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Editorial

Los dilemas de la Cuarta Transformación nacional: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

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¿Militarizar al país o civilizar a las fuerzas armadas? ¿Perdonar a delincuentes de cuello blanco u obligarlos a devolver lo que se robaron?

El dilema actual de la República radica en que los Gobiernos llamados “neoliberales” generaron altísimos grados de desconfianza en la sociedad que veía en cada una de sus acciones “un plan con maña” para esquilmarla, para engañarla y saquearla y, a consecuencia de ello, se dio pie a la creación de toda clase de organismos “independientes” destinados a contener esa doble intención que se advertía en todas las iniciativas gubernamentales, al grado de sacralizar a toda clase de organismos no gubernamentales. Pero ahora la inmensa mayoría del pueblo de México confía plenamente en su Presidente. He ahí el dilema.

Con el tiempo, como ocurre en cualquier sociedad en la que la corrupción alcanza niveles de tendencia cultural dominante, esos organismos -con las honrosas excepciones de siempre- fueron cooptados por el sistema. De la suspicacia se fue pasando paulatinamente al rechazo a todo lo que tuviera un sello oficial, incluida la multitud de órganos de la “sociedad civil”.

Se constituye, por ejemplo, un instituto electoral “ciudadanizado”, dotado de un carácter “independiente” y “autónomo” simple y llanamente porque ya nadie confía en el Gobierno para organizar procesos electorales creíbles. Se advierte hasta el cansancio que la Secretaría encargada de esos menesteres (Gobernación) favorecía invariablemente al partido en el poder. Cargaba los dados, pues.

La creación de ese órgano electoral se plantea como la panacea dentro del marco de una “reforma electoral de gran calado”, con bombo y platillo, y se le dota de inmensos recursos para garantizar, por fin, “elecciones limpias en el país”.

Todo el mundo se decía orgulloso del nuevo instituto “ciudadanizado” hasta que empieza a convertirse en botín de los partidos políticos que imponen cuotas en la selección de burócratas a los que no dudan en llamar, de cualquier forma, “consejeros ciudadanos”. Y esto es válido para multitud de otras instancias de la entelequia conocida como “sociedad civil”.

La fastuosa institución, “orgullo de la democracia” mexicana, termina corrompiéndose igual o peor que las instancias burocráticas que le precedieron. Empieza a guardar en el cajón de los pendientes todas sus pomposamente llamadas “tareas sustantivas”, para arrojarse a los brazos del mejor postor y avalar procesos electorales manchados por escándalos que todo el mundo ve, excepto el “árbitro electoral”.

Ese grado de hartazgo social respecto ya no solamente del saqueo cada vez más descarado de la riqueza nacional que se transfería masivamente a las mismas manos privadas de siempre, más enriquecidas que nunca, en contraste con la pobreza creciente de la inmensa mayoría de la población, sino potenciado por los altísimos niveles de inseguridad que azotaron al pueblo de México durante los últimos doce años del periodo neoliberal (que duró 30, o 36 años según se incluya o no el sexenio de Miguel de la Madrid) dieron como resultado en el 2018 una votación masiva por el cambio que representaba un candidato muy persistente que tomó como bandera la lucha frontal contra la corrupción.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador juega con cartas diferentes. Tiene un altísimo grado de credibilidad y percibe que muchos de esos organismos que proliferaron al amparo de la falta casi total de confiabilidad de los gobiernos que le precedieron, no solamente resultan ociosos, sino contraproducentes por los enormes costos que representan para una sociedad ávida de recursos para aliviar las condiciones de miseria generalizada en que las dejó ese largo periodo de dictadura neoliberal. “Dictadura” por cuanto se sostuvo mediante fraudes y el asesinato de un candidato priista, Luis Donaldo Colosio, que se perfilaba en su campaña como “populista”.

El Presidente López Obrador ha insistido hasta el cansancio en que, si por él fuera, dejaría todos los cadáveres de la corrupción a gran escala típica del neoliberalismo a la mexicana, en el clóset del olvido, a fin de concentrarse en enderezar, con la mirada puesta en el futuro, el torcidísimo país que recibió de manos de esos pícaros que no sólo toleraron la creciente criminalidad que definió sus sangrientos periodos de gobierno, sino que la auspiciaron, quizá de manera inconsciente, a fin de mantener aterrada a una población que se convirtió, así, en víctima pasiva del saqueo de los recursos públicos más grande y perverso de nuestra historia.

López Obrador insistió, como perenne candidato presidencial, en que había sido víctima de fraudes consecutivos y descarados, con la complicidad del IFE (INE). Quienes votamos por él en su tercer intento, esperaríamos que desde la Presidencia y con el dominio total que alcanzó sobre el Congreso de la Unión, así como por su sabia luna de miel con las fuerzas armadas, debería poner un ultimátum a todos esos organismos “independientes” que ya no representan a nadie, en el mejor de los casos, y en el peor a los intereses de los corruptos de antaño, y obligarlos a que se moderen y dejen de estar saboteando la cuarta transformación por la que votamos la mayoría de los mexicanos y que representa nuestra última esperanza de una vida digna y honrada.

