Taddei deja expuesta su simpatía por los delincuentes. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Dice que “el INE no puede ni debe convertirse en juez y parte de una contienda política”
La consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral, Guadalupe Taddei Zavala, descubrió el hilo negro de la democracia mexicana: según ella, el árbitro electoral no debe meterse en “disputas políticas”. Es decir, el organismo creado precisamente para arbitrar disputas políticas ahora resulta alérgico a ellas. Como si un bombero alegara que no puede acercarse al fuego porque corre el riesgo de quemarse. ¿Miedo a la delincuencia? ¿Simpatía por el diablo? ¿Consigna palenqueña para llevarle la contra a la Presidenta?
La controvertida funcionaria reaccionó con visible incomodidad a la iniciativa de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para evitar las ya célebres “narcocandidaturas”, esa tradición nacional no escrita donde personajes con más expedientes que propuestas terminan despachando desde alcaldías, congresos y gobiernos estatales mientras el INE mira hacia otro lado con la serenidad burocrática de quien revisa formatos de papelería.
Según Taddei, pedirle al INE que verifique la integridad de candidatos sería convertirlo en “juez y parte”. Curiosa interpretación. Porque nadie le está pidiendo al instituto que dicte sentencias penales ni que sustituya a ministerios públicos; se le plantea, simple y llanamente, que deje de hacerse el ciego cuando media clase política llega oliendo a combustible robado, a dinero sucio o a carpeta de investigación recién abierta.
El razonamiento de Taddei -detrás del cual se esconde un respaldo nada disimulado a los candidatos promovidos por la delincuencia- resulta de lo más absurdo: el árbitro electoral sí puede revisar gastos de campaña, fiscalizar espectaculares, cancelar candidaturas por omitir informes contables, contar votos durante semanas enteras y organizar elecciones en medio de balaceras… pero aparentemente investigar si un candidato tiene vínculos con el crimen organizado ya sería “excesivo”. Vaya delicadeza institucional.
Más revelador aún fue escuchar a Taddei insistir en que “el INE no es responsable de bajar candidaturas”. Entonces surge la pregunta inevitable: si no es el INE, ¿quién demonios debe impedir que un presunto criminal llegue a la boleta? ¿La buena voluntad de los partidos? ¿La conciencia moral de los caciques regionales? ¿Un milagro guadalupano?
La iniciativa presidencial propone crear una Comisión de Verificación de Integridad en Candidaturas dentro del propio INE, enlazada con la Fiscalía General de la República, el Centro Nacional de Inteligencia, la Unidad de Inteligencia Financiera y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores para detectar perfiles de riesgo antes de que el crimen organizado convierta las urnas en sucursales de sus operaciones territoriales.
Pero en el INE encendieron las alarmas, no por las narcoestructuras infiltradas en campañas, sino porque podrían verse “en medio de una disputa política”. Como si la democracia fuera un concurso de manualidades y no una confrontación permanente de intereses, ambiciones, dinero, poder y, en demasiados casos, delincuencia organizada.
La paradoja es monumental: el árbitro electoral mexicano teme arbitrar el conflicto más grave del sistema político actual. Porque si el INE considera que revisar la probidad de los candidatos vulnera su neutralidad, entonces la neutralidad termina convertida en cómoda indiferencia. Y en México, la indiferencia institucional ha sido el mejor aliado de los criminales con aspiraciones electorales.
Ahora sí que como dijo el aspirante frustrado a superar al gran Hugo Sánchez, Efraín Juárez, con el segundo gol del Cruz Azul: El INE “ya valió verga”, o como se decía antes, ya cruzazuleó.





