lunes, agosto 3

Se hace eco Trump de un duro mensaje contra Sheinbaum. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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El R1, “autor intelectual del asesinato de Carlos Manzo”… De los narcopolíticos, ni una palabra

La guerra de declaraciones entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump escaló este fin de semana a un nivel inquietante. Las conflagraciones verbales suelen ser el prólogo de conflictos mayores. Y tratándose del presidente estadounidense, pocos dudan de su propensión a privilegiar la amenaza de las armas sobre la diplomacia.

Trump reprodujo en su red social Truth Social una carta del comentarista conservador Bill O’Reilly, quien acusa al gobierno mexicano de corrupción, cuestiona su estrategia contra los cárteles y reprocha a la presidenta de México negarse a permitir la participación de fuerzas estadounidenses en territorio nacional.

México no es amigo de Estados Unidos; su gobierno ha sido corrupto durante décadas…”, arranca el texto compartido por Trump, para rematar con un reclamo directo a Sheinbaum: deje de poner excusas y permita que Estados Unidos haga el trabajo que, según esa narrativa, México no ha querido o no ha podido hacer.

La respuesta llegó desde Oaxaca. La Presidenta Sheinbaum reiteró que México es un país soberano y que ninguna nación extranjera decidirá cómo enfrentar los problemas de seguridad.

“Nosotros somos amigos de todo el mundo y la valentía es la defensa de la soberanía… Nadie viene desde el extranjero a decirnos cómo va a funcionar nuestro país”, declaró.

Resulta un lenguaje extraño para dos jefes de Estado que, al mismo tiempo que intercambian descalificaciones, negocian asuntos comerciales de enorme trascendencia entre los dos principales socios económicos del continente. La explicación más socorrida es también la más simple: ambos tienen la mirada puesta en procesos electorales decisivos y utilizan la confrontación para alimentar a sus respectivas clientelas políticas.

Ella vuelve a refugiarse en la inagotable cantaleta de la soberanía. Él insiste en venderse como víctima de los narcotraficantes mexicanos. Pero la contradicción salta a la vista. ¿Con qué autoridad moral presume Trump que podría derrotar a los cárteles dentro de México cuando su propio país sigue siendo el mayor mercado consumidor de drogas del mundo? Mientras millones de estadounidenses sostengan con sus dólares el negocio criminal, semejante discurso no deja de ser una conveniente coartada política.

Del lado mexicano tampoco abundan las razones para el optimismo:

La presidenta Sheinbaum volvió a enviar una señal de que su gobierno parece más interesado en administrar el problema que en extirparlo de raíz. Esta mañana apareció Omar García Harfuch para informar que “El R1” sería el autor intelectual del asesinato del alcalde Carlos Manzo.

Muy bien. Pero esa explicación deja demasiadas preguntas sin responder.

¿Y qué hay de los políticos a quienes Manzo denunció públicamente una y otra vez? ¿Qué pasa con Leonel Godoy? ¿Con Raúl Morón? ¿Con el exalcalde de Uruapan? ¿Y con el propio gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla, todos ellos señalados por el edil asesinado en sus constantes denuncias sobre la penetración del crimen organizado en la política?

Lo más indignante no fue solamente la identificación de un inverosímil “autor intelectual”, sino la explicación del móvil: García Harfuch afirmó que los criminales se sintieron “provocados” por los discursos de Carlos Manzo.

Pero ahí está precisamente el punto.

Los discursos de Manzo no estaban dirigidos únicamente contra los cárteles. Estaban dirigidos, sobre todo, contra los políticos que, según él, les abrían la puerta, los protegían o convivían con ellos. Entonces, según la lógica de García H. fueron los políticos los que se sintieron provocados.

Si esa parte de la historia se omite deliberadamente, la investigación corre el riesgo de convertirse en una coartada. Se castiga al brazo armado, pero se mantiene intacta la sombra sobre quienes fueron señalados públicamente por la víctima.

Y mientras tanto, en Washington y en Palacio Nacional continúa el intercambio de discursos patrióticos y bravatas electorales. Uno amenaza con cruzar la frontera para resolver nuestros problemas; la otra responde envolviéndose en la bandera.

Lo que ninguno parece dispuesto a explicar es quién protege a los políticos que, desde dentro, han permitido que esos problemas crecieran durante tantos años. Cuando asesinan a un hombre que denunció con nombres y apellidos a presuntos narcopolíticos y el gobierno nos presenta al sicario como el gran responsable, pero guarda un silencio ensordecedor respecto de los políticos señalados por la propia víctima, entonces la pregunta es: ¿Quién protege a los políticos que, según el mártir Carlos Manzo, protegían a los criminales?

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