
El nombramiento de Francisco Garduño en la SEP, una nueva atrocidad del claudismo
Me he desgañitado defendiendo a la presidenta Claudia Sheinbaum, aferrado quizá a la esperanza —cada vez más frágil— de que corrija el rumbo marcado por su antecesor. Pero hay decisiones que no admiten matices ni paciencia. Su cruel indiferencia ante el asesinato de Carlos Manzo fue una de ellas. El nombramiento de Francisco Garduño en la Secretaría de Educación Pública es otra que colma el plato.
Porque, efectivamente, Garduño no es un funcionario cualquiera: es un genocida involuntario, pero genocida al fin. Su mentalidad penitenciaria convirtió al Instituto Nacional de Migración en una mazmorra donde 40 migrantes fueron quemados vivos. Eso lo coloca, sin eufemismos, como un violador salvaje de los derechos humanos. No hay narrativa política que lave esa responsabilidad.

AMLO y su gran amigo Francisco Garduño, titular de INM cuando fallecieron calcinados 40 migrantes
Solo los fanáticos del obradorismo son incapaces de ver en ese nombramiento la mano de López Obrador. Solo sus idólatras exaltados podrían justificar la fuga dorada de Gertz Manero como embajador en Londres. Y solo quienes siguen obnubilados por el influjo macuspano pueden mirar con simpatía la inminente huida del “barredor” Adán Augusto hacia una embajada en Lisboa o París.
Yo voté por López Obrador. Y sí: me engañó. Treinta años de neoliberalismo prianista lo presentaban como una luz al final de ese largo túnel de obscurantismo económico y social. Pero terminó tomándonos el pelo a millones de ingenuos que creímos en un proyecto distinto.

Jorge Pérez Zamudio, Carlos Aguilar y Raúl Vargas Herrera
Tuve amigos priistas del más alto nivel y eso nunca fue obstáculo para criticarlos. Los gobiernos de Eruviel Ávila y Alfredo del Mazo Maza me inscribieron en listas negras —así me lo confesó Raúl Vargas Herrera, el voz-cero del “Chapitas“—, pero hay que decirlo con honestidad: los integrantes de la corriente nacionalista revolucionaria del PRI solían ser relativamente tolerantes con la crítica. Sus herederos morenistas, paradójicamente, han adoptado una actitud mucho más cerrada, autoritaria e intolerante. Construyen así, sin darse cuenta, su propia decadencia temprana.
Hay mujeres y hombres valiosos que militan con una fidelidad encomiable en torno a los principios fundacionales de la 4T, principios que no difieren demasiado del viejo nacionalismo revolucionario. El problema es que muchos de ellos confunden esos ideales con las personas que dicen encarnarlos. De ese modo, líderes como López Obrador —quien ha traicionado esos principios con evidencia irrefutable— siguen siendo venerados como figuras intachables.

Horacio Duarte Olivares
Hoy vuelvo a estar en listas negras, ahora de la burocracia delfinista —o, más precisamente, duartista—, lo cual me dignifica. He sobrevivido a embates más duros: el eruvielismo y el delmacismo intentaron asfixiar económicamente a este modesto medio de comunicación cien por ciento independiente. Hoy, todas las fuentes de financiamiento legal y honesto se cierran, ya sea por lealtades no solicitadas o por obediencias serviles, incluso en instituciones que se dicen “autónomas”, algo que, paradójicamente, ocurría con menos frecuencia durante la censura prianista.
Seguiré expresando la necesidad de un respaldo comprometido a doña Claudia, pese a sus devaneos preocupantes —acosada como está por los dos frentes del trumpismo y el maximato obradorista— porque sigo creyendo que representa una opción menos peligrosa que la que se perfila en el panorama latinoamericano: la oscilación del famoso péndulo hacia la extrema derecha. Al menos en el discurso, Sheinbaum evoca los mejores momentos del nacionalismo revolucionario mexicano. Ya veremos si cobra fuerza para llevarlos a la práctica.





