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La comunicación universitaria. Por Jesús López Segura. LA VERSIÓN NO OFICIAL

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En el día de las y los comunicólogos, un consejo no pedido para el gobernador Del Mazo

Hay una polémica esencial que todo estudiante de Ciencias Sociales debe comprender antes de abrazar doctrinas y tendencias ideológicas que definirán su futuro profesional y que no siempre se le presentan claramente como alternativas en los primeros años de su formación universitaria.

No voy a aburrir aquí presentando las escuelas que definen las corrientes “positivistas” en las diversas disciplinas que pujan por ser reconocidas como “ciencias”: la Sociología (en sus numerosas ramas o especialidades), la Psicología Social, la Economía y más recientemente la Comunicación y el Periodismo, entre otras muchas que aspiran al anhelado reconocimiento y estatus “científico”.

Con la otra corriente, la “crítica”, no hay mucho problema: todas las vertientes académicamente decentes apuntan al marxismo en sus múltiples interpretaciones.

Se trata básicamente de un asunto epistemológico. En el caso que me ocupa, es decir la Comunicación Social, la pregunta fundamental es ¿entendemos a los medios como aparatos ideológicos de Estado, o como instrumentos para difundir mensajes químicamente puros, es decir ausentes de toda intencionalidad política, como sería el caso de dar a conocer las obras de Gobierno en forma aséptica, “objetiva”.

Ni siquiera las Ciencias exactas o duras, como la Física, pueden darse el lujo de considerarse “objetivas” desde el punto de vista epistemológico, es decir desde la perspectiva de qué tanto el observador o el sujeto que aplica el llamado “método científico”, manipula, altera y transforma, en el proceso, a su objeto de estudio.

La corriente constructivista en Epistemología concede las licencias necesarias para superar ese escollo incómodo, pero llevadas al extremo, estas licencias han terminado por impulsar a los marxistas de manual a la praxis de pervertir el extraordinario cuerpo teórico del materialismo histórico: los modos de producción y su articulación en las formaciones sociales en cada “momento histórico”; la relación dialéctica entre estructura económica y superestructura ideológica; la evolución de las fuerzas productivas y otros conceptos claves del marxismo, al extremo de implantar “la dictadura del proletariado” como una forma de fascismo rojo, representado trágicamente por Stalin.

Pero este debate ocurre en las aulas universitarias, donde unos, se abandonan por entero al reto encomiable de tratar de entender y desenmascarar la dinámica de Comunicación que lleva a justificar la existencia de terribles desigualdades sociales, y otros, los “positivistas” (en cualquiera de sus diversas denominaciones), a desarrollar las técnicas necesarias para lograr ese objetivo (perpetuar las desigualdades sociales) de la manera más eficiente y “científica”, según se adopte una de las dos tendencias generales.

Fuera del campus, en la realidad de las relaciones sociales de poder, donde los comunicadores buscan desarrollar sus capacidades, lo que predomina es el chayote, la mentira, la ausencia total de profesionalismo en la comunicación -en ambos lados del escritorio-, y, en fin, la grilla burocrática, tanto en el ámbito de los propios medios de comunicación, como en las oficinas de los jefes de prensa.

En el Estado de México hay de todo. Hay comunicadores sociales que forcejean para dominar a la prensa y someterla al designio de sus jefes, por lo general malos políticos que exigen milagros a sus voceros para compensar sus propias incapacidades de comunicación y, en el otro extremo, comunicadores profesionales que entienden el papel de la prensa crítica, única con audiencia real, es decir, no artificialmente construida para reclamar el chayo.

En el primer caso está perfectamente acreditado el vocero de Alfredo del Mazo, Jorge Pérez Zamudio, autoritario y muy limitado profesionalmente, que llegó al puesto por palancas y que se ha mantenido ahí por la falta absoluta de interés de un mandatario que, bien manejado en su imagen, podría tener un perfil mediático mucho más aceptable.

En el otro extremo, abundan los buenos comunicadores, respetuosos de la línea editorial de los medios que logramos subsistir en un ambiente ampliamente corrompido, en buena medida por la sorda labor del vocero del Gobernador.

Son varios y muy destacados, pero solo mencionaré el nombre de dos maestros universitarios con amplias capacidades. Uno es el actual vocero del saliente rector de la UAEM, Gastón Pedraza. El otro, también un profesor universitario que ha sabido moverse con soltura en ambas trincheras, Ricardo Joya, quien fue desplazado del área de prensa en la campaña de Alfredo del Mazo por alguna extraña razón, lo que terminó perjudicando la imagen del ahora Gobernador.

Ambos llenan el perfil para mantener el nivel de excelencia que requiere la vocería universitaria y que Gastón impulsó sin descanso incluso durante la dura etapa de la pandemia.

Cualquiera de los dos podría suplir con gran ventaja al vocero de un gobernador ausente de los medios, e intentar la hazaña de recuperar su maltrecha imagen en lo que le resta a su administración.

¿Tendrá el mandatario estatal el talento de ver con claridad lo que para todo el mundo resulta demasiado obvio?

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