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Los tipos de feminismo en México. Por Jesús López Segura. LA VERSIÓN NO OFICIAL

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Un fraude electoral “totalmente palacio” (nacional) en Guerrero

Al hablar del “movimiento feminista” en México, tiende a agruparse a todas las militantes dentro de una sola categoría, lo que desvirtúa por completo cualquier comprensión aproximada del fenómeno y hace imposible la aplicación de medidas eficaces para atender sus legítimas demandas.

Lo cierto es que no hay un movimiento feminista en México. Existen por lo menos 3 tipologías distintas de feminismo militante en nuestro país que provocan su fragmentación, su inexorable tribalización, lo que facilita el camino de los activistas descarados del patriarcado -de derecha, pero también de izquierda- para descreditar ese movimiento y usarlo con fines perversos específicos.

EL FEMINISMO BUROCRÁTICO

El primer tipo (ideal, en el sentido de Weber) se podría caracterizar como el “feminismo burocrático“. Dentro de esta categoría hay un amplio espectro de demandas de reivindicación social y económica que grupos de mujeres empoderadas -o en vías de empoderamiento- impulsan para tener acceso igualitario en el reparto del pastel burocrático.

Equidad de género” es su máxima aspiración, lo que significa equidad en salarios; equidad en oportunidades sociales y educativas; pero, sobre todo, equidad en el acceso al poder. Este feminismo burocrático supone erróneamente que, una vez instaladas las mujeres en las altas jerarquías de la toma de decisiones, ello finalmente va a incidir en reivindicaciones trascendentes para el grueso de la población femenina, lo cual rara vez llega a ocurrir.

Se trata de una igualdad aritmética de género, que termina por suplir a la meritocracia por capacidades y experiencia postulada en la tipología de Max Weber al describir la burocracia como la forma más acabada de dominación política. Con la “equidad de género” pretende suplirse la máxima burocrática de la meritocracia en el trabajo.

López Obrador diría sobre este tipo de feminismo que parte de una base falsa, y lo ilustraría con uno de sus ejemplos favoritos para justificar que no haya contratado deuda durante la pandemia: “Los neoliberales piensan -argumentaría López Obrador– que la riqueza “es contagiosa” y que los beneficios otorgados a los grandes empresarios en tiempos de crisis que caracterizaba la política económica neoliberal, terminan salpicando finalmente a los pobres por un mecanismo de escurrimiento.

Esta burla reiterativa del mandatario puede aplicarse “como anillo al dedo” al feminismo burocrático: Rara vez -si no es que nunca- el empoderamiento de mujeres -en cualquier ámbito de la administración pública o privada- ha desatado, de manera automática, por goteo, el compromiso indeclinable de esas personas por causas femeninas en el ámbito de su competencia, con las honrosas excepciones que confirmarían la regla.

En conclusión, el feminismo burocrático -perfectamente legítimo y comprensible- lucha en lo general por el encumbramiento de unas cuantas mujeres que no necesariamente usarán ese poder para impulsar las auténticas reivindicaciones femeninas en el contexto de un patriarcado brutal, feminicida por excelencia, como el mexicano.

Y la mejor prueba que tenemos a la vista es que el gabinete “equilibrado” del mandatario mexicano, en el que figuran prácticamente igual número de mujeres que de hombres, ha sido testigo sordo y ciego de la más brutal imposición de un presunto violador múltiple como candidato casi seguro triunfador en el estado de Guerrero.

Ni siquiera la secretaria de Gobernación, que suele dárselas de feminista, o Tatiana Clouthier, o incluso la hermana de Amílcar Salazar; vamos ni Citlali Hernández, la “radical” secretaria general del partido, han dicho esta boca es mía luego del “fraude electoral totalmente palacio” (nacional).

EL FEMINISMO REACCIONARIO

La segunda tipología que propongo para identificar la lucha feminista en México es la del “feminismo reaccionario“, porque su puñado de militantes surge precisamente como una reacción exasperada, ante la brutalidad del patriarcado machista típico de México. Se gesta a partir del odio generado por el aplastante ambiente tóxico para las mujeres mexicanas desde su más tierna infancia. Ocurre como una reacción extrema ante el machismo depredador.

Esta tipología del feminismo extremista surge por la asfixiante dominación de una cultura misógina, exacerbada con diferentes formas de violencia sexual que culminan al menos en diez casos promedio diario de feminicidios en nuestro país, es decir, en el asesinato de más de 3 mil 650 mujeres promedio al año por el simple hecho de ser mujeres. No por robo, no por disputas de tránsito, no por consumo de alcohol, ¡sino por puro y simple odio por el hecho de ser mujeres!

