viernes, septiembre 25

La 4T reprueba e ignora los logros de la Sociología de la Educación. AL GRANO. Por Jesús López

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Mantiene a la escuela como el más eficaz mecanismo reproductor de la desigualdad social

La educación mexicana parece haberse convertido en otro de los grandes laboratorios de la Cuarta Transformación: primero se modificaron contenidos, programas y libros de texto; después se presumió una nueva escuela mexicana; ahora, frente a los resultados de aprendizaje, la respuesta incluye quitarles el celular a los alumnos.

Una protesta frente a la Secretaría de Educación Pública, reseñada por Proceso, puso el dedo en una llaga que difícilmente puede taparse con propaganda: los resultados de PISA 2025 volvieron a exhibir las enormes carencias de los estudiantes mexicanos. Según la OCDE, apenas 30 por ciento de los jóvenes mexicanos de 15 años alcanzó al menos el nivel básico de competencia en Matemáticas; en Lectura y Ciencias, la proporción ronda la mitad. En Matemáticas, además, el desempeño cayó respecto de 2022 y México permanece muy por debajo del promedio de la OCDE.

Es decir, mientras el discurso oficial celebra la transformación educativa, la realidad de las aulas sigue cobrando factura.

Y aquí conviene hacer una precisión: la propia OCDE advierte que la ampliación de la cobertura escolar hacia jóvenes de sectores históricamente marginados influye parcialmente en la comparación de los resultados. Pero esa explicación no borra el problema: la incorporación de más jóvenes al sistema educativo no puede convertirse en coartada para ignorar lo que ocurre con sus aprendizajes.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué está aprendiendo realmente un niño mexicano después de pasar años en la escuela?

Porque una cosa es garantizar que los estudiantes estén dentro de las aulas y otra, muy distinta, que salgan de ellas sabiendo leer, escribir, razonar, resolver problemas y comprender la ciencia.

El aumento de la cobertura educativa no significa, por sí mismo, un crecimiento paralelo de la calidad de la enseñanza ni de la pertinencia curricular.

La protesta frente a la SEP reclama precisamente revisar la Nueva Escuela Mexicana, los libros de texto y los planes de estudio, así como establecer metas públicas y verificables. Son demandas que merecen discutirse con evidencia, no despacharse con consignas.

Y en medio de ese rezago aparece ahora la cruzada contra el teléfono celular.

La SEP de Mario Delgado estableció que, a partir del 3 de noviembre, en Educación Básica no se utilizará el celular durante la jornada escolar. La medida fue precedida por una consulta en la que participaron 565 mil 396 docentes: 81 por ciento respaldó la creación de reglas y lineamientos para regular el uso de dispositivos digitales.

Proscribir un instrumento tecnológico puede ser relativamente sencillo. Enseñar a utilizarlo para investigar, leer, escribir, programar, resolver problemas, contrastar información y desarrollar pensamiento crítico es una tarea que la mayoría de los maestros que se opusieron ferozmente a una reforma educativa que los premiaba por capacitarse, no parecen estar muy dispuestos a emprender…

Y ahí está el verdadero desafío.

Mientras el mundo educativo enfrenta el impacto de la inteligencia artificial y la transformación digital, México corre el riesgo de confundir la solución de un problema de disciplina escolar con la solución del problema educativo.

El rezago educativo comenzó mucho antes de que el celular se convirtiera en sospechoso y villano favorito de las autoridades.

La discusión de fondo sigue siendo otra: calidad docente, contenidos, comprensión lectora, Matemáticas, Ciencias, evaluación, formación de maestros y capacidad institucional para corregir lo que no funciona. Son, precisamente, algunos de los asuntos centrales de la investigación educativa contemporánea que la burocracia educativa de la 4té parece ignorar por completo.

Esa burocracia petulante que presume “una nueva escuela mexicana” parece haber reprobado también una materia fundamental: la Sociología marxista de la Educación, según la cual la escuela no es únicamente un espacio de transmisión de conocimientos, sino también de hábitos de obediencia a los maestros, presuntos depositarios del saber que, a menudo, son propaladores de información totalmente desactualizada e ideológicamente sesgada, en perjuicio irrecuperable del rigor científico. La escuela de corte capitalista puede ser el más eficaz reproductor las desigualdades sociales existentes.

Desde la tradición marxista, autores como Louis Althusser han estudiado cómo las instituciones educativas pueden contribuir a reproducir relaciones sociales, culturales y económicas preexistentes y funcionales a la ideología dominante. La promesa de la escuela como mecanismo de movilidad social depende, por ello, de su capacidad real para compensar las desigualdades de origen en el aula, donde se discrimina abiertamente, es decir, se reprueba a estudiantes con un capital lingüístico y cultural ajeno al de la clase dominante.

Si el sistema educativo mexicano entrega a los sectores más desfavorecidos una escuela con bajos aprendizajes, contenidos deficientes, profesores insuficientemente apoyados y escasas herramientas para desarrollar pensamiento crítico, la escuela deja de ser el gran igualador social para mantenerse —paradójicamente— como el aparato ideológico dominante en un régimen con supuestas o sinceras aspiraciones transformadoras.

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