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Corren a Carlos Marín de la dirección editorial de Milenio: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

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El que a hierro mata… a hierro muere

 

Resulta difícil celebrar que un trabajador de medios de comunicación en México sea degradado, como es el caso de Carlos Marín en Milenio, donde se le quita su puesto de director editorial pero se le mantienen sus espacios de participación periodística, dudamos que por mucho tiempo, no tanto por un problema de censura, como porque la muy pobre calidad profesional de este personaje difícilmente lo sostendrá sin el respaldo de su posición como “jefe”.

Habitualmente el despido de un periodista, en este país, va asociado con un problema de censura, como ocurrió en los escándalos que protagonizó el propio Marín cuando echó del corporativo, de manera artera, a Yuli García, Epigmenio Ibarra y Pablo Gómez, entre otros casos menos sonados.

Probablemente nunca sabremos cuál es el motivo específico que lleva a la directiva de Milenio a aliviar a sus trabajadores de la carga insoportable de tolerar los caprichos irracionales de un “mamón” (Federico Arreola dixit) insufrible como quien se jactaba en uno de sus “asaltos a la razón” de la víspera de “la gran amistad” que le une con la próxima secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero.

Así que quienes se atreven a sugerir que es por queja del próximo gobierno que liberan a Milenio del pequeño hombrecito que se creía el director de la orquesta -aunque nadie le hacía caso- no podrán sostener ese “argumento” por mucho tiempo. La causa específica permanecerá en la oscuridad porque ése es precisamente el estilo periodístico de Marín, esconder sus auténticas motivaciones para perpetrar una línea editorial violenta contra quienes no piensan como él y descaradamente sesgada en favor de sus clientes y amigos.

Marín dice que le molesta cuando es criticado un periodista, lo que le dio motivo para despedir a Pablo Gómez de las páginas editoriales de Milenio cuando el destacado político de izquierda tuvo el atrevimiento de criticar a Joaquín López Dóriga, pero su doble cara le permite, al mismo tiempo, demandar a don Lorenzo Meyer porque balconeó sus vergonzosos arreglos con Ulises Ruiz. Afortunadamente esa demanda nunca prosperó, pero sí se suma a la ola de arbitrariedades de un periodista que deshonra la profesión cuando muchos le consideraban una “vaca sagrada” del oficio e incluso de sus fundamentos académicos.

La forma en que la revista Proceso describe la presión que Marín ejerció sobre la directora de Milenio DataLab, Karen Cota, para que renunciara, lo retrata de cuerpo entero:

“Rosario Robles censura reportaje de ‘Milenio’ y desencadena renuncias de periodistas”

Karen Cota describió en una carta pública que el martes 8 Rosario Robles visitó a Carlos Marín junto con funcionarios de la Sedatu. El director de Milenio ordenó a la periodista sentarse frente a los funcionarios y “off the récord” la confrontó con ellos y su equipo por un trabajo de investigación coordinado por Cota en el que se describía el falso éxito de la “Cruzada contra el hambre“.

“Consciente de que teníamos argumentos sólidos, un compañero del equipo y yo defendimos punto por punto la investigación, lo que provocó molestia, enojo y varios manotazos en la mesa por parte de los funcionarios de Sedatu”, narra Cota.

A esa reunión asistieron el subsecretario de la Sedatu, Enrique González Tiburcio; la directora de Difusión, Rocío Bolaños, y un asistente que no se identificó.

Después de la reunión –cita la versión de CotaMarín le anunció que publicaría un desmentido en primera plana que decidió llamar “réplica”. El director del diario ordenó a una reportera escribir un documento que le fue atribuido a la Sedesol que dirigiera Robles y responsable del programa gubernamental.

Milenio tituló el texto en primera plana “La Cruzada sí funciona”. Posteriormente, Marín dio la orden de desaparecer el material periodístico que dio origen a la controversia, titulado “El (falso) éxito de la Cruzada contra el Hambre” y publicado el lunes 7 de marzo.

Sin embargo, algunos directivos persuadieron al responsable editorial del periódico de publicar nuevamente la información, pero fue difundida con un nuevo título que contravenía el sentido de la investigación encabezada por Karen Cota: “El éxito de la Cruzada contra el Hambre”.

“El jueves siguiente renuncié a un trabajo que amé y en donde decidí dar toda mi alma para contribuir a mejorar la manera de hacer periodismo. Siempre creí que había que ir a los medios y hacer tu mejor esfuerzo, pero hoy firmé la renuncia formal.

Milenio DataLab se terminó porque quien debió defender nuestro trabajo, no lo hizo. Esperó que aceptáramos trabajar bajo condiciones de censura y nula libertad de expresión. Fue Carlos Marín, quien prefirió creerle a Robles Berlanga que a los reporteros que le estaban dando una revelación periodística importante y necesaria para la reconstrucción de los que ahí trabajan, incluida la suya”, finaliza la denuncia. (Proceso.- https://www.proceso.com.mx/433821/acusan-a-rosario-robles-milenio-censurar-reportaje-cruzada-contra-hambre).

Idéntico método empleó Marín para despedir a quien esto escribe (Jesús López Segura) de la edición de Milenio en el Estado de México, en plena campaña de Enrique Peña Nieto por la gubernatura de esta entidad. Los detalles pueden ser interesantes porque revelan un modus operandi de Marín, desde ese entonces, para perpetrar sus arbitrariedades:

Acepté una invitación del entonces director de Milenio Edomex, Emilio Trinidad, para una colaboración semanal.

En la disputa por la gubernatura, Rubén Mendoza Ayala, el candidato del PAN a quien le decían “El Gay” cuando dirigía la Escuela Estatal de Cuadros del PRI, criticó duramente a Yeidckol Plevnsky, la candidata de la izquierda y hoy dirigente de Morena, por el asunto de su controvertido cambio de nombre.

En el artículo que originó mi despido, pedía a Rubén que aclarara los persistentes rumores sobre su presunta homosexualidad que yo, desde luego respetaba, pero consideraba que los electores deberían conocer sobre todo cuando él mismo ponía sobre la mesa temas tan “personales” como el del cambio de nombre de la candidata Polevnsky.

El jefe de redacción me pidió censurar esa parte y yo asentí sin ningún problema. Pero luego me llamó para decirme que Emilio Trinidad ya la había leído y que estaba de acuerdo con su publicación. ¿Cómo no estarlo cuando los escándalos protagonizados por Mendoza Ayala terminarían, con el tiempo, en el ridículo de “las pelotas grandes” y la balconeada que los pupilos del asesinado Abraham Talavera le darían al prianismo típico de la mafia gay de Tlalnepantla y sus implicaciones nacionales?

El caso es que cuando la columna fue publicada, Marín -promotor obesesivo de la muy respetable causa lésbico-gay, ordenó a Trinidad despedirme, no sin antes golpearme como “homófobo” en la portada del periódico, al día siguiente, con un artículo escrito por Marín, pero firmado por Trinidad, según me confesó el propio Emilio “muy apenado”.

Ése es Carlos Marín.

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