No, doña Claudia. Nadie es poseedor de la verdad absoluta. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Si su modelo de periodismo es el que practican Lord Molécula y Liz Vilchis, estamos jodidos
¡Ah qué doña Claudia!, con todo respeto: se empeña en defender a su mentor todos los días sin percatarse de que él mismo le está tendiendo la cama. ¿Por qué semejante aberración?, se preguntaría cualquier hijo de vecina al que no le cuadrara esa hipótesis. Muy simple: AMLO estaría encabronadísimo porque ella ha permitido que la figura de Andy ruede por el lodazal de la sospecha, entre audios desvergonzados que circulan por las redes sociales, y el retiro de su visa por parte de los gringos.
Y doña Claudia, siguiendo las lecciones del maestro, finge demencia y culpa a los periodistas. Se la pasa atacando a la prensa y confeccionando proyectos para someterla, mientras tolera a los merolicos zalameros que la secundan en su mañanera y que se le arrastran como viles tlaconetes. ¿Quiere, como AMLO, puros Lord Molécula o Liz Vilchis en el séquito de su concepto cortesano del periodismo?
Lo paradójico es que incluso parecemos incomodarle quienes la defendemos de los intentos, cada vez más evidentes, del obradorismo salvaje por convertirla en una suerte de Gertz Manero: una funcionaria florero, cuya principal virtud consistiría en seguir puntualmente las instrucciones del tlatoani.
Argumenta hasta el cansancio que las notas críticas deben ir acompañadas de pruebas, como si el periodismo independiente fuera el Ministerio Público. No, señora. Los periodistas profesionales recabamos información de las más diversas fuentes —cuidando, desde luego, que sean fidedignas— para publicar alertas a la sociedad. Nuestra obligación es ésa: informar.
La obligación del Estado democrático es otra: investigar y exonerar o castigar.
Cuando el periodismo serio pone sobre la mesa indicios, denuncias o hechos que ameritan una investigación, corresponde a las instituciones de procuración e impartición de justicia hacer su trabajo. No al periodista sustituirlas.
Pero usted parece creer, siguiendo las enseñanzas de su antecesor, que los periodistas estamos para reproducir los comunicados de la burocracia cuatrotera, porque ustedes —los que se dicen integrantes de la Cuarta Transformación, aunque algunos lo sean solo de dientes para afuera y por pura conveniencia— se sienten investidos de una especie de patente de corso moral: la convicción de que poseen la verdad absoluta.
Pues no, señora.
Nadie posee la verdad absoluta. Ni usted, ni nosotros.

Por eso las denuncias periodísticas deben investigarse de inmediato, sin la eterna y conveniente parsimonia burocrática. Y si resultan ser mentiras, que las instituciones oficiales lo demuestren con investigaciones sólidas y pruebas irrefutables. Entonces sí que el periodista que haya mentido quedará en ridículo.
Ya veríamos cuántos de esos papanatas disfrazados de periodistas —como los que abundan en su conferencia de prensa— se atreverían a publicar patrañas si supieran que, al día siguiente, una investigación oficial seria podría desmentirlos con documentos y pruebas.
El periodismo de investigación, desde luego, es otra cosa. Muy pocos lo practican en niveles de excelencia. Quienes lo hacen sustentan sus reportajes, libros, documentales y trabajos audiovisuales en investigaciones rigurosas. Ese periodismo no necesita que el poder le dicte qué puede o no puede preguntar.
López Obrador —que convirtió a la tal Liz Vilchis en una especie de verdugo semanal del periodismo incómodo y en presunta poseedora de la verdad—, intentó humillar públicamente a periodistas de la talla de Ricardo Rocha, entre muchos otros. Lo hizo con una lógica muy semejante a la de Nicolás Maduro o Donald Trump: la convicción de que su proyecto era patriótico y que todo ciudadano digno debía sumarse incondicionalmente a él.
Ahí está el verdadero problema.
Cuando un gobernante confunde su proyecto político con la patria, sus opiniones con la verdad y sus adversarios con enemigos de México, el asunto deja de ser meramente político.
Es megalomanía. Y la megalomanía no se combate con propaganda, sino con instituciones, crítica y periodismo libre.
Así que no, doña Claudia: nadie es poseedor de la verdad absoluta.
Ni siquiera quien ocupa Palacio Nacional.
Y mucho menos quien se sienta a su lado para decirle que todos los demás están equivocados.
Si esto se sigue llevando a los extremos, rebasará el terreno del debate para inscribirse en el de la psiquiatría.





