El Mencho, guadalupano de corazón. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

Contaba con una red de protección policial a base de sobornos: El Universal
El mapa del terror no se dibujaba con balas solamente, sino con depósitos bancarios puntuales. Según documentos de la narconómina del Cártel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera Cervantes —el célebre “Mencho”— no sólo gobernaba con metralla, sino con nómina: un corredor de protección policial que atravesaba buena parte de la región Valles y la costa de Jalisco, lubricado con sobornos que, cada mes, superaban el millón de pesos.
Tapalpa, Sayula, Atoyac, Techaluta, Amacueca, Atemajac, Chiquilistlán, Tomatlán, Cabo Corrientes… la geografía del trasiego coincidía sospechosamente con la geografía de las patrullas municipales. Policías convertidos en escoltas involuntarios del crimen, alcaldes bajo sospecha, comisarios vinculados a operadores prófugos y un rosario de municipios donde el cártel no sólo pagaba “rayas”, sino hasta despensas y posadas. El Estado reducido a proveedor de logística criminal.
El caso del rancho Izaguirre, en Teuchitlán, destapó lo que ya era un secreto a voces: campos de entrenamiento y exterminio funcionando bajo la sombra complaciente de autoridades locales. Exalcaldes detenidos, mandos policiacos señalados por el Departamento del Tesoro estadounidense, amparos milagrosos y carreras públicas que, pese a reprobar controles de confianza, prosperaban con envidiable vitalidad. La impunidad, como la fe, mueve montañas.

Y en medio de esta cartografía de sangre, emerge la contradicción que lastima: el hombre señalado como uno de los criminales más sanguinarios del país, responsable de una estela de violencia atroz, era al mismo tiempo un devoto fervoroso de la Virgen de Guadalupe. Un guadalupano militante.
La paradoja no es menor. Porque en México la devoción guadalupana no es un detalle folclórico; es identidad nacional, es consuelo popular, es fe compartida por millones. Que el jefe de un entramado de secuestros, ejecuciones y fosas clandestinas se arrodillara ante la Morenita del Tepeyac coloca una sombra incómoda sobre esa devoción multitudinaria.
No se trata, por supuesto, de juzgar la fe de nadie, pero sí de subrayar la hipocresía monumental: rezar el rosario mientras se financia un corredor de muerte; encomendarse a la Virgen mientras se compra protección policial para sembrar terror.
Quizá la lección más amarga de este mapa no es sólo la profundidad de la corrupción institucional, sino la facilidad con la que el crimen organizado adopta símbolos sagrados para barnizar su barbarie. Y así, entre patrullas compradas y altares iluminados, la violencia encontró protección terrenal… y coartada celestial.





