martes, julio 21

Daniel Ortega anuncia que en Nicaragua no volverá a haber elecciones

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Los adversarios son instrumentos de Estados Unidos y del extinto somocismo, dice

Por Jesús López Segura

Lo que durante años fue una realidad disfrazada de elecciones controladas, Daniel Ortega finalmente decidió decirlo sin rodeos: en Nicaragua ya no volverá a haber elecciones. ¿Para qué conservar la fachada cuando el poder ya no siente la necesidad de fingir? El viejo comandante sandinista anunció que impulsará reformas legales para impedir que la oposición vuelva a disputar el gobierno en las urnas, bajo el argumento de que los adversarios son instrumentos de Estados Unidos y del extinto somocismo.

Es la confesión más descarnada de un gobernante que llegó al poder prometiendo liberar a su pueblo de una dictadura para terminar construyendo otra. Ortega ni siquiera se molestó en explicar el mecanismo jurídico para cancelar los comicios. Tampoco hace falta. Con una Asamblea Nacional completamente sometida al Frente Sandinista, cualquier reforma constitucional será poco más que un trámite burocrático.

La declaración llega después de que el régimen consolidara la figura de la copresidencia que comparte con su esposa, Rosario Murillo, ampliara las facultades del Ejecutivo y extendiera el periodo presidencial. Es decir, primero vaciaron de contenido a las instituciones y ahora simplemente anuncian que las elecciones dejaron de ser necesarias.

La oposición no tardó en responder. Félix Maradiaga, uno de los aspirantes presidenciales encarcelados antes de los comicios de 2021 y posteriormente expulsado del país, sostuvo que las palabras de Ortega no reflejan fortaleza, sino miedo. Miedo a que una elección auténticamente libre exhiba el verdadero respaldo del régimen.

La historia vuelve a repetirse con una precisión casi matemática. Las dictaduras populistas de izquierda llegan al poder invocando la voluntad popular, celebran elecciones mientras les garantizan la victoria y, cuando descubren que el voto puede convertirse en una amenaza, concluyen que la democracia es un lujo prescindible. Entonces las urnas dejan de ser un instrumento de legitimidad para convertirse en un riesgo que debe eliminarse.

En Nicaragua, Ortega simplemente dejó de fingir. La revolución que nació prometiendo devolverle el poder al pueblo terminó anunciando que el pueblo ya no volverá a decidir quién gobierna. Al final, todas las revoluciones eternas llegan al mismo destino: conservar el poder ya no mediante el voto, sino suprimiendo el derecho a ejercerlo.

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