miércoles, enero 21

Sabina, Verástegui y un tal Lenin. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

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Burócratas menores desmienten el respeto a la libertad de expresión que proclama Sheinbaum

Escuché la entrevista que Sabina Berman le hizo a Eduardo Verástegui y, para ser franco, no encontré al monstruo fascista que la comentocracia de izquierda se empeña en proyectar para descalificarlo. Más bien apareció un buen muchacho —¡de 51 años!—, bien intencionado en su fe católica y claramente extraviado de vocación. Debería ser sacerdote.

El hecho de que no se haya casado a esa edad tan avanzada parece confirmar, de manera inequívoca, su compromiso amoroso con el Dios “trinitario”, como él mismo llama —según su fe— al “único Dios verdadero” de tres cabezas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No me burlo. Respeto profundamente las creencias de cualquier ser humano que, en lugar de robar o andar violando mujeres o niños, dedica tiempo completo a sus fantasías psiquiátricas de “salvar almas en nombre de su Dios”.

Quizá por eso el señor Lenin Nosequé —“Defensor de las Audiencias del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano”— se apresuró, también en nombre de su propio dogma, a censurar, es decir, a prohibir lisa y llanamente la difusión de esa entrevista en los canales oficiales —más bien oficialistas— Once y Veintidós.

Lo que más pareció molestarle a don Lenin fue que Verástegui expresara su opinión personalísima de que el matrimonio debería ser entre un hombre y una mujer, evocando “la maravillosa experiencia” de sus propios padres. Yo confieso —si se me permite hacerlo—, que estoy convencido de que la gente debería juntarse como mejor le acomode, sin que santurrones y moralinos, o peor aún, estalinistas confundidos, anden metiendo la nariz donde no los llaman.

Por lo demás, ningún “fascista” estaría tan interesado —como Verástegui— en dedicar su afición por el cine a combatir la pederastia, tan profusamente practicada entre los ministros de su propia fe. No pude evitar cierta empatía por este adolescente que ya rebasó el medio siglo cuando leí lo que le dijo al presidente argentino Javier Milei, a quien calificó de “traicionero”, “malagradecido” y “desleal”.

Lo llamó también Judas y sostuvo que había llegado al poder “en gran parte” gracias al respaldo de Victoria Villarruel, del escritor Agustín Laje y de otros referentes conservadores a quienes —según él— Milei dio la espalda. También me hizo mucha gracia que le explicara a Berman que a Ricardo Salinas —su presunto “patrocinador”— lo vio una sola vez en su vida.

El tal Lenin debería —como la tal Lenia— considerar que sus exabruptos autoritarios y ridículos ponen en entredicho la aparentemente sincera voluntad de la presidenta Claudia Sheinbaum de respetar cabal y comprometidamente la libertad de expresión, como lo repite casi a diario. Porque no hay peor desmentido que el que viene desde abajo, desde los burócratas menores que confunden su cargo con un púlpito.

La mera verdad: el único “pero” que yo le pondría a este buen hombre es su obsesión compulsiva —idéntica a la de Lilly Téllez— contra el aborto. Aunque, para ser justos, en eso coinciden ambos nada menos que con don Andrés Manuel López Obrador.

Los extremos, como siempre, se tocan.

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