Desde Fox News, Trump se asume como superhéroe de historieta. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Sheinbaum tiene cada vez menos margen para sanear su gobierno de lastres heredados
Donald Trump volvió a colocarse la placa de sheriff del mundo y anunció, sin pudor, que Estados Unidos “empezará a atacar por tierra” a los cárteles en nuestro país porque —según su diagnóstico personal— “controlan México” y, aunque así fuera, de cualquier modo correspondería a los mexicanos resolverlo. La afirmación, repetida como dogma en Fox News, no vino acompañada de pruebas, pero sí de cifras infladas sobre muertes por drogas y de una narrativa que convierte su intuición en ley universal.

El presidente estadounidense dejó claro que, para él, no existen límites reales al poder: ni el derecho internacional, ni las normas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. El único freno posible —según confesó al New York Times— es su propia mente y su “moralidad”, un argumento inquietante en boca de quien presume bombardeos, ejecuciones extrajudiciales en el mar y la apropiación de la industria petrolera venezolana como si se tratara de botín de guerra. Y justo despliega estas fanfarronadas de superhéroe de historieta cuando algunos republicanos y la Suprema Corte empiezan a limitar su poder e, incluso, amenazan con llevarlo a prisión.

Trump se jactó de operaciones militares sin bajas propias, celebró la intervención en Venezuela, habló de inversiones multimillonarias tras la ocupación y volvió a insinuar que merece el Premio Nobel de la Paz por “haber terminado con ocho guerras”, mientras amenaza con abrir otras. Para él, Caracas era una “amenaza real”; Taiwán y Ucrania, en cambio, no justifican —dice— comparaciones incómodas que puedan exhibir su doble rasero imperial.

En su delirio expansionista también hubo espacio para Cuba: si el bloqueo de más de seis décadas no basta, sugirió “bombardear el lugar sin piedad”. Todo, bajo la lógica de una cruzada moral en la que Washington decide quién es enemigo, quién merece castigo y quién debe ser “liberado”, llegando al extremo de intentar apropiarse de Groenlandia ahora que el calentamiento global permite que las antes inexpugnables capas de hielo dejen libre las inmensas riquezas del subsuelo en la isla.

En síntesis, Trump no gobierna: patrulla el planeta, dicta sentencias desde un set de televisión y se asume como juez, jurado y ejecutor global, convencido de que su voluntad está por encima de la ley, la diplomacia y la realidad.
Claudia Sheinbaum optó por el tono diplomático y descartó cualquier escenario de despliegue militar estadounidense en aguas cercanas al país, subrayando que la única ruta posible es la coordinación controlada, con la Marina mexicana al frente y sin intervención extranjera.

La presidenta insistió en fortalecer la comunicación con la Casa Blanca, consciente de que la presión de Trump no apunta sólo a los cárteles, sino a algo más incómodo: la depuración interna del poder político mexicano. El mensaje implícito es claro: si Sheinbaum quiere mantener la soberanía y evitar que Washington imponga su lógica de bombardeos, ejecuciones extrajudiciales y “liberaciones” a punta de misiles, tendrá que deshacerse de los lastres heredados.

En esa lista aparecen los huachicoleros fiscales, los operadores del crimen incrustados en estructuras del Estado y los amigos de La Barredora, personajes incómodos que hoy funcionan como el mejor argumento de Trump para vender la idea de que México está “controlado” por el narco. Mientras esos vínculos sigan intactos, la narrativa intervencionista de Washington tendrá combustible.

Sheinbaum apuesta por ganar tiempo, desactivar provocaciones y blindar la relación bilateral mediante canales institucionales, y hasta ahora lo ha hecho bien. Pero el margen es estrecho: o limpia la casa desde dentro, o Trump intentará hacerlo desde fuera, con la arrogancia del sheriff global que no reconoce leyes, fronteras ni matices. En ese dilema se juega no sólo la relación con Estados Unidos, sino la estabilidad política del país.





