De un plumazo, la SEP declara la guerra a una tecnología educativa de punta: el celular

Insulta la inteligencia de los niños y jóvenes con un decálogo redactado para zombis
Por Jesús López Segura
Lo que ha hecho Mario Delgado al proscribir el uso de teléfonos celulares en las escuelas primarias y secundarias nos recuerda que cada gran tecnología de difusión del conocimiento ha provocado intentos de controlarla cuando las instituciones tradicionales percibieron que podía alterar sus formas de autoridad.
A Gutenberg le habría resultado muy extraño que la solución a una nueva y portentosa tecnología para la difusión del conocimiento, la imprenta, consistiera en prohibirla, solo porque muchos la usan para producir basura bibliográfica o pasquines plagados de mentiras y pornografía.
La imprenta no acabó con la lectura; terminó multiplicándola. El teléfono inteligente tampoco tiene por qué acabar con la educación; puede convertirse en una de sus herramientas más poderosas si se enseña a utilizarlo.
Y para derrotarlo, nada mejor que un decálogo. Diez mandamientos para enseñar a nuestros niños que una herramienta capaz de poner bibliotecas actualizadas, enciclopedias, mapas, cursos y hasta inteligencia artificial al alcance de la mano resulta innecesaria nada menos que en la escuela.
La ocurrencia alcanza su punto sublime cuando la prohibición se extiende al recreo. Don Mario Delgado, para usar una frase célebre de su patrón, no tiene llenadera.
Porque aparentemente un niño puede jugar futbol, convivir y divertirse solo si previamente entrega su teléfono al tribunal del santo oficio de la pedagogía más irracional de la historia moderna.

Que nadie se confunda: regular el uso del celular en clase puede ser razonable. Incluso es lógico impedir que se convierta en distractor. El problema comienza cuando la SEP confunde regular con prohibir y termina tratando a la tecnología como si fuera una epidemia.
El celular es una herramienta formidable. Puede utilizarse para consultar un libro, investigar un tema, aprender un idioma, resolver una duda o acceder a información que ninguna biblioteca escolar podría ofrecer. Sobre todo cuando la casi totalidad de las escuelas carecen de bibliotecas. Pero esto no lo saben ni la burocracia educativa ni los padres de familia que votaron por su proscripción. Para ellos seguramente los celulares solo sirven para perder el tiempo.
Por eso su decálogo está expuesto en términos que ni Goebbels habría diseñado para tratar a sus destinatarios nazis como zombis:
“1. No necesito el celular ni otro dispositivo en la escuela.
No necesito el celular o dispositivo digital en la escuela; por eso, si tengo uno, lo dejo en casa o lo guardo durante toda la jornada escolar; así puedo aprender y convivir sin distracciones.
2. Sólo cuando me lo pida la maestra o el maestro y para mi bienestar.
Sólo llevo o utilizo un celular o un dispositivo digital cuando me lo pide la maestra o el maestro, por motivos de salud, discapacidad, accesibilidad o inclusión, siguiendo las indicaciones de la escuela y de mi familia.
3. Pongo atención en clase.
En clase escucho, participo y aprendo. Dedico mi atención a la lectura, sin distracciones, para comprender, reflexionar y disfrutar lo que leo.
4. Descanso para favorecer mi bienestar y aprendizaje.
Si tengo celular o dispositivo digital, lo apago durante toda la noche. Descanso bien para leer, aprender, pensar, imaginar y descubrir mejor.
5. Juego y conozco mis tradiciones.
En el recreo, disfruto de los juegos tradicionales de mi país y los deportes, me muevo y convivo con mis amigas y amigos sin utilizar un celular o dispositivo digital.
6. Leo, escribo y creo con mis propias manos.
Utilizo libros, cuadernos, lápices, plumas, enciclopedias y otros materiales para aprender, leer, escribir, investigar, hacer la tarea, crear y resolver problemas.
7. Pido ayuda en una emergencia.
Durante la jornada escolar, si necesito ayuda busco a mis maestras o maestros para que se comuniquen con mi familia. Ellas y ellos me quieren y me cuidan; por eso, me van a proteger y atender.
En caso de emergencia, mi familia y la escuela utilizan los medios de comunicación establecidos para localizarme y atender la situación.
8. En la escuela me gusta convivir sin redes sociales ni juegos digitales.
Para aprender y tener amigas y amigos no necesito redes sociales ni juegos digitales. En la escuela, me gusta jugar y platicar con ellas y ellos.
9. Respeto mi cuerpo y el de los demás y nunca molesto a las personas.
Soy una persona única e irrepetible; me quiero y me quieren como soy, por lo que no necesito aparentar una imagen falsa ante los demás mediante aplicaciones digitales.
Nunca tomo fotos ni comparto imágenes de mis compañeras, compañeros, maestras y maestros de la escuela sin su consentimiento; no hago bullying ni discrimino.

“Maestro” grabado por los alumnos cuando agredía a uno de sus compañeros
10. Quiero ser feliz en la escuela.
Quiero aprender y ser feliz en la escuela con mis amigas, amigos, maestras, maestros y familias, por lo que puedo aplicar este decálogo sin regaños ni castigos; lo podemos lograr juntas y juntos”.
La Cuarta Transformación mintió flagrantemente cuando prometía dotar de computadoras e Internet a todas las escuelas. Ahora, en su segundo piso, ha decidido cambiar la narrativa y regresar a nuestros niños a la era del lápiz y el papel, es decir, a la edad de piedra.
No tardaron mucho en descubrir que el celular era peligroso: podría rescatar a los alumnos del dogmatismo de la mayoría de los maestros, con sus honrosas excepciones, como diría Louis Althusser; capacitar a los alumnos en todas las disciplinas con un pensamiento crítico abrevado de diferentes fuentes; enseñarles a contrastar “la verdad oficial” con la realidad; y, para colmo, dotarlos de la tecnología para denunciar las múltiples anomalías dentro del salón de clases, la mayoría relacionadas con el autoritarismo y la pésima capacitación magisterial.
Quizá el próximo gran proyecto educativo sea prohibir también las calculadoras.
Después, el Internet.
Y, si todo sale conforme al decálogo, algún funcionario terminará jurando que el verdadero problema de la educación mexicana era que los alumnos tenían un celular en sus mochilas.
Qué alivio: ya encontraron al culpable.





