Colombia: primero Trump, luego los muertos. AL GRANO. Por Jesús López Segura

Mientras el sismo deja una estela de muerte y destrucción, De la Espriella coquetea con Trump
El terremoto de ayer en Colombia, el más intenso registrado en una década, dejó al menos 132 muertos, 570 heridos, 86 edificios colapsados, miles de viviendas dañadas y decenas de escuelas y centros de salud afectados. El epicentro se localizó en El Chocó, pero la devastación alcanzó amplias zonas del oriente y suroriente del país e incluso, con menor intensidad, a países vecinos.
Ante semejante desastre, cualquier gobierno medianamente sensato pensaría en movilizar recursos, reforzar hospitales, auxiliar a las familias que lo perdieron todo y poner al Estado a trabajar a toda su capacidad.
Pero Abelardo de la Espriella parece tener otras prioridades. Mientras los colombianos enfrentaban muertos, heridos, viviendas destruidas y servicios públicos afectados, el recién ungido presidente de ultraderecha encontró tiempo para atender una agenda internacional bastante más cómoda: congraciarse con sus aliados ideológicos mediante el reconocimiento de la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán y de Marruecos sobre el Sahara Occidental.
No deja de ser una curiosa definición de prioridades.
El país necesita hospitales y el presidente ofrece geopolítica.
Las familias necesitan casas y el gobierno ofrece austeridad.
Las regiones devastadas necesitan recursos y la administración anuncia recortes.
Pero para quedar bien con los poderosos de Washington siempre parece haber tiempo.
Qué curioso: para los damnificados hay palabras; para los aliados ideológicos, gestos políticos.
Y ahí está la verdadera tragedia.
El terremoto fue obra de la naturaleza. La vulnerabilidad social, en cambio, no cae del cielo. Se construye durante años y puede agravarse deliberadamente cuando un gobierno decide que el Estado es un estorbo y no la principal herramienta de protección de la sociedad.
De la Espriella podrá decir que le duele Colombia. Nadie puede impedirle sentirlo. Lo que sí puede exigírsele es que sus decisiones presupuestales sean consecuentes con ese supuesto dolor.

Porque si después de un terremoto que deja tanta devastación la respuesta consiste en quitarle recursos al Estado, eliminar instituciones y reducir impuestos a los sectores más privilegiados, entonces quizá el problema no sea que el presidente no sienta.
Quizá el problema sea qué le duele más.
Y por lo visto hasta ahora, parece dolerle bastante más la posibilidad de contrariar a sus aliados internacionales que la de dejar sin recursos suficientes al gobierno que tendrá que reconstruir las zonas devastadas.
Cuando la tierra vuelve a temblar, no son Trump, Washington ni los aliados ideológicos quienes aparecen entre los escombros. Son los colombianos.
P.D. Curioso que la revista Proceso haya desaparecido una nota crítica sobre este doloroso asunto.





