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Andrés Manuel López Obrador

Lapsus presidencial y prospectiva política. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

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“Muñoz Ledo me pidió presidir la mesa directiva de diputados en el primer año”: AMLO

Luego del sainete que se acaba de vivir en la Cámara de Diputados, el cual culminó con el nombramiento de la priista Dulce María Sauri Riancho como presidenta de la mesa directiva, en agravio del Partido del Trabajo y del diputado Gerardo Fernández Noroña, hoy el Presidente López -alegando respeto a los reglamentos y “no injerencia del Ejecutivo en el Legislativo“-, sufrió un lapsus bastante evidente al reconocer en la Mañanera que Porfirio Muñoz Ledo le solicitó ser él quien le impusiera la banda presidencial, con lo que queda claro que López Obrador tomó la decisión sobre quién presidiría la mesa directiva en el primer año de la presente Legislatura federal.

Incluso explica el Presidente que don Porfirio quiso continuar en el cargo durante el segundo año, pero ahí ya no se le concedió el capricho, invocando el reglamento (que podría haberse cambiado porque teníamos la mayoría -aclara AMLO-) y se nombró a la panista Laura Rojas.

Negó que hubiese habido una “operación de Estado” para imponer a la priista como acusó Fernández Noroña quien definió a Olga Sánchez Cordero como la jefa de campaña de Dulce María Sauri y prácticamente se rio el presidente de la presunta negociación para que los priistas se comprometieran a no presentar controversias constitucionales contra el mandatario ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Hay que recordar que, el 19 de junio de 2020, en su carácter de presidenta de la mesa directiva de la Cámara, la diputada Laura Rojas presentó una demanda de controversia constitucional en contra del acuerdo presidencial por el que se dispone de la fuerza armada permanente para llevar a cabo tareas de Seguridad Pública, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 11 de mayo de 2020.

La inconformidad por la presentación de esa demanda, por parte del grupo parlamentario de MORENA en la Cámara de Diputados, ha generado un debate sobre la legitimidad de la presidenta de la mesa directiva para hacerlo y, en ese sentido, este grupo ha manifestado su intención de impulsar el desistimiento de la misma.

La rebelión de Noroña, como se le identifica al aguerrido diputado del PT, quien en entrevista con Julio Hernández López acusa a AMLO de haber cometido un gravísimo error porque imponer al PRI en la jefatura de la Cámara Baja, dándole la espalda a sus aliados, podría derivar en una separación del Partido del Trabajo y en una postulación de él para la Presidencia, parece adoptar la fisonomía de una escisión importante en la cuatroté.

De prolongarse este mal trato que el Presidente le da a sus aliados, no solo en el Congreso Federal, sino en innumerables congresos y gobiernos estatales y municipales, el panorama político en México podría irse definiendo paulatinamente en 3 corrientes perfectamente identificables:

1.- El PRI-MOR que se va delineando cada vez con mayor claridad como una opción de centro izquierda no muy diferente a la de la dictadura perfecta del priismo dual, que dio cabida y alternancia en la Presidencia a los “nacionalistas revolucionarios” y a los “conservadores” o “neoliberales” durante 70 años de relativa estabilidad política nacional en la que se daba una convivencia civilizada. Ejemplos emblemáticos de ambas corrientes serían Miguel Alemán y Carlos Salinas, por un lado y por el otro, respectivamente, Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos.

Andrés Manuel López Obrador perfila con toda claridad el renacimiento de esta convivencia promiscua de un centroizquierdismo moderado no solo por la entrega de la conducción en la Cámara de Diputados al PRI, sino por la terca reticencia del Presidente a juzgar a sus antecesores en el cargo, a pesar de la montaña inaudita de evidencias sobre su inocultable corrupción y criminalidad. La puesta en marcha de la mentada consulta ciudadana al respecto no hace sino retrasar el desenlace que el clamor nacional reclama.

Esta corriente “primorosa” estaría apoyada por una parte de morenistas conformes con la tibieza obradorista -y que sienten un disimulado asquito fifí por personajes como Noroña– y por algunos de los nuevos partidos que el INE está a punto de aprobar, como los derivados del SNTE, a los que parece apostar el Presidente López igual que a la “división de la derecha” con el partido de Calderón, presunción arriesgada que podría darle una desagradable sorpresa.

2.- Otra corriente surgiría del doloroso y lento desprendimiento de los morenistas radicales que cada vez van a ver con más horror la forma en que el Presidente los abandona -precisamente por su radicalismo- para empiernarse con sus presuntos adversarios, en la negociación política históricamente típica de los mexicanos de despreciar a sus mejores y más congruentes luchadores sociales -como Villa y Zapata– para encumbrar a negociadores políticos y burócratas que institucionalizan una suerte de gatopardismo “revolucionario”.

