lunes, agosto 10

La estupidez masiva, base de toda forma de dominación política. AL GRANO. Por Jesús López S.

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La obediencia ciega está determinada genéticamente como un reto ancestral de sobrevivencia

Me conmocionó un video que encontré en internet. Su tesis es tan brutal como inquietante: la mayoría de la población mundial sería intelectualmente mediocre —incluso “estúpida”, según el provocador lenguaje del autor— y existen razones genéticas, evolutivas y culturales para explicar esa condición.

La hipótesis puede resultar espeluznante. Pero lo verdaderamente interesante no es aceptarla sin más, sino preguntarnos por qué, a lo largo de la historia, enormes masas de seres humanos han podido ser sometidas a sistemas de dominación política, religiosa, económica y cultural.

Porque ninguna estructura de poder habría durado demasiado tiempo si la inmensa mayoría de los gobernados hubiera desarrollado permanentemente una capacidad crítica, incompatible con la obediencia.

Marx lo explicó mediante la ideología; Freud exploró el inconsciente; Schopenhauer habló reiteradamente de la estupidez humana y de los mecanismos irracionales que condicionan nuestras decisiones. Y Wilhelm Reich intentó analizar, particularmente en Psicología de masas del fascismo, la relación entre estructura psicológica, sexualidad, autoridad y sometimiento político.

Todas esas teorías tratan de fundamentar una evidencia histórica: el poder necesita algo más que policías, soldados y leyes para perpetuarse. Necesita individuos dispuestos a obedecerlo.

Y aquí aparece una pregunta mucho más incómoda.

¿Cómo llegó nuestra especie hasta aquí?

La evolución humana no comenzó ayer. Los primeros homínidos bípedos aparecieron hace millones de años; posteriormente surgieron distintas especies del género Homo, entre ellas Homo habilis y Homo erectus. Mucho después aparecieron los humanos anatómicamente modernos, Homo sapiens, hace unos 300 mil años.

Durante ese larguísimo proceso evolutivo, nuestros antepasados tuvieron que sobrevivir en ambientes hostiles, enfrentarse a depredadores poderosísimos, conseguir alimentos, proteger a sus crías y cooperar con otros miembros del grupo.

La cooperación se basó en la capacidad de coordinar conductas colectivas y herramientas. Y ahí aparece uno de los rasgos decisivos de nuestra especie: la capacidad de organizarnos en grupos cada vez mayores mediante reglas, símbolos, jerarquías, mitos y creencias compartidas sin las que habría sido imposible subsistir en competencia vital contra mamíferos feroces.

No nacimos obedeciendo a un emperador. Pero aprendimos a obedecer para la supervivencia.

Y esa capacidad nos dio el tiempo libre para construir aldeas, ciudades, Estados, imperios y civilizaciones enteras.

La primera gran civilización que solemos estudiar en la escuela, Mesopotamia, floreció hace apenas unos cinco mil años, entre los ríos Tigris y Éufrates, en una región que corresponde aproximadamente al actual Irak.

Cinco mil años.

Eso es prácticamente nada frente a los millones de años de evolución de nuestros antepasados. El rasgo genético de la obediencia ciega no se borra fácilmente, aunque las condiciones materiales de existencia ya no lo requieran.

La evolución de las fuerzas productivas sigue su curso vertiginoso: La televisión masiva apenas tiene unas cuantas décadas y la revolución digital que hoy nos parece cotidiana es todavía más reciente.

Yo tengo 75 años, es decir, mi vida cabe prácticamente dentro de la transición que va de la televisión a la inteligencia artificial.

Cuando era niño, obtener información significaba acudir a una biblioteca, localizar un libro, consultar un índice, buscar una referencia y, muchas veces, pasar horas o días intentando encontrar otro libro que contradijera o confirmara al primero.

Hoy basta con sacar un teléfono del bolsillo.

En unos cuantos minutos podemos acceder a información sobre Marx, Freud, Reich, Schopenhauer, la evolución humana, Mesopotamia, el ADN de los neandertales, la historia de las religiones o prácticamente cualquier asunto imaginable.

Lo que antes exigía semanas o meses de investigación ahora puede estar al alcance de cualquiera en unos cuantos minutos.

Y aquí es donde mi inquietud inicial se transforma en una pregunta política.

¿Qué hacemos con semejante revolución del conocimiento?

Porque mientras la humanidad acaba de inventar herramientas capaces de poner al alcance de un niño más información que la que podía consultar un intelectual del siglo XIX durante toda su vida, nosotros estamos discutiendo cómo impedir que esos mismos niños utilicen sus teléfonos dentro de las escuelas.

No deberíamos tenerle miedo al celular. Deberíamos tenerle miedo a una educación que no enseñe a usarlo.

Porque si existe algo que realmente podría mantener estúpidas a las masas en pleno siglo XXI, no sería precisamente el exceso de información.

Sería impedirles aprender a utilizarla.

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