martes, febrero 3

Trump celebra la mutilación de nuestro territorio en 1848 como una “gesta heroica”,

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Alejado de cualquier intención diplomática, exhibe un franco proceso de deterioro mental

Donald Trump decidió conmemorar el 178 aniversario del Tratado de Guadalupe Hidalgo como quien brinda por un atraco exitoso. Lo que para México fue la mutilación de más de la mitad de su territorio, para el presidente de Estados Unidos es una “gesta heroica”, un episodio glorioso que hoy le sirve de combustible retórico para justificar su cruzada contra migrantes y su obsesión con la frontera sur.

Desde la Casa Blanca, y enmarcado en los festejos anticipados del 250 aniversario de la independencia estadounidense, Trump celebró la guerra de 1846-1848 como una hazaña épica que “consolidó” el suroeste de Estados Unidos y expandió la promesa de la libertad. En su relato, la invasión se vuelve epopeya, la ocupación militar se transforma en virtud y el despojo territorial adquiere el rango de destino manifiesto.

El presidente no escatimó en épica: recordó la independencia de Texas, las disputas fronterizas y el episodio del Río Bravo que su narrativa presenta como detonante legítimo de la guerra. A partir de ahí, exaltó la superioridad militar estadounidense, la captura “heroica” de la Ciudad de México y la firma del tratado que obligó a México a ceder más de 525 mil millas cuadradas, es decir, alrededor del 55% de su territorio previo al conflicto. Todo narrado como una proeza, no como lo que fue: la mutilación brutal de una nación.

El cinismo alcanza su punto más alto cuando Trump conecta aquella guerra del siglo XIX con su agenda actual. Dice inspirarse en esa “victoria” para combatir lo que llama invasiones en la frontera, el tráfico de drogas y las redes criminales. La historia, en su versión, no es memoria ni enseñanza, sino arsenal político: una coartada para endurecer el discurso, militarizar la frontera y presentar la migración como una amenaza existencial.

Bajo la consigna de “Estados Unidos Primero”, Trump presume detener drogas, frenar migrantes y desmantelar organizaciones criminales, mientras reivindica una de las primeras demostraciones de poder militar de su país como si se tratara de un acto fundacional digno de celebración. En su narrativa, no hay espacio para el contexto, la injusticia ni las consecuencias humanas del despojo; sólo para la glorificación del dominio y la fuerza.

Así, a 178 años del tratado que selló el episodio más traumático de la historia mexicana, Trump no sólo reescribe el pasado: lo utiliza para reafirmar una visión del mundo donde el poder justifica el saqueo y la victoria borra cualquier rastro de vergüenza. Celebrar la pérdida ajena como hazaña propia no es memoria histórica; es, simplemente, megalomanía pura de un hombre en franco proceso de descomposición mental.

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