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Editorial

Del muro a la militarización de la frontera: Por Jesús López Segura / La Versión no Oficial

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México no hace nada para detener la emigración masiva

https://youtu.be/U0zG–6TSu8

 

Desde que Luis Videgaray convenció a Enrique Peña de jugársela con Donald Trump, violando todos los caros principios de nuestra tradicional política exterior, otrora orgullo de los mexicanos, el planteamiento ha sido que más vale llevarla bien con el hombre más poderoso del mundo. Que Videgaray le atinó “al final del día” (como diría Tatiana Clouthier), porque el magnate derrotó a Hillary Clinton, lo que regresó al ahora canciller al primer plano del peñismo, del que había sido desterrado vergonzosamente por su pifia trumpiana.

Hay en estos razonamientos del Presidente mexicano un error de fondo: Trump derrotó a Hillary en gran medida por el apoyo que le brindaron él y Videgaray trayéndolo a Los Pinos cuando su campaña por la Presidencia de los Estados Unidos iba en franca picada, en buena medida precisamente por sus comentarios racistas contra los mexicanos. No fue una apuesta aséptica de Videgaray que finalmente resultó certera. Fue una grosera intervención para favorecer al suegro de su amigo.

Si México invita a Trump y le da trato de jefe de Estado cuando apenas era candidato, eso quería decir en la mente de los votantes mexicanos en Estados Unidos (quienes finalmente inclinaron la balanza electoral en su favor) que no había tal ofensa a los compatriotas en ambos lados de la frontera. Si el presidente de México trataba así a quien supuestamente nos había lastimado con sus majaderías, eso significaba que las presuntas ofensas habían sido perdonadas y existían motivos para apostar por nuestro nuevo amigo.

Se ha insistido hasta el cansancio en que México mantiene una postura madura, mesurada, firme pero respetuosa respecto de la cascada de insultos que nos receta a diario Mr. Trump vía tuit. Que no vamos a caer en provocaciones. Que rechaza las exigencias de los acelerados que quisieran una respuesta más dura y digna ante los embates ofensivos del vociferante tuitero. Que el Tratado de Libre Comercio va, a pesar de los altibajos constantes en su negociación provocados por el humor agrio del magnate. Que la relación entre Jared Kushner y Videgaray dará finalmente sus frutos.

Pero ahora que Mr. Trump pasa al siguiente nivel. Hoy que amenaza con detener la inmigración ilegal con tropa, con la Guardia Nacional, entonces si el Presidente Peña reacciona y Videgaray se llena la antes mesurada boca con desplantes nacionalistas que condena cuando estos provienen de López Obrador o de algún raro sobreviviente del nacionalismo revolucionario priista de los viejos tiempos.

El famoso muro era un juego de niños comparado con la militarización de la frontera, porque pone en riesgo la vida de miles de emigrantes centroamericanos y mexicanos que huyen de sus países en busca de oportunidades ya no de mejoramiento de su vida laboral y familiar, sino de simple y llana sobrevivencia. Es una tragedia humanitaria potencial. Revela en toda su expresión el fascismo de un personaje que odia a sus vecinos al grado de rechazarlos con el fuego militar.

Pero Trump, desgraciadamente, esté en todo su derecho de tratar de impedir la invasión masiva que su país sufre por culpa de gobiernos latinoamericanos que han convertido a sus trabajadores en esclavos, con el único y perverso fin de enriquecer a sus paisanos empresarios y a su burocracia política cómplice, hasta niveles de ignominia.

La emigración hacia el Norte desde toda América Latina, pero principalmente desde la miserable Centroamérica, no se debe a la búsqueda de un mejor clima, ni a las ansias aventureras de conocer mundo. No. Se da por la falta de oportunidades laborales medianamente decorosas. Se debe a la búsqueda frenética, a riesgo de la propia vida, de salarios decentes, que permitan el desarrollo de una vida con esperanza. Es un éxodo masivo para salvarse de dictaduras sanguinarias disfrazadas de “democracias” donde si no mueres de hambre o de enfermedades curables, te asesinan en la calle y violan y matan a tu familia. Donde se roban elecciones en forma descarada a pesar de una burocracia dizque ciudadanizada tan costosa como inútil.

Los gobernantes demócratas norteamericanos han sido. a diferencia de Trump, muy complacientes con los derechos humanos de los emigrantes porque no son estúpidos y saben perfectamente que les conviene tener en su territorio mano de obra barata para cumplir tareas que, como diría Vicente Fox, “ni los negros quieren hacer”. Porque tienen muy claro que la enorme riqueza que sustenta su american way of life no se sostendría un instante sin la explotación de la mano de obra de los países periféricos y el intercambio desigual en su comercio internacional, donde nos venden chatarra industrial de deshecho (desperdicio inevitable del desarrollo tecnológico frenético que ellos llevan a cabo) a cambio de nuestras preciosas e invaluables materias primas de alta calidad.

Pero Trump es estúpido. Es incapaz de pensar en dos o tres bandas. Su pensamiento es rudimentario y lineal, como el de un caballo, para el que existen sólo dos dimensiones y hay que moverle la cabeza para redirigir su carrera en un plano tridimensional.

Trump ve con infinito desprecio que invadan su territorio hombres, mujeres y niños dispuesto a trabajar arduamente para mejorar sus vidas tristes, entre los que efectivamente se cuelan algunos o muchos bad hombres, maras salvatruchas y toda la gama de criminales que los gobiernos latinos, ávidos de dinero fácil, han engendrado con sus políticas incluso más racistas que la de Trump.

Como no pudo conseguir el financiamiento para el muro, proyecto que acarrearía multitud de desastres ecológicos, el neonazi pone ahora la vista en la militarización de su frontera Sur. Y de seguro que no va a tentarse el corazón para masacrar a invasores ilegales en su territorio. Pero insisto, está en todo su derecho, desgraciadamente.

Lo que nos queda en México es apostar por un gobierno que se olvide de servir a los intereses norteamericanos y atienda con urgencia las necesidades de sus compatriotas. Que aproveche la enorme riqueza de nuestra generosa patria en beneficio de las mayorías y se convertirse en un ejemplo mundial de autosuficiencia. Que comercie sólo con potencias humanistas que valoren nuestros preciosos productos y nos ayuden a crecer en investigación científica y tecnológica.

Necesitamos un gobierno nacionalista, sí, pero abierto a la globalización cuando esta nos convenga. Un gobierno que ofrezca oportunidades a sus gobernados en vez de arrojarlos a la peligrosa aventura de la emigración ilegal.

¡Que Trump militarice su frontera y la cierre con un muro! Que se aísle por completo. Que la clase política mexicana rastrera de los yanquis se vaya a vivir a sus mansiones en The Woodlands, Texas, y otros paraísos de millonarios ladrones. Allá ellos. ¡A ver qué hacen sin el saqueo del que nos han hecho víctimas por centurias!

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