martes, julio 28

La afición futbolera y el electorado. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

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Los mismos que despotrican contra el teléfono celular consideran a Aguirre un buen entrenador

Un amable seguidor de esta humilde columna que todavía carga la resaca del Mundial, me preguntó cómo vi el trabajo de Javier Aguirre al frente de la Selección Mexicana. Le respondo ahora:

Se necesita ser extraordinariamente corrupto o, de plano, muy pendejo para sentar en la banca a jugadores como Julián Quiñones y Gilberto Mora justo cuando urge empatar un partido. Y, para ser franco, no creo que El Vasco sea corrupto.

La misma afición que juzga con una benevolencia inmerecida a ese pésimo entrenador —ése que termina apropiándose de los modestos logros de futbolistas excepcionales, pero mal dirigidos— también se traga completita la patraña de que Ernesto Ruffo Appel es el único huachicolero fiscal que merece la cárcel, cuando las verdaderas estrellas rutilantes del fraude más grande de nuestra historia no sólo siguen libres y coleando, sino que despachan como gobernadores, secretarios de Estado y senadores.

¿Pruebas? Pregúntenle al verdadero jefe de jefes de La Barredora.

La afición mexicana —que quizá sí debería someterse a un examen antes de votar, aunque no precisamente como el que aplica la UNAM a sus aspirantes de nuevo ingreso— cree, mayoritariamente, que Aguirre hizo un buen trabajo, pero también que los teléfonos celulares deben desaparecer de las escuelas; que Nayib Bukele es un gran humanista; que Javier Milei es un genio de la economía; que Donald Trump salvará a Estados Unidos de su deuda de 38 billones de dólares y, de paso, rescatará a México de los narcopolíticos. Del mismo modo, muchos están convencidos de que la justicia mexiquense se juega su prestigio si no obedece la consigna de encarcelar a alcaldes previamente condenados por el linchamiento mediático.

¡No, señores!

Como diría David Faitelson —con la autoridad que le concede haberse hecho famoso linchando mediáticamente a Carlos Vela, el único futbolista mexicano que se atrevió a decirles “no” a los nefastos hombres de pantalón largo—, las cosas no funcionan así.

Ernesto Ruffo puede ser culpable o inocente de huachicol fiscal. Pero, aun si resultara responsable, su participación representaría apenas una fracción diminuta del volumen monstruoso de ese megafraude histórico. Los presuntos responsables a gran escala son otros. Por eso, sostener que la Fiscalía podría estar incurriendo en una persecución política dista mucho de ser una hipótesis descabellada.

Ahora bien, la fanaticada futbolera, no sólo en México sino incluso en las sociedades más civilizadas, suele trasladar la misma lógica emocional a las urnas. No siempre con la intensidad con que vive el futbol, dependiendo de la eficacia manipuladora de las campañas mediáticas, pero sí con la misma incapacidad para separar la pasión de la razón.

Puede uno desgañitarse explicando que el teléfono celular, por ejemplo, representa la herramienta más poderosa de democratización del conocimiento, capaz de transformar radicalmente el proceso de enseñanza-aprendizaje. Da exactamente igual. Al día siguiente, doña Claudia —esa gran científica que nos gobierna— insistirá en su cruzada contra el más portentoso instrumento de apropiación del conocimiento que haya inventado la humanidad.

Para el caso, que lo prohíban también en la Cámara de Senadores, donde cierto brother fue descubierto disfrutando, en pleno pleno, de la pornografía digital.

Y así podría seguir hablando de Bukele —no se pierdan la columna de Catalina Pérez Correa en El Universal, “Los Bukeles mexicanos”— o de Trump, que asegura que el tratado comercial conMéjijo (sic) y Canadá le tiene sin cuidado, que no le importa, que le vale.

Pero prefiero concluir con un alegato local.

La justicia del Estado de México no puede ni debe dejarse manipular por campañas mediáticas dirigidas a satisfacer el apetito de multitudes ávidas de sangre. Los jueces están obligados a resolver conforme a las pruebas y al derecho, no conforme al volumen de los gritos ni a las tendencias de las redes sociales manipuladas por obvísimos intereses personales y políticos.

Y para el puñado de hombres y mujeres inteligentes y libres que todavía nos hace el favor de leer este atípico punto de vista, la respuesta es exactamente la contraria de la que pregonan quienes atizan el fuego de la asonada mediática.

La pregunta sigue siendo la misma:

¿Quién pompó?

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