martes, marzo 10

“No me va a pasar nada”: Claudia Sheinbaum. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

0
175

No creo que a la mandataria mexicana le gusten las emociones fuertes

A la Presidenta de México no le agradan las parafernalias en torno a su seguridad personal. Y cada vez que puede, no escatima afirmaciones ni gestos (que no argumentos) para dejarlo bien claro. Para no ir muy lejos, la reportera de Proceso —a la que doña Claudia dio la palabra esta mañana “para que no digan”— intentó cuestionarla sobre el delicado asunto del borrachín que le “arrimó el camarón” (como dicen coloquialmente los machos de Jalisco) hace unos días, sin ninguna dificultad, como si se tratara de Juan por su casa; es decir, sin que los “ayudantes” (que no guaruras) lo impidieran.

Para no hacer el cuento largo, la estoica Presidenta no dejó que Dalila Escobar le cortara, como a Sansón, el pelo, y la interrumpió con un categórico “no me va a pasar nada”, con la seguridad que le brinda el halo protector de la estampita de “detente“, emulando a su mentor, quien también gustaba de presumir que a él los criminales le hacían lo que el viento a Juárez.

El INEGI acaba de publicar la cifra pavorosa de más de 208 mil asesinatos dolosos durante los seis años del mandato de López y los primeros tres meses del gobierno de Sheinbaum, sin contar los desaparecidos ni los muertos por causas “indeterminadas”, que cualquiera con tres dedos de frente sabe sirven de encubrimiento para maquillar las cifras reales de homicidios.

En tal ambiente de carnicería, que un mandatario o mandataria diga que le vale madres su seguridad, solo puede obedecer a una de dos circunstancias: o le gustan las emociones fuertes, o de plano los criminales la consideran su aliada y no la van a tocar ni con el pétalo de una rosa.

No creo que a la mandataria mexicana le gusten las emociones fuertes.

Después de todo, ¿quién necesita a un Estado Mayor Presidencial si se siente protegido por los mismos grupos criminales a los que se supone debería combatir?

Muy mal asesorada, como de costumbre, Sheinbaum exhibe un escandaloso exceso de confianza que aprendió de la arrogancia mesiánica de su mentor, quien se creía sinceramente un redentor, pero esos desplantes de presunta capacidad de purificación de almas descarriadas, francamente resultan, con todo respeto, ridículos.

Comments are closed.