martes, septiembre 8

China ofrece a México una salida a la dependencia de EU. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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Beijing respalda la autonomía de México, así como su seguridad contra la injerencia externa

La propuesta de China a México para avanzar hacia una zona de libre comercio en Asia-Pacífico debería ser analizada mucho más allá de la actual disputa arancelaria. Lo verdaderamente relevante no es si México sustituye a Estados Unidos por China, sino si finalmente se decide a dejar atrás una dependencia económica que durante décadas ha convertido a Washington en juez, parte y, en demasiadas ocasiones, condicionante de sus decisiones soberanas.

En medio de las presiones de Donald Trump para que México limite sus vínculos económicos con Beijing, el ministro chino de Relaciones Exteriores, Wang Yi, planteó durante su encuentro con el canciller mexicano Roberto Velasco que las relaciones entre ambos países no deben estar condicionadas por un tercero. China, dijo, respalda la independencia y autonomía de México, así como su soberanía y seguridad, y se opone a las injerencias externas.

La declaración adquiere especial significado justamente porque ocurre cuando México negocia con Estados Unidos y Canadá la revisión del T-MEC y cuando la Casa Blanca pretende utilizar su enorme peso comercial para determinar con quién puede y con quién no puede relacionarse México.

Y aquí aparece una paradoja que la diplomacia mexicana debería examinar con mucho cuidado: Washington reclama a México libertad comercial cuando esa libertad coincide con sus intereses, pero pretende restringirla cuando el socio elegido es China.

La oferta de Beijing, por ello, no debería interpretarse como una invitación a cambiar de amo, sino como una oportunidad para que México deje de necesitar uno.

China plantea profundizar la cooperación económica bilateral y, en el ámbito de APEC, impulsar nuevamente el proceso hacia una zona de libre comercio en Asia-Pacífico. Al mismo tiempo, sostiene que los dos países pueden fortalecer su coordinación estratégica y defender conjuntamente sus intereses legítimos.
Para México, la ventaja potencial es evidente: diversificar mercados, atraer inversiones, ampliar proveedores, abrir nuevos destinos para las exportaciones y reducir la vulnerabilidad que supone depender de manera tan extraordinaria de un solo mercado.

Porque una cosa es reconocer que Estados Unidos es —por razones geográficas, económicas y comerciales— el principal socio de México, y otra muy distinta aceptar que esa circunstancia obligue a México a comportarse como si careciera de política exterior propia.

La dependencia tiene un costo. Y México lo ha comprobado cada vez que una amenaza arancelaria, una modificación unilateral de reglas comerciales o una declaración del inquilino de la Casa Blanca como la que acaba de formular en el sentido de que México solo puede ofrecer tamales picantes y tomates“, puede sacudir al peso, alterar las expectativas de inversión o poner en jaque sectores completos de la economía nacional.

Por eso, más que una extravagancia diplomática, la diversificación comercial constituye una cuestión de soberanía económica.

China representa, además, un mercado gigantesco y la principal potencia industrial, tecnológica y comercial del planeta. Pretender que México se mantenga deliberadamente distante de esa economía para satisfacer las preferencias de Washington sería tan poco sensato como pedirle a un país que renuncie voluntariamente a comerciar con una parte sustancial del mundo para conservar intacta su dependencia de un solo vecino.

Desde luego, tampoco se trata de idealizar a Beijing. México debe cuidar sus sectores productivos, evitar nuevas dependencias estratégicas y negociar con China desde una posición de interés nacional. El propio gobierno mexicano sostiene que sus actuales aranceles buscan sustituir importaciones, elevar el contenido nacional y proteger alrededor de 350 mil empleos; las importaciones chinas afectadas por esas medidas disminuyeron 28 por ciento durante los primeros cinco meses de 2026.

Pero precisamente por eso la propuesta china merece una discusión seria, no una descalificación automática dictada desde Washington.

México no necesita escoger entre Estados Unidos y China; necesita tener la libertad de negociar con ambos.

Esa debería ser la premisa de una política exterior verdaderamente soberana.

La ironía es que China, mientras reclama que la relación con México no sea condicionada por terceros, está ofreciendo ampliar la cooperación precisamente cuando Estados Unidos intenta reducirla. Beijing habla de autonomía; Washington, en cambio, pretende que México ajuste sus decisiones comerciales a las necesidades estratégicas estadounidenses.

Y quizá ahí esté la lección fundamental.

México puede seguir mirando obsesivamente hacia el norte y esperando que cada administración estadounidense sea suficientemente amable para no utilizar la extraordinaria dependencia económica mexicana como instrumento de presión. O puede comenzar, de una vez por todas, a mirar también hacia el Pacífico.

No se trata de romper con Estados Unidos. Sería absurdo.

Se trata de dejar de confundir cooperación con subordinación, lo que predica casi a diario la Presidenta Sheinbaum en el nivel meramente retórico.

La relación con nuestro vecino del norte seguirá siendo indispensable. Pero precisamente porque es indispensable, resulta peligroso que sea prácticamente insustituible.

La oferta china coloca sobre la mesa una posibilidad que México no debería desperdiciar: convertir su posición geográfica en una ventaja frente a las potencias, y no en una condena a depender de una sola de ellas.

En política internacional, como en economía, tener un solo cliente nunca es una muestra de fortaleza.

Es una vulnerabilidad.

Y si China está dispuesta a ayudar a México a reducirla, lo sensato no es obedecer automáticamente a Beijing ni a Washington.

Lo sensato es negociar con ambos.

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