Ya si se descarrila el tren… ése será otro pedo. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

Vox populi: La presidenta despacha en Palacio Nacional, pero el que manda vive en Palenque
Resulta penoso ver a la presidenta Claudia Sheinbaum haciendo malabares discursivos para convencernos de que tiene bajo control a Donald Trump, cuando ni siquiera logra sacudirse los lastres que le heredaron y que administra como si su gobierno fuera interino. Se comporta como domadora de Godzilla sin tener el látigo en la mano.
Al margen de lo que piense, diga o haga el delincuente convicto que hoy manda en Estados Unidos —Mark Ruffalo dixit—, la presidenta debería atender sin dilación lo que desde Washington se plantea como “pretexto” para amenazar la soberanía mexicana: la exigencia de procesar a gobernadores y funcionarios de alto nivel señalados por proteger o convivir con estructuras del crimen organizado.
No se trata de ocurrencias trumpistas. Los nombres existen, circulan desde hace años en reportajes de periodismo de investigación, filtraciones documentadas y expedientes de agencias anticrimen estadounidenses. No los inventó Trump ni los creó la oposición. ¿Hace falta repetirlos o basta con que el Estado mexicano haga su trabajo?

La sociedad mexicana espera que Claudia Sheinbaum actúe con determinación para desmontar el entramado de complicidades que nos asfixia. Que retire de sus cargos a los funcionarios gubernamentales aliados de los cárteles —con acento en la “a”, por vida de Dios—, independientemente de que Trump lo exija o no. No porque al republicano le interese la legalidad, la democracia o las víctimas del fentanilo —a las que desprecia como buen supremacista—, sino porque a México sí debería importarle su propia dignidad institucional.
Trump no presiona por amor a la justicia. Presiona para cerrar el cerco contra Cuba, para disputar zonas de influencia y para meterle mano a lo que queda de nuestro petróleo —tras el saqueo huachicolero—, al litio y a otras riquezas del inagotable cuerno de la abundancia que es este país.
Quienes, desde la desesperación, sueñan con una intervención estadounidense ante la ostensible —cuando no descarada— complicidad del gobierno de la 4T con grupos criminales, ignoran deliberadamente la historia. Salvo un puñado de vendepatrias ultraconservadores, maximilianistas ansiosos, los mexicanos sabemos perfectamente lo que significa el tutelaje del Ku Klux Klan.
Lo que el pueblo de México exige no es sumisión a Washington, sino liderazgo en Palacio Nacional. Que la mandataria por la que se votó deje de subordinar su sexenio a los caprichos de su antecesor y haga valer las promesas de una transformación que, hasta ahora, se han descarrilado: la demolición de los órganos autónomos, una farmaciotota tan inútil como costosa, trenes asesinos y depredadores ambientales, un huachicol fiscal de proporciones fobaproicas, el asesinato de Carlos Manzo y una cadena interminable de complicidades con la delincuencia organizada.
¿Con esos resultados todavía se atreven a hablar de soberanía?
Si por señalar estas desgracias se me llama ultraderechista o vendepatrias —por quienes convirtieron el oficio periodístico en un burdel o por funcionarios esclavizados a la nómina—, que así sea. La historia no absuelve por consigna: juzga por hechos.





