Los duros, los puros y los maduros. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

No hay duda de que Sheinbaum lleva a cabo una nada discreta purga de operadores del maximato
La defenestración pública de personajes como Adán Augusto López, Andrés Manuel López Beltrán —Andy para los cuates—, otros hijos y hermanos del ex presidente e incluso el desplazamiento simbólico de Beatriz Gutiérrez Müller, señalada en el libro de Julio Scherer Ibarra por presuntos manejos del dinero sucio del clan familiar, han dejado de ser simples rumores de sobremesa. En cada vez más espacios de la prensa crítica se habla ya abiertamente de una operación sistemática: desmontar, pieza por pieza, el andamiaje del maximato que pretende maniatar a la Presidenta.
La historia política ofrece un manual básico: todo mandatario que aspire a gobernar —y no sólo a administrar inercias— debe sacudirse a los leales del antecesor. Mientras más ideologizado fue el régimen previo, más difícil resulta sembrar el propio estilo. Y cuando el antecesor conserva influencia moral, política o mística, la tarea roza lo quirúrgico.
El ejemplo extremo es el maximato de Plutarco Elías Calles, que terminó cuando Lázaro Cárdenas decidió recordarle quién ocupaba realmente la silla presidencial, después de los gobiernos tutelados de Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Los maximatos no se desvanecen: se rompen.
En versión contemporánea —y con mucho más maquillaje discursivo— la destitución de Marx Arriaga del área estratégica de la SEP encargada de los libros de texto es un botón de muestra. La explicación oficial fue casi maternal: él elaboró exitosamente los materiales de la “Nueva Escuela Mexicana” —sin aludir a los abundantes errores conceptuales, matemáticos y ortográficos—, pero se negó a introducir ajustes de equidad de género en la lista de heroínas nacionales. Se le ofreció, magnánimamente, un consulado o algún cómodo rincón burocrático, pero él declinó.
La presidenta, como de costumbre, habla con suavidad exquisita. Todo es tersura, institucionalidad, diálogo. Una dama cuya sensibilidad —dicen— maravilla incluso a Donald Trump. Pero debajo del terciopelo asoma la lógica elemental del poder: quien controla la narrativa educativa controla el futuro. Y quien controla el gabinete controla el presente.
El problema no es sólo administrativo. Es ideológico. Y emocional.
Existe una confusión interesada entre “duros” y “puros” del obradorismo. No son lo mismo.
Los puros serían, en teoría, los guardianes doctrinarios de los principios originales de la 4T: combate a la corrupción, prioridad a los pobres, austeridad republicana. Deberían ser los primeros en indignarse cuando esos principios se prostituyen para incorporar oportunistas reciclados de la vieja política. Los puros tendrían que incomodarse ante la simulación ética y el pragmatismo cínico.
Pero otra cosa son los duros. Los duros no defienden principios: defienden al líder. Son devotos del obradorismo mesiánico, capaces de justificar alianzas impresentables, tolerar militarizaciones permanentes, relativizar derechos humanos y romantizar a los criminales bajo el paraguas de un “humanismo” selectivo. Para ellos, el fin no sólo justifica los medios: los santifica.
En entrevista con Bibiana Belsasso — la pareja profesional del coautor de “Ni Venganza ni Perdón…”— , Scherer Ibarra relata que presentó su renuncia a Andrés Manuel López Obrador cuando percibió que el acercamiento del presidente hacia esos duros era ya irreversible, desplazando el diálogo con otros sectores sociales con los que él se desempeñaba como interlocutor. Es decir, cuando la fe sustituyó a la negociación.
La decisión final de López Obrador de impulsar a Sheinbaum —y no, por ejemplo, a su entrañable “hermano” político Adán Augusto— sugiere que en el tramo final de su mandato prevaleció una dosis de cálculo sobre el impulso ideológico. No ganó la tentación de alinearse abiertamente con los regímenes de Cuba, Venezuela o Nicaragua en una cruzada frontal contra el trumpismo continental.
Quizá hubo, al final, un atisbo de madurez.
Hoy, mientras se acumulan los movimientos silenciosos en el tablero, Sheinbaum parece entender que por encima de los duros y de los puros están los maduros: aquellos que comprenden que gobernar no es evangelizar ni ajustar cuentas, sino sostener instituciones.
Si la purga continúa —con bisturí y sonrisa simultáneos— no será por capricho, sino por supervivencia política. Poco a poco la mandataria se percata de lo que para las masas de votantes está perfectamente claro: las atrocidades sobre las que se finca su encargo. Por lo demás ningún presidente o presidenta puede gobernar con la sombra permanente del antecesor respirándole en la nuca.
Y en política, como en la historia, insisto, los maximatos no se administran: se desmantelan.
Ya veremos si la doctora tiene el temple para completar la tarea que permitiría a México superar el trauma pendular típico de Latinoamérica, cuando la tribalización de las izquierdas arrastra a naciones como Chile, al otro extremo, al del neofascismo.





