Macron ofrece desplegar su arsenal nuclear con sus aliados. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Mientras el conflicto entre EU e Irán escala, Francia retoma la narrativa de la Guerra Fría
El presidente francés Emmanuel Macron anunció que Francia permitirá el despliegue temporal de sus aeronaves con capacidad nuclear en países aliados como parte de su nueva estrategia nuclear. Aclaró que no habrá reparto de la toma de decisiones con ninguna otra nación respecto al uso de las armas nucleares.
Mientras aviones de Israel y EU golpean Irán, Macron señaló que ya han comenzado conversaciones sobre este tipo de acuerdos con el Reino Unido, Alemania, Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca.
El mandatario francés también informó -con la mayor naturalidad del mundo- que Francia aumentará su número de ojivas nucleares desde el nivel actual de menos de 300, pero no dio una cifra del incremento. Será la primera vez que Francia aumente su arsenal nuclear desde al menos 1992.
La escena global ya parece escrita por un guionista con fascinación por el apocalipsis: mientras el conflicto entre Estados Unidos e Irán escala y se ensancha a través de milicias, bombardeos cruzados y advertencias veladas, Europa decide que es buen momento para desempolvar el lenguaje más inquietante de la Guerra Fría. Y ahí aparece Emmanuel Macron, con la serenidad de quien anuncia una reforma fiscal, pero hablando de ojivas nucleares.
Treinta años después del fin formal de la Guerra Fría, la promesa no es desarme, sino expansión. La palabra clave no es contención, sino “asegurado poder destructivo”.
La frase del mandatario fue de una claridad perturbadora: si Francia utilizara su arsenal, ningún Estado podría protegerse ni recuperarse. Es decir, la disuasión vuelve a formularse en su versión terminal: la garantía de devastación mutua. El equilibrio del terror, reciclado para un siglo que presumía haber aprendido algo.

El trasfondo es igualmente revelador. Europa duda del “paraguas nuclear” estadounidense, especialmente bajo la imprevisibilidad de Donald Trump. Si Washington parece menos fiable, París se ofrece como proveedor alternativo de disuasión. Francia, única potencia nuclear de la Unión Europea, busca ocupar el vacío estratégico. El mensaje es inequívoco: si el protector titubea, otro asumirá el rol… con sus propias condiciones.
El problema no es sólo el despliegue. Es la narrativa. Mientras el conflicto entre Estados Unidos e Irán alimenta la lógica de bloques y represalias, Europa responde reforzando su músculo nuclear. Cada actor justifica su movimiento como defensivo, como prudente, como necesario. Y así, paso a paso, la normalización de lo impensable avanza.
Lo inquietante no es sólo que se preparen escenarios de guerra. Es que se haga con tono burocrático, casi pedagógico, como si el mundo no estuviera ya saturado de tensiones inflamables. El conflicto entre Estados Unidos e Irán no es un episodio aislado: es el catalizador de una narrativa que vuelve a colocar lo nuclear en el centro de la conversación estratégica.
Y cuando las potencias comienzan a hablar de “asegurar el poder destructivo” como si hablaran del campeonato mundial de futbol, lo que se prefigura no es la tranquilidad de los pueblos, sino la posibilidad —cada vez menos teórica— de que la tercera guerra mundial deje de ser una advertencia histórica y se convierta en programa político.





