sido impuesta por la oposición. Sin embargo, esa explicación omite deliberadamente un dato incómodo: Buena parte de los señalamientos más severos no han surgido de los partidos opositores, sino de analistas independientes, investigaciones periodísticas y, sobre todo, de diversas acciones e indagatorias emprendidas por el gobierno de Estados Unidos contra personajes vinculados al oficialismo. Incluso dentro de Morena han surgido denuncias públicas sobre presuntos nexos entre autoridades y organizaciones criminales.
Monreal elogió el combate de Claudia Sheinbaum contra la delincuencia organizada y sostuvo que el actual gobierno está desmantelando estructuras criminales como nunca antes. Pero esa defensa convive con una admisión involuntaria: si el partido necesita extremar filtros para impedir que lleguen candidatos con presuntos vínculos criminales –como compulsivamente ha estado anunciando Ariadna Montiel–, es porque reconoce que la infiltración –que compromete seriamente su futuro electoral– no es una hipótesis inventada por sus adversarios, o por Donald Trump, sino un riesgo suficientemente real de simpatía por el diablo, expresado con abrazos y no balazos por el ex presidente AMLO.
La preocupación del zacatecano parece centrarse en recuperar la confianza ciudadana rumbo a 2027. Sin embargo, la confianza difícilmente regresará con recomendaciones internas para seleccionar candidatos limpios. Se recupera cuando quienes hayan servido al crimen enfrenten tribunales y sentencias, no simplemente cuando se les niega una candidatura.
Como si el contraste democrático necesitara un complemento, por estos mismos días trascendió que el embajador de México en Nicaragua felicitó efusivamente al “compañero comandante” Daniel Ortega, en la víspera de que éste anunciara que en su país no volverá a haber elecciones. Mientras Morena asegura combatir la narrativa del “narcogobierno“, la diplomacia mexicana encuentra tiempo para celebrar a un mandatario que decidió cancelar, de una vez por todas, el incómodo trámite de consultar a los ciudadanos. Hay símbolos que, por sí solos, también construyen narrativas.
Para ir, como de costumbre, al grano: En el morenismo cohabitan actualmente varias tribus. Dos de ellas son las dominantes. La primera, proclive a involucrarse con delincuentes bajo el cuestionable supuesto de que su amor al pueblo es tan grande que puede purificarlos. Y se podrían mencionar varios casos, pero me basta por lo pronto con La Barredora de Tabasco, empiernada, hasta el cogote, con el brother Adán Augusto López.
La otra corriente dominante es la que ya no se traga el mesianismo populista y exige una alejamiento inmediato de esa proclividad delincuencial, sobre todo por la exigencia de Donald Trump de frenar a los huachicoleros y expendedores en gran escala de fentanilo.
Alrededor pululan otras tribus que no quieren darse cuenta de que ha llegado el momento de fortalecer a la Presidenta y desterrar para siempre la narcopolítica y el huachicol fiscal que tanto daño le han hecho al país.





