viernes, septiembre 25

Cuando los pandas son más diplomáticos que las águilas. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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Trump insulta a Xi Jinping al obsequiarle la escultura de un águila calva matando a un dragón

Xi Jinping llegó a Washington con un discurso de concordia, una invitación a la prudencia y dos pandas. El representante de una cultura milenaria haciendo gala de madurez y de buenas intenciones.

Donald Trump, en cambio, decidió obsequiarle la escultura de un águila calva —símbolo de Estados Unidos— capturando y matando a un dragón, símbolo de China. Trump es el representante de un imperio en decadencia, con el mayor número de drogadictos suicidas del orbe y 40 billones de dólares de deuda externa. Imperio que se mantiene precariamente no por su calidad productiva superior, sino basado en su poderoso arsenal de guerra y en la extorsión arancelaria internacional.

La diplomacia, aparentemente, también tiene sus formas de declarar la guerra.

Mientras Xi proponía que China y Estados Unidos compitan, sí, pero de manera saludable y dentro de ciertos límites, Trump, como lo haría cualquier matón de cantina, parecía recordar que para él toda competencia necesita un ganador y, naturalmente, un derrotado.

El presidente chino habló de conducir “el gigantesco barco” de las relaciones bilaterales hacia un rumbo estable. Habló de cooperación en inteligencia artificial, combate al narcotráfico y otros asuntos de interés común. Y hasta tuvo la cortesía de sugerir que los objetivos de grandeza de ambos países pueden ayudarse mutuamente.

Ahí estuvo la ironía mayor.

Xi Jinping prácticamente tomó prestado el viejo lema de Trump —“hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”— para sugerirle que la grandeza estadounidense y la revitalización china no necesariamente tienen que ser objetivos incompatibles.

Dicho de otra manera: una competencia sana podría incluso contribuir a hacer grande otra vez a América.

¡Qué manera tan civilizada de decirle al presidente estadounidense que un rival no necesariamente tiene que ser un enemigo!

Pero Trump tenía preparada su propia versión de la diplomacia. Un águila matando a un dragón representa, en la torcida mentalidad de un tirano comercial, la violencia arancelaria, es decir, imponer tarifas a la importación de bienes mejores que los propios, para favorecer no a los ciudadanos a los que se debe, sino a los empresarios criollos incapaces de competir con lealtad. Los mismos megamillonarios que lo acompañaban en la reunión.

Con Donald Trump a la cabeza, no solo América difícilmente será grande otra vez, sino que vive un acelerado deterioro en evidentísima caída libre.

La principal contradicción de un magante financiero como Trump, que debería creer fielmente en las fuerzas de mercado, es que trata de imponerse a esas fuerzas: en lugar de revisar las causas profundas de la afición masiva de su población por las drogas, trata de eliminar a los cárteles que las proveen. En lugar de corregir la baja productividad de su nación, impone aranceles para protegerla.

Lo más riesgoso para el mundo es que a Donald, en la fase terminal de su decadente imperio, le importa un bledo a quién se lleve entre los pies.

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