Adán Augusto filtrará candidatos en la cuarta circunscripción. AL GRANO. Por Jesús López S.

Equivale a que Sheinbaum pusiera a Drácula como custodio de los bancos de sangre del país
Morena promete acabar con los impresentables en 2027, pero pone a Adán Augusto López como uno de sus cinco grandes filtros. Si esto no es ironía política, se le parece demasiado.
Hay promesas que nacen condenadas por su propia incongruencia. La de Morena de impedir que en 2027 sus candidaturas recaigan en personajes con “vínculos inconfesables”, cuentas pendientes o malos antecedentes, parece una de ellas.
Ariadna Montiel lo dijo con toda solemnidad en la plenaria de los diputados morenistas: ni siquiera quienes ganen una encuesta deberán convertirse en candidatos si cargan con señalamientos graves.
Muy bien.
La pregunta elemental es: ¿quién va a aplicar el filtro?
Porque, según la investigación de Proceso, uno de los cinco encargados de revisar a los aspirantes es nada menos que Adán Augusto López Hernández.
Sí, el mismo Adán Augusto que enfrenta el vendaval político provocado por el caso de Hernán Bermúdez Requena, quien fue su secretario de Seguridad Pública en Tabasco y terminó detenido en Paraguay, señalado por presuntos vínculos con el grupo criminal conocido como La Barredora.
El propio senador ha negado cualquier responsabilidad y, hasta donde señala la nota, no existe una imputación judicial en su contra por esos hechos. Pero ahí precisamente aparece el problema político: Morena dice que quiere impedir que lleguen candidatos con expedientes incómodos y coloca como uno de sus guardianes a un político cuyo entorno ya ha generado suficientes preguntas como para llenar varias conferencias mañaneras.
Sin exagerar, la selección de Adán Augusto López Hernández como garante de la honorabilidad de los candidatos de Morena en la cuarta circunscripción equivale a que la señora Presidenta, erigida como la gran electora, encargara la custodia de los bancos de sangre del país al mismísimo Drácula.
Y no es la única contradicción.
Morena llegó al poder prometiendo terminar con el viejo dedazo priista. Nos dijeron que el pueblo decidiría. Que serían las encuestas. Que ya no habría candidatos escogidos a puerta cerrada por el gran elector.
Ahora resulta que hay cinco circunscripciones, coordinadores regionales, encuestas de metodología reservada, resultados que se retrasan, convocatorias que se adelantan y se posponen, negociaciones con el Verde y el PT y, por encima de toda esa sofisticada “arquitectura democrática”, la presidenta Claudia Sheinbaum recibiendo personalmente a aspirantes en Palacio Nacional.
¡Qué manera tan moderna de acabar con el dedazo!
Antes el candidato recibía la bendición del jefe máximo.
Ahora recibe una entrevista personal en Palacio. Le llaman encuesta.
El PRI, por lo menos, tenía la decencia de no vender el dedazo como democracia participativa.
La descripción del mecanismo que hace Proceso resulta demoledora: los coordinadores de circunscripción pueden impulsar o bloquear aspirantes; Citlalli Hernández concentra las encuestas; Ariadna Montiel administra la operación y la presidenta termina tomando las decisiones fundamentales.
Es decir, hay todo un aparato diseñado para que parezca que nadie decide… mientras alguien decide.
Y ése es el detalle que vuelve particularmente divertida la promesa del “no habrá impresentables”, ni tampoco “dedazo“.
Porque una cosa es establecer filtros y otra muy distinta demostrar que quienes los administran están sujetos al mismo escrutinio que pretenden aplicar a los demás.
La incongruencia se vuelve todavía más evidente cuando aparecen los casos estatales.
En Baja California, por ejemplo, el oficialismo perfila a Ismael Burgueño, mientras alrededor de su eventual candidatura aparecen personajes y episodios que, según la nota, ya han generado controversias políticas y cuestionamientos públicos que rayan en el escándalo.
En Chihuahua, mientras tanto, Adán Augusto impulsa a Andrea Chávez en un territorio que correspondería a Ricardo Monreal. El Verde y el PT ya han puesto condiciones y aparecen vetos cruzados.
En Michoacán, los operadores nacionales intentan contener las disputas internas mientras el aparato gubernamental le pone obstáculos a Grecia Quiroz de corte auténticamente fascista.
Y ésa es otra de las pequeñas dificultades que tiene Morena para vender su nueva versión de la democracia interna: cuando las candidaturas se deciden mediante negociaciones, cuotas y padrinazgos, la encuesta termina pareciendo más un simulacro que el mecanismo de selección.
Y aquí aparece el asunto que probablemente sea más importante de cara a 2027: la transformación del dedazo no consiste necesariamente en eliminarlo, sino en sofisticarlo.
Antes bastaba con levantar el teléfono.
Ahora hay encuestas.
Antes había un secretario de Gobernación.
Ahora hay coordinadores de circunscripción.
Antes había una oficina donde se palomeaban nombres.
Ahora hay metodología secreta, reuniones reservadas, operadores territoriales y aspirantes citados en Palacio Nacional.
El resultado, sin embargo, podría ser exactamente el mismo.
La diferencia es que ahora el dedazo viene con manual de procedimiento.
Y todavía falta la parte más delicada: los aliados.
Morena no va solo a la elección de 2027. Necesita al Verde y al PT. Y esos partidos, como todos los aliados políticos del planeta, no viven de la gratitud revolucionaria: viven de las candidaturas que consiguen en las negociaciones.
Ahí la encuesta puede convertirse en un magnífico ejercicio democrático… hasta que llega la hora de repartir posiciones.
Porque una candidatura puede ganarse en una encuesta y perderse en una negociación.
O puede perderse en una encuesta y ganarse en una negociación.
Depende de quién esté sentado a la mesa.
Y ése es precisamente el punto que hace trizas el discurso del “filtro contra los impresentables”.
Si el criterio es realmente impedir que lleguen personas cuestionadas, el principio tendría que ser universal: el mismo escrutinio para todos, incluidos los padrinos, operadores, coordinadores y dirigentes que deciden quién pasa y quién no pasa. Aquí no caben acordeones ni exámenes digitales.
De lo contrario, el filtro se convierte en una especie de aduana política donde algunos aspirantes tienen que mostrar hasta el certificado de buena conducta mientras otros pasan por la puerta VIP.
Por eso la frase de Ariadna Montiel merece ser tomada en serio, pero también sometida al mismo examen que pretende aplicar.
¿Quién filtra a los filtros?
Porque si Adán Augusto es uno de los cinco encargados de evitar que Morena postule impresentables, alguien debería explicar quién revisa previamente a Adán Augusto o si su verdadera misión es la de evaluar positivamente a los impresentables.
Y si nadie lo revisa, entonces tenemos un problema de diseño.
Uno bastante elemental.
El detector de impresentables podría estar funcionando como promotor de los impresentables.
Y todavía hay otro dato políticamente explosivo: mientras Morena insiste en que no existen divisiones, algunos de sus grupos se enfrentan abiertamente, los aliados presionan, los operadores compiten entre sí y el expresidente Andrés Manuel López Obrador comienza a desaparecer de determinados escenarios oficiales.
Y cuando en septiembre aparezcan los 17 nombres, habrá que recordar dos frases pronunciadas esta misma semana: que no habrá candidatos con vínculos inconfesables y que en Morena no existen divisiones.
Quizá el verdadero problema no sea que Morena tenga mala memoria.
Es que parece tener una memoria selectiva extraordinariamente eficiente.





