martes, junio 2

Este domingo, Sheinbaum se olvidó de la cabeza fría. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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La Jueza del caso Rocha Moya desmiente la narrativa mexicana de que “no hay pruebas”

Mientras Donald Trump se limitó a denostar verbalmente a los mexicanos, incluida la Presidenta de la República —a quien nunca se cansó de presentar como una mandataria paralizada por el miedo e incapaz de someter al crimen organizado que, según afirma Trump, controla vastas regiones del país—, todo parecía marchar razonablemente bien para Claudia Sheinbaum y para el país.

Mientras Trump recibía en fast track a decenas de narcotraficantes menores extraditados desde México, la Presidenta mantenía la cabeza fría y lograba capotear, como pocos líderes en el mundo, tanto los arancelazos como los constantes desplantes y discursos humillantes del mandatario estadounidense.

Pero bastó que el Departamento de Justicia solicitara formalmente la extradición de un gobernador en funciones, un senador, un alcalde sinaloense y otros siete funcionarios y exfuncionarios para que aquella serenidad estratégica saltara por los aires.

Sheinbaum perdió la cabeza fría.

La Presidenta se calentó y adoptó un discurso dominical que evocó las viejas diatribas del nacionalismo revolucionario priista contra el imperialismo yanqui. Aunque, para ser justos, tampoco fue una arenga particularmente encendida. Apenas insinuó que ciertos sectores estadounidenses estarían empeñados en influir en los procesos electorales mexicanos.

Sin embargo, al día siguiente reculó.

Durante la mañanera del lunes aclaró que no sería Trump quien busca intervenir en México, sino sectores de ultraderecha incrustados en el Departamento de Justicia, el FBI, la CIA y la DEA —todas ellas instituciones controladas rígidamente por el presidente Ku Klux Klan— quienes estarían detrás de esa presunta ofensiva contra la soberanía nacional.

Por más que uno quiera ayudarla, la Presidenta no se deja.

Horas después la Mandataria —todavía con la cabeza caliente— le propinó al embajador estadounidense, Ronald Johnson, un descontón nada diplomático. Le pidió respetar los asuntos internos del país y limitar su actuación al ámbito de la coordinación bilateral porque, dijo, “los asuntos de México corresponden exclusivamente a los mexicanos”.

El motivo de tan severo jalón de orejas fue que Johnson —quien, a diferencia de ciertos funcionarios mexicanos, difícilmente da un paso sin huarache— respondió al discurso presidencial con una observación bastante moderada:

“Convertir los temas de seguridad en una discusión política representa una oportunidad perdida para fortalecer nuestra cooperación y proteger a las personas a las que servimos”.

Paralelamente, la jueza Katherine Polk Failla, encargada del caso que involucra al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y a su pandilla de coacusados, soltó una auténtica bomba informativa:

Según diversos reportes periodísticos, la juzgadora afirmó que existe abundante evidencia contra el exsecretario de Seguridad de Sinaloa, Gerardo Mérida Sánchez, contradiciendo de manera frontal la narrativa oficial mexicana según la cual “no hay pruebas” contra el círculo político vinculado a Rocha Moya.

La jueza concedió además un plazo de 60 días para organizar y procesar las abundantes evidencias. Incluso señaló que el número de acusados sigue creciendo y que “están llegando en olas”.

En mi modesta opinión, y con el mejor ánimo de respaldar a una mandataria atrapada entre dos fuegos —por un lado los sectores más duros del obradorismo que siguen comandados desde Palenque y, por el otro, la ofensiva de la ultraderecha internacional encabezada por Trump—, Sheinbaum tendrá que volver a enfriar la cabeza.

El horno no está para bollos. Las condiciones internacionales son demasiado delicadas como para jugar a las bravatas patrioteras.

No es un asunto retórico menor que Trump insista en presentar a México como el epicentro continental del terrorismo asociado a los cárteles de la droga, mientras impulsa acuerdos de cooperación regional con 17 países del continente, “El Escudo de las Américas“, para combatir ese fenómeno que, según su narrativa, tiene precisamente aquí su principal centro de operaciones.

Por eso considero que la concentración del domingo fue un error político de grandes proporciones. Edgardo Buscaglia tiene razón. La Presidenta debería convocar a la Nación entera, no únicamente a la burocracia morenista y a sus contingentes movilizados.

Debería encabezar una auténtica cruzada nacional contra la narcopolítica que desarme por completo las intenciones no solo de la ultraderecha de usar esa tragedia nacional como argumento de campaña para derrotar al claudismo.

Un verdadero maxiproceso que alcance a todos los responsables, sin distingos partidistas ni temporales: desde Carlos Salinas de Gortari hasta Andrés Manuel López Obrador, pasando por Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

Seguir etiquetando como “ultraderechista” a cualquiera que señale los enormes errores del obradorismo —aunque se trate de mártires como Carlos Manzo o de su valerosa viuda Grecia Quiroz—; seguir reproduciendo la estrategia de polarización heredada de López Obrador; usar la mayoría legislativa para imponer iniciativas tan absurdas como la nulidad de elecciones por supuesto injerencismo extranjero, una ocurrencia de la que hasta su propio autor, Riki Riquín Monrealín terminó desmarcándose; seguir protegiendo, detrás de discursos soberanistas cada vez menos sostenibles, a personajes vinculados con organizaciones criminales como La Barredora, o a familiares incómodos del antiguo régimen obradorista, o a tartufos insoportables como Fernández Carroña, sólo contribuye al preocupante fenómeno del péndulo:

Que una parte creciente de la población comience a contemplar seriamente la idea de que los sectores más radicales de la derecha podrían ofrecer una solución a los problemas nacionales. A los heredados por el neoliberalismo y también a los generados por el obradorismo.

Ese es, precisamente, el riesgo que debería preocupar hoy a la Presidenta, porque la narrativa de que su gobierno protege a criminales, tenga o no referentes con la realidad, carcome su credibilidad día con día.

Es una desgracia que el comportamiento de Claudia Sheinbaum se asemeje al de una esposa maltratada, temerosa y refractaria por completo a abandonar un proyecto matrimonial, o político, que resultó fallido.

Cualquiera en su sano juicio, con un mínimo de información, podría ver prístinamente claro que todo este enjuague es un desbrozamiento del terreno para que el Señor de Palenque regrese, como prometió, a desfacer los entuertos que él mismo y su gente incrustada en el Congreso, están provocando.

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