¿Por qué carajos Aguirre apagó a Gilberto Mora? AL GRANO. Por Jesús López Segura

Contra toda lógica futbolística, Aguirre parece disfrutar castrando a los mejores jugadores
No se necesita ser un gran conocedor del futbol. Basta una pizca de sentido común —y haberlo jugado alguna vez— para advertir lo evidente: con Gilberto Mora como titular, la Selección Mexicana encontró ayer, de inmediato, un funcionamiento que pocas veces se le ha visto en los últimos años.
Durante el primer tiempo, el equipo mostró movilidad, imaginación, profundidad y una personalidad que suele extraviarse cuando viste la camiseta nacional. Sin embargo, cuando Javier Aguirre decidió sustituir a Mora tras el descanso, el conjunto volvió a parecerse al de siempre: predecible, timorato y conformista, aferrándose al resultado más que buscando incrementar la ventaja.
“¿Por qué carajos hizo eso?”, preguntó David Faitelson durante la transmisión. La interrogante quedó flotando en el aire mientras la habitual legión de comentaristas que acompaña las transmisiones, siempre tan cuidadosa de no incomodar a los dueños del balón, prefirió guardar un prudente silencio.
Lo que mostró Mora no parece un accidente. Tiene ese raro talento que no siempre se mide con estadísticas: contagia confianza, ordena a sus compañeros y los empuja hacia adelante sin los complejos ni los titubeos que durante décadas han acompañado al futbolista mexicano cuando llega la hora de competir en serio.
Y no es el único caso. También Alexis Vega ha demostrado ser un futbolista capaz de marcar diferencias cuando se le concede continuidad, aunque con Aguirre termina viendo buena parte de los partidos desde la banca.
No hace falta convertir la dirección técnica en una ciencia esotérica. Los grandes entrenadores suelen comenzar por lo más elemental: colocar a los mejores hombres —y ahora, felizmente, también a las mejores mujeres en el futbol femenil— en sus posiciones naturales y permitirles desarrollar sus virtudes.
Pero, además, identifican pronto quién puede convertirse en el líder futbolístico del equipo. Y, una vez detectado, lo respaldan. Le dan continuidad desde los partidos de preparación para que asuma naturalmente la responsabilidad de conducir al grupo.
Hacer exactamente lo contrario —alinearlo un partido sí y otro no, utilizarlo apenas unos minutos o sustituirlo cuando mejor está jugando— resulta la manera más eficaz de sembrarle dudas, debilitar su personalidad y confundir al resto del plantel, que termina sin saber alrededor de quién debe construirse el funcionamiento colectivo.
Toda gran selección termina encontrando una figura alrededor de la cual gira su identidad.
México ya vivió esa historia con Hugo Sánchez. Paradójicamente, mientras en España alcanzaba la categoría de leyenda, en su propio país era objeto de una crítica feroz. Nada hiere tanto como el linchamiento de los propios.
Hoy esa figura emergente parece llamarse Gilberto Mora. El muchacho posee condiciones extraordinarias y una personalidad impropia de su edad. Ojalá Javier Aguirre no termine apagando ese liderazgo antes de que nazca y alcance su plenitud, como muchos consideran que ocurrió con Santiago Giménez, cuya continuidad en la Selección nunca terminó de consolidarse.
México podrá seguir compitiendo gracias al carácter de futbolistas como Julián Quiñones y Alexis Vega, entre otros muy destacados. Pero el futbol que deslumbró durante ese primer tiempo —el que permitiría imaginar a la Selección peleando algo más que una honrosa eliminación— difícilmente aparecerá si su principal generador permanece sentado en la banca.
Las grandes potencias entienden perfectamente este simple principio. Argentina gira alrededor de Lionel Messi. Portugal lo hizo durante años en torno a Cristiano Ronaldo. Francia encontró en Kylian Mbappé a su referente. Incluso las selecciones que sorprenden en los Mundiales, como ahora, por ejemplo, Marruecos, suelen construir su identidad alrededor de un liderazgo claramente definido.
México, en cambio, parece empeñado en diluir a quien destaca para que ninguna figura eclipse el ego irracional de un entrenador sediento de protagonismo.
Y ésa, lamentablemente, es la peor estrategia de todas.
Alguien debería darle un buen tirón de orejas, porque esta selección, con algunos ligeros cambios y jugando alrededor de un Mora inamovible, podría realmente hacer historia.