Este grupo de damas irritadas con justa razón, porque en su mayoría han sido maltratadas desde niñas y difícilmente pensarán jamás con amor respecto del hombre que, en general, las agrede e insulta a diario, no es muy numeroso, pero sí muy activo. Muy explosivo.

Huelga decir que es precisamente este grupo extremista el que termina desacreditando al resto del movimiento feminista con sus desmanes. De ellas se aprovechan los conservadores para generar odio social contra las feministas en general y no para ese grupo en particular.

El propio presidente López Obrador ha usado esta categoría de feministas desesperadas para justificar su indiferencia ante el reclamo legítimo del feminismo maduro que constituye nuestra tercera categoría o tipología del feminismo.

EL FMINISMO REVOLUCIONARIO

Este tercer rubro es el único que admite la militancia no solo de mujeres, sino muy destacadamente de hombres que planteamos con la vehemencia del caso que se tomen medidas drásticas para frenar de una vez por todas la masacre bárbara de mujeres en este país y que sufrimos también los hombres que las amamos.

Este grupo es el más numeroso, no solo porque involucra también a hombres feministas, como decía, sino porque más allá del empoderamiento de una casta de mujeres ansiosas por empoderarse, o una secta violenta de damas andróginas exacerbadas por el odio, atiende a la causa más relevante del auténtico feminismo, el que trata de equilibrar el poder entre hombres y mujeres pero no solo en las altas esferas burocráticas, sino en todos los ámbitos de la sociedad.

El “feminismo revolucionario” se plantea desde luego las reivindicaciones por las que pugna el feminismo burocrático, pero sin poner énfasis en la equidad aritmética, sino aclarando simplemente que, en un caso de igualdad de capacidades, destrezas y experiencia, se le debe dar preferencia siempre a la mujer, como una forma de compensación histórica.

La demanda fundamental del feminismo revolucionario se resume en una exigencia que no admite demoras: el cese fulminante de los feminicidios, perpetrados por un patriarcado salvaje que mata mujeres masivamente por dos vías fundamentales: la del asesinato por odio, generalmente perpetrado por algún familiar cercano mediante disparo de arma de fuego o por estrangulamiento, y la muerte de muchas mujeres a las que se les niega el derecho a una atención médica apropiada en caso de que deseen abortar.

Por este último rubro mueren decenas de miles de mujeres anualmente en nuestro país que no pueden acudir a una clínica en Houston o en la Ciudad de México y tienen que sufrir las consecuencias terribles (por lo general fiebre puerperal) de haberse practicado un aborto en condiciones insalubres.

Los argumentos del machismo para justificar su indiferencia ante esta matanza despiadada, ante este genocidio inmisericorde de mujeres, son de muy diversa índole.

La despenalización del aborto, demanda típica de la agenda de izquierda que el presidente argentino Alberto Fernández habilitó tan pronto como arribó al poder, pero que el mexicano López Obrador ha estado bateando (con un porcentaje arriba de 300), constituye la piedra de toque del feminismo revolucionario, y el punto de inflexión en el que sucumben los intentos conservadores de mimetizarse oportunistamente con el feminismo, para tomarlo como bandera de ocasión.

Son precisamente los conservadores más hipócritas los que haciendo aparentemente a un lado su fanatismo religioso, proponen que sea mediante una consulta a las mujeres que se decida la despenalización del aborto, a sabiendas de que la labor secular de las iglesias Católica, Evangélica y sus aliados “provida”, han impuesto en la mente de sus numerosos rebaños la idea pervertida y falsa de que abortar es sinónimo de “asesinar a un bebé”.

La ciencia nos dice claramente que antes de las 12 semanas lo que existe en el útero de la embarazada es un conjunto de células en proceso de formación de un embrión. Proteger esa “vida” como le llaman (antes de que salga a la luz como un sujeto pleno de Derecho) es el argumento criminal con el que se trata de enmascarar la masacre que significa negarles atención médica adecuada a decenas de miles de mujeres adultas que, en pleno uso de la soberanía de su propio cuerpo, deciden abortar.

En todo caso, si van a aplicar una consulta, que vaya precedida por una amplísima campaña publicitaria previa para contrarrestar los siglos de desinformación propagada por Iglesias misóginas. De otro modo, la encuesta estará más sesgada que la de Félix Salgado Mace(r)donio por el escandaloso respaldo presidencial.

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