Que se sumen al esfuerzo nacional o se olviden de concesiones y financiamientos que ya no tienen sentido. Incluidas en ese paquete las televisoras hegemónicas que fueron cómplices muy eficaces del saqueo y de los fraudes electorales.

Los objetivos del neoliberalismo corrupto que se practicó en México (porque hay gobiernos neoliberales en el resto del mundo que no son corruptos) dieron pie a la entrega de concesiones televisivas que se explotaron intensivamente para generar consensos acordes con esos objetivos. Muchos conductores de noticias de esos medios concesionados por el Estado Mexicano, destacadamente Ciro Gómez Leyva, encabezan una rebelión contra el nuevo gobierno que no tendría nada de malo y que debería respetarse siempre que no fuera perpetrada desde una tribuna nacional concesionada bajo ciertas reglas, entre las que destaca el que no se use como instrumento de asonada contra el Estado mismo que las concede. Así de elemental.

Si no escuchan la invitación a sumarse a la cuarta transformación con entusiasmo y amor a México, con el énfasis puesto en devolver a los miserables la posibilidad de una vida digna, si quieren trabajar para restaurar el viejo orden y seguirse enriqueciendo, que al menos lo hagan desde tribunas verdaderamente independientes, sin concesiones ni financiamientos públicos. Es lo menos que se les puede pedir y, si es necesario ante su necia resistencia, exigir.

El Sr. Presidente de México les ha dicho en todos los tonos posibles que no sean hipócritas, que no se envuelvan ahora en la bandera de los Derechos Humanos cuando ese tema era el que menos les preocupaba cuando fueron Gobierno. Que no rechacen la posibilidad de reconvertir a nuestras leales y patrióticas fuerzas armadas en un poderoso instrumento para combatir a la incontrolable delincuencia organizada que ya nos tiene hasta la madre a todos los mexicanos.

Cuando ellos eran Gobierno claro que teníamos grandes suspicacias sobre una eventual militarización porque sabíamos perfectamente que su “ley de seguridad interior” iba encaminada a usar al Ejército para reprimir a la población.

¿Quién podría dudar que el autor del “Atencazo”, Enrique Peña Nieto, un corrupto diazordacito en potencia, podría abusar de la obediencia y disciplina de los militares para ordenarles acciones inconfesables contra la población que se organizara para protestar por el saqueo que encabezó? ¿Quién más que Peña es responsable de Ayotzinapa, Tlatlaya y en todos los casos de violaciones graves a los derechos humanos que proliferaron durante su nefasta administración?

La mayoría de los mexicanos confiamos en que, de la mano de López Obrador, nuestro Ejército puede ser más útil en las calles que acuartelado, porque con un objetivo distinto al que impuso la pandilla neoliberal, ladrona y asesina, nuestro soldados pueden ser aprovechados y capacitados en forma diferente, reconvertidos en policías respetuosos de la ley y de los derechos humanos, pero al mismo tiempo con la alta capacidad de fuego y disciplina que se requieren para atacar el problema gravísimo de inseguridad que crece día con día.

Muchos de los mismos criminales que se forjaron durante la etapa de latrocino a gran escala fomentado por el propio Gobierno que decía “combatirlos”, pueden ser también reconvertidos porque las causas que originaron su actividad criminal ya no existen, es decir, el gobierno que les cerraba todas las oportunidades -y que requería de su existencia para justificar una represión social que le garantizara seguir robando los recursos de la nación-, fue desplazado por una auténtica revolución electoral pacífica.

Así de simple.

López Obrador anhela transformar al país sin empantanarse en una lucha legal contra los saqueadores. Pero me temo que de ninguna manera va a contar ni con la buena voluntad de quienes se organizan para recuperar el poder, con el aval de sus jilgueros en los medios hegemónicos y del INE -como es el caso de la Calderona y su nuevo partido- ni va a contar con los recursos necesarios para esa magna tarea con lo que se obtenga simplemente por frenar la corrupción. Tampoco alcanzará para mantener consensos sociales con su conferencia matutina y poniendo los medios públicos en manos de gente decente, como ya lo ha hecho.

Si quiere realmente alcanzar sus ambiciosas metas en el más corto plazo posible, López Obrador va a tener que aumentarles drásticamente los impuestos a los ricos, obligar a los ladrones de cuello blanco a devolver lo que se robaron y cancelar concesiones televisivas y radiofónicas a los jilgueros del neoliberalismo corrupto para ponerlas en manos de comunicadores patriotas como por ejemplo Epigmenio Ibarra.

Y tiene que hacer todo esto lo antes posible, antes de que empiece a menguar el tremendo apoyo popular y militar con el que ahora cuenta. El carácter pacífico de la cuarta transformación no debe castrar su ineludible orientación radical.

Los recursos que se rescaten del simple combate a la corrupción actual no van a alcanzar ni yendo a bailar a Chalma. Me canso ganso.

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