miércoles, abril 15

3 indicios más de que Sheinbaum aprieta las tuercas a Palenque. AL GRANO. Por Jesús López S.

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Espaldarazo a Luisa María Alcalde; investigación a Genaro Villamil; y bofetada a Alejandro Armenta

Tres hechos aparentemente dispersos —una investigación administrativa, una resolución judicial y un gesto político interno— terminan dibujando una misma línea: la de una Presidencia que empieza a ejercer margen propio, incluso cuando eso implica rozar —o corregir— inercias heredadas.

Primero, la apertura de un expediente por parte de la Secretaría Anticorrupción contra Jenaro Villamil y el aparato de Infodemia no es un trámite menor. Se trata, en los hechos, de someter a escrutinio a uno de los engranajes más emblemáticos de la narrativa obradorista: la maquinaria encargada de desmentir, desacreditar y, en no pocas ocasiones, confrontar al periodismo crítico. Que esta estructura —intocable durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador— sea ahora investigada bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum sugiere algo más que continuidad administrativa: apunta a una disposición a revisar los excesos del pasado reciente, incluso cuando estos provienen del ¿inamovible? líder moral y operativo del movimiento.

Segundo, la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de invalidar la llamada ley de ciberasedio en Puebla —impulsada por el entorno político de auténtica tiranía del gobernador Alejandro Armenta Mier— funciona como un contrapeso institucional que, lejos de ser confrontado desde Palacio Nacional, ocurre en un contexto de respeto y silencio significativo. La norma, criticada por su mal disimulada vocación de censura, era una extensión natural de la tentación regulatoria sobre el discurso digital que marcó la era anterior. Su caída, sin resistencia visible del Ejecutivo federal, se convierte en una suerte de “bofetada técnica” que delimita hasta dónde puede llegar el impulso de control político en Morena sin violentar derechos fundamentales como la libertad de expresión.

Finalmente, el espaldarazo explícito de Sheinbaum a Luisa María Alcalde Luján revela un movimiento interno igual de relevante: la afirmación de liderazgo dentro del partido gobernante. Frente a versiones que apuntaban a presiones “desde Palenque” —con afirmaciones tajantes de periodistas de la talla de Salvador García Soto que ya enunciaban hasta el nombre de la sustituta, Ariadna Montiel—, la presidenta no solo respalda a la dirigente, sino que la legitima como parte de una “nueva generación”. El mensaje es doble: Morena no se conduce por nostalgias ni por tutelas informales, y la última palabra política ya no está en Palenque ¿o Cuba?, sino en Palacio Nacional.

En conjunto, estos tres episodios no constituyen una ruptura estridente para desterrar el maximato, pero sí una suma de gestos consistentes: Investigación a los operadores de la tóxica narrativa oficial; tolerancia frente a límites judiciales a proyectos de exterminio contra la prensa crítica, típicos del obradorismo salvaje; y control político del partido, todas ellas piezas de un mismo rompecabezas que sugieren que Sheinbaum no está simplemente administrando un legado, sino comenzando —con cautela, pero con señales claras— a reescribirlo.

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