jueves, junio 4

El obeso “chocoflan” es ahora retratado tragando carne aderezada con oro comestible

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Cierto senador “noroñea” asegurando que “el muchacho es víctima de una campaña despiadada”

Por Jesús López Segura

Resulta que la austeridad franciscana también tiene sucursales VIP. Mientras millones de mexicanos escucharon durante años sermones sobre la frivolidad de las élites neoliberales, el combate al clasismo aspiracional y la inmoralidad de los excesos burgueses o “fifís“, Jesús Ernesto López Gutiérrez, hijo menor del expresidente Andrés Manuel López Obrador conocido popularmente como “El Chocoflan“, apareció en la inauguración privada de uno de los templos gastronómicos más ostentosos del planeta: el restaurante Nusr-Et del célebre chef turco Salt Bae.

No se trataba precisamente de una fondita popular ni de una cooperativa del bienestar. Hablamos de un establecimiento famoso por servir cortes de carne cubiertos con láminas de oro comestible, una extravagancia culinaria diseñada para multimillonarios, influencers y jeques petroleros con problemas para gastar su dinero. El menú incluye platillos cuyos precios superan los cuatro mil pesos, mientras que las zapatillas que lucía el joven heredero del obradorismo rondarían los catorce mil.

Nada ilegal hay en ello. Jesús Ernesto es mayor de edad y puede comer donde le plazca. Y como mayor de edad ahora sí debe quedar expuesto a la crítica. El problema no es jurídico; es ideológico. Porque durante años el obradorismo construyó buena parte de su legitimidad denunciando precisamente los hábitos, los símbolos y los privilegios asociados a ese mismo universo de lujo que hoy rodea a todos sus hijos.

Y entonces salió al rescate Gerardo Fernández Noroña, convertido una vez más en guardián oficial de la pureza moral de la dinastía. El senador calificó de “ruines”, “infames” y “miserables” las críticas contra el joven López Gutiérrez, argumentando que se le ataca únicamente por ser hijo del expresidente.

Lo curioso es que los mismos personajes que durante años sostuvieron que la vida privada de los adversarios revelaba su verdadera esencia política, ahora descubren súbitamente que las decisiones personales no deben ser motivo de escrutinio público. Los mismos que analizaban relojes, zapatos, casas, toallas, restaurantes y vacaciones de sus opositores, hoy consideran una vileza imperdonable comentar la asistencia del hijo de su líder máximo a una exclusiva fiesta gastronómica donde el oro se sirve como aderezo.

Cuando la embajadora de México en Gran Bretaña, Josefa González-Blanco, cargaba la mochila de Jesús Ernesto López Gutiérrez

Fernández Carroña asegura que el muchacho ha sido víctima de una campaña despiadada. Tal vez. Pero la fotografía resulta demasiado simbólica para pasar inadvertida: mientras la narrativa oficial sigue exaltando la pobreza franciscana, uno de los herederos más visibles de la Cuarta Transformación aparece celebrando en un restaurante internacional cuya especialidad consiste en convertir la carne y el oro en espectáculo.

Al final, quizá el verdadero problema no sea que Jesús Ernesto haya acudido a Nusr-Et. El verdadero problema para el obradorismo es que la imagen resume en una sola fotografía la distancia creciente entre el discurso de primero los pobres y las costumbres de quienes llevan años administrando el poder.

Porque una cosa es combatir a la mafia del poder y otra muy distinta es cenar en sus restaurantes favoritos.

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