Estos morenistas radicales, junto con algunos petistas, recogerán el clamor de millones de mexicanos que llevaron al poder a López Obrador con su voto, pero poco a poco se han ido decepcionando por la ineficacia de su gobierno en rubros ineludibles y fundamentales como el de la Seguridad Pública, puesta en manos de una persona inexperta y ambiciosa de poder que solo pasa por el puesto de secretario del ramo como trampolín político para la gubernatura de Sonora y que le ha hecho creer al mandatario que continuando con la militarización que inició Calderón y prodigando programas sociales se acabará con la criminalidad.

A esta corriente de izquierda (no quiero decir “radical” por la connotación ligada a la lucha armada que ese concepto tuvo en el pasado) que podríamos llamar “izquierda congruente”, se sumarían los zapatistas; los morenistas desilusionados del obradorismo gatopardista; muchos petistas y algunos perredistas; las mujeres despreciadas por el obradorismo misógino -disfrazado de “feminista”;- y muchos jóvenes, esos sí radicales.

3.- La tercera corriente, que no cuenta con masas de adeptos pero sí con los poderes fácticos que el obradorismo les ha concedido mantener, como las concesiones mineras, televisivas y radiofónicas, entre otras prebendas intocadas por López Obrador, bregará por la restauración del régimen corrupto que les permitió enriquecerse hasta la ignominia a costa del sufrimiento de todo un pueblo que abrió la brecha de la transformación con López Obrador, pero tratará de ensanchar esa brecha conforme el obradorismo vaya fracasando en los temas fundamentales de Seguridad Pública, como decía, y el de la economía, condenado a fallar porque no se puede sostener un régimen de dádivas miserables, con tintes electoreros, por mucho tiempo.

Esta corriente “conservadora” que también tratará de sacar ventaja de las fallas del obradorismo para restaurar el régimen de corrupción que los prohijó, podría tener el mismo éxito que han tenido en países sudamericanos luego de las fallas de los populistas que lograron desplazarlos en las urnas, pero fracasaron en sus políticas sobre todo en materia económica.

Desde luego, en lo personal apoyaría la segunda opción, convencido de que la única forma de acabar con la pavorosa inseguridad pública en México es legalizando las drogas y armando a la población, al tiempo que se desmantela paulatinamente la participación del Ejercito en tareas de seguridad pública para las que no fue entrenado, como ha quedado claro durante los últimos 12 años.

Deben desmantelarse los poderes fácticos que provocaron tanto sufrimiento al pueblo de México antes de que vuelvan a imponerse en una democracia de mercado en la que el INE y las televisoras juegan un papel determinante para encumbrar a toda clase de mercachifles de la política.

Quienes saquearon y asesinaron al pueblo de México durante décadas simplemente no tienen derecho a que se les financie un partido político con recursos públicos, como el INE está a punto de aprobar en el caso de México Libre, de Borolas y la Calderona.

En realidad, el panorama político en México debería reducirse a dos grandes corrientes (agrupadas en coaliciones partidistas si se quiere) como las que le dieron estabilidad política durante varias décadas al país, hasta que Miguel de la Madrid decidió romper el pacto interno priista para desconocer a los nacionalistas revolucionarios y aliarse con el PAN, lo que dio origen tanto al asesinato de Colosio y a los sucesivos fraudes electorales, como al más grande saqueo de las finanzas públicas desde la Colonia (identificado por AMLO como 36 años de “neoliberalismo”, pero que en realidad se trata de la consolidación del postcapitalismo financiero) y al genocidio espantoso de la “guerra contra el narco”.

Un gobierno de izquierda congruente debe instrumentar como prioridad absoluta una estrategia de protección a nuestras mujeres absolutamente radical y urgente. Debe declarar una moratoria al pago de intereses de la deuda externa (que significan 2 mil millones de pesos diarios) para instrumentar cuanto antes un sistema de Salud en México similar al de los países nórdicos, como prometió López Obrador, pero solo de dientes para afuera.

Un Gobierno de izquierda congruente que verdaderamente confía en la sabiduría del pueblo mexicano proporcionaría armamento, capacitación e insumos a personas elegidas democráticamente en cada comunidad del territorio nacional para que se hagan cargo de la seguridad pública en sus lugares de origen y vigilados por el propio poblado que los eligió. Estos cuerpos comunitarios estarían apoyados por una guardia nacional civil para atender casos en los que la criminalidad exceda sus capacidades en un momento dado.

Es precisamente cuando no se confía en el pueblo, a pesar de las fanfarronadas retóricas al respecto, que se recurre -como Calderón– al respaldo de los militares. ¿No cree usted?